Crónica de una nómina que crece más rápido que la deuda pública
Si usted alguna vez ha intentado reducir los empleados de confianza política en Puerto Rico, probablemente también ha intentado atrapar humo con las manos, convencer al coquí de que cambie su canción, o explicarle a un político lo que significa la palabra ‘austeridad’. En los tres casos, el resultado es el mismo: fracaso total y una risita nerviosa.
I. El Fenómeno de los Inmortales
Existe en Puerto Rico una especie tan resistente que haría palidecer a las cucarachas: el empleado de confianza política. Con aproximadamente 4,000 ejemplares catalogados en la nómina gubernamental —aunque el número exacto cambia según quién cuente y cuánto le conviene que cuente—, esta criatura es capaz de sobrevivir cambios de administración, crisis fiscales, visitas de la Junta de Supervisión Fiscal, inspecciones de la Contraloría, e incluso al huracán María. Nada los mueve. Nada los reduce. Nada los detiene.
Para ponerlo en perspectiva: Puerto Rico tiene menos estudiantes en las escuelas públicas que hace veinte años, pero más personal administrativo que nunca. Es como si un restaurante vaciara el comedor pero duplicara la cocina, y encima contratara cuatro gerentes para supervisar a los cocineros que no tienen a quién cocinarle.
Los demógrafos llaman a esto ‘decrecimiento poblacional’. Los contables lo llaman ‘insostenibilidad fiscal’. Los políticos lo llaman ‘compromiso con el servicio público’. Y los contribuyentes que quedan en la isla lo llaman algo que no se puede imprimir en un periódico de buena reputación.
II. El Arte de Nombrar sin Función
La creatividad puertorriqueña, esa que nos dio a Tite Curet Alonso y a Roberto Clemente, también se manifiesta en la nomenclatura de los puestos de confianza. En los archivos gubernamentales pueden encontrarse joyas como ‘Asesor Especial para Asuntos que Requieren Atención Especial’, ‘Director de Coordinación de Coordinadores’, o el clásico atemporal: ‘Asistente Ejecutivo del Subdirector de la Oficina de Planificación de lo que Venga’.
Un estudio imaginario —porque los reales nunca se publican— sugiere que si se pusieran en fila todos los asesores del gobernador, la fila llegaría desde La Fortaleza hasta el Mofongo más cercano. Todos con salario, con carro del gobierno, con tarjeta de gasolina, y con la solemne responsabilidad de asistir a reuniones donde se planifican futuras reuniones.
Cuando se le preguntó a uno de estos funcionarios cuál era su función exacta, respondió con admirable honestidad: ‘Yo asesoro’. ‘¿A quién?’ ‘Al que me contrate’. ‘¿Sobre qué?’ ‘Sobre lo que haga falta’. Es la descripción de trabajo más flexible del mundo occidental. Debería ser Patrimonio Inmaterial de la Humanidad.
III. La Ley de la Gravedad Política: Lo que Sube, No Baja
En física existe la ley de gravedad: lo que sube tiene que bajar. En la política puertorriqueña existe la ley contraria: lo que se nombra, no se mueve. Newton no llegó a gobernar en el Caribe.
Cada cuatrienio, cuando un nuevo gobernador llega al poder, ocurre el ritual sagrado del nombramiento masivo. Es como un bautizo colectivo, pero con actas del Estado Libre Asociado y cheques directos del Tesoro. El partido entrante coloca a sus fieles. El partido saliente… bueno, eso es donde la cosa se pone interesante.
Porque resulta que muchos de los empleados de confianza del partido que perdió las elecciones tienen el talento extraordinario de transformarse, cual mariposa burocrática, de empleados de confianza en empleados de carrera. De un día para otro, con la magia de un traslado firmado en diciembre, se vuelven inamovibles, intocables, eternos. Tienen más protecciones que una especie en peligro de extinción, y a diferencia de estas, ellos sí se reproducen.
El nuevo gobernador llega con la promesa solemne de reducir la burocracia. Dos años después, hay más empleados de confianza que cuando llegó. ¿Cómo es posible? Matemática política básica: para cada asesor que intentas eliminar, necesitas tres asesores que te asesoren sobre cómo eliminarlo, y un director que coordine a los tres asesores. Voilà: en vez de reducir uno, contrataste cuatro.
IV. La Junta que Supervisa pero No Reduce
Cuando llegó la Junta de Supervisión Fiscal en 2016, muchos pensaron que el festín había terminado. La Junta venía con planes de austeridad, hojas de cálculo, consultores de Boston que cobraban tarifas que harían llorar a los propios empleados de confianza, y la promesa de transformar a Puerto Rico en un modelo de eficiencia gubernamental.
Han pasado casi diez años. Los consultores de Boston siguen cobrando. Los empleados de confianza siguen ahí. La deuda sigue siendo astronómica. Y la única cosa que se redujo con consistencia fue la población de la isla, porque la gente sensata se fue a Orlando.
La Junta publicó informes. La Junta celebró vistas. La Junta emitió recomendaciones. Los empleados de confianza las leyeron, asintieron con gravedad profesional en las reuniones de Zoom, y siguieron cobrando. Es la versión gubernamental de ese cartel que dice ‘Prohibido Fumar’ en una fábrica de cigarrillos.
V. Radiografía del Ecosistema
Para entender al empleado de confianza es necesario estudiar su hábitat natural. Suele encontrarse en pasillos gubernamentales entre las 9:00 y las 9:30 de la mañana, con café en mano y celular del gobierno en la otra. Su jornada típica incluye: una reunión para planificar la próxima reunión (9:30), almuerzo de trabajo (11:30 a 1:30), conferencia telefónica sobre el estatus del informe que debía estar listo en marzo (2:00), y salida anticipada porque ‘tiene un compromiso relacionado con el trabajo’ (3:15).
La tarea más común del empleado de confianza es producir documentos que hablan sobre otros documentos. El segundo lugar lo ocupa la revisión de presentaciones de PowerPoint con demasiadas diapositivas y poca información. El tercer lugar, y esto es un hallazgo importante de la investigación, es ‘dar seguimiento’ —una actividad que consiste en enviar correos preguntando por el estatus de correos anteriores sobre el estatus de correos aún más anteriores.
Este ecosistema es perfectamente autosustentable. No necesita resultados para sobrevivir. No requiere metas medibles. Funciona igual con o sin crisis económica, con o sin pandemia, con o sin huracán. Es, en términos ecológicos, el organismo más adaptado al ambiente político conocido por la ciencia.
VI. Los Intentos de Reforma: Una Historia de Terror
Ha habido valientes —o inconscientes, según se mire— que han intentado reformar el sistema. Un secretario de agencia en cierta administración que prefiere mantenerse anónima intentó implementar un sistema de evaluación de desempeño para los empleados de confianza. A los tres meses fue transferido a una oficina sin ventanas. A los seis meses renunció. Hoy vende seguros en Carolina y dice que es el trabajo más honesto que ha tenido.
Otro funcionario propuso que los puestos de confianza tuvieran descripciones de trabajo claras, metas anuales y evaluaciones objetivas. La propuesta fue recibida con el silencio pesado que en política significa ‘ni se te ocurra’. El funcionario fue elevado a un puesto de asesor especial para que no siguiera asesorando sobre eso.
Un legislador presentó un proyecto de ley para establecer un techo máximo de empleados de confianza. El proyecto fue referido a una comisión especial. La comisión necesitó personal de apoyo. Se contrataron cuatro empleados de confianza para apoyar la comisión que estudiaba cómo reducir los empleados de confianza. El proyecto duerme el sueño de los justos desde el 2019.
VII. La Paradoja del Servicio Público
Lo más fascinante de este fenómeno no es su escala, ni su costo, ni su resistencia al cambio. Lo más fascinante es el discurso que lo sostiene. Porque nadie en Puerto Rico está a favor del clientelismo político —al menos no en público. Todos los gobernadores lo han combatido. Todos los partidos lo han denunciado. Todos los candidatos han prometido acabar con él.
Y sin embargo, los 4,000 empleados de confianza siguen ahí, como los coquíes: omnipresentes, nocturnos, y aparentemente imposibles de silenciar.
La explicación es tan simple que duele: cada empleado de confianza tiene familia. Y la familia vota. Y la familia tiene amigos. Y los amigos tienen vecinos. Multiplique 4,000 por un promedio conservador de cinco votos potenciales cada uno y obtendrá 20,000 razones perfectamente racionales —desde el punto de vista electoral— para no tocar la nómina.
Es clientelismo matemático. No hay ideología. No hay partido. Hay aritmética.
VIII. Propuestas Serias para un Problema Cómico
Ante la imposibilidad demostrada de reducir esta fuerza laboral por medios convencionales, este columnista ofrece con toda seriedad las siguientes propuestas alternativas:
Primera: Crear un programa de retiro voluntario tan atractivo que incluya, además del paquete económico, un título de ‘Servidor Público Emérito’, una placa de reconocimiento y una foto con el gobernador firmada. La vanidad puede lograr lo que la austeridad no ha podido.
Segunda: Instalar en cada oficina gubernamental un medidor de productividad visible al público. No para medir la productividad —eso sería ilusorio— sino para ver quién se pone más nervioso cuando lo encienden.
Tercera: Contratar a un antropólogo de Harvard para que estudie el ecosistema durante diez años. Al final, publicará un libro fascinante, dará conferencias en Europa, y los empleados de confianza seguirán ahí. Pero al menos Puerto Rico saldrá en un libro de Harvard.
Cuarta, y más realista: esperar a que la inteligencia artificial reemplace los puestos administrativos. Si los robots no le temen a los sindicatos políticos ni a las elecciones primarias, quizás ellos logren lo que los gobernadores no han podido. Aunque bien pensado, los robots tampoco tienen acceso a La Fortaleza. Todavía.
Reflexión Final
Puerto Rico es una isla pequeña con un gobierno grande, una deuda enorme y una población que mengua. En algún punto de esta ecuación hay una verdad incómoda que ningún político quiere pronunciar en voz alta: el gobierno no existe para emplear a los que apoyan al partido. Existe —o debería existir— para servir al pueblo que lo financia.
Mientras esa verdad siga siendo tabú, los 4,000 empleados de confianza seguirán siendo inmortales. Y nosotros seguiremos escribiendo sobre ellos con la mezcla de humor y desesperanza que define, quizás mejor que cualquier otra cosa, la experiencia de ser puertorriqueño en el siglo XXI.
Como dijo el filósofo anónimo en la pared de una agencia de gobierno que prefiero no identificar: ‘Aquí todos trabajamos duro… a veces.’

