No es que en Venezuela no queramos La Paz

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No es que en Venezuela no queramos La Paz, se trata que algunos exhibimos bandera blanca mientras otros llevan sus manos atrás.

“No se negocia con terroristas ni se pacta con guerrilleros” son premisas existentes, seguidas por mucha gente, y adoptadas también por mí, sin la mínima intención de que sean asumidas como dogmas de la colectividad pues, como demócrata que soy, me uno a Voltaire en aquella célebre expresión: “No comparto tu opinión, pero daría mi vida por defender tu derecho a expresarla”.

Los árbitros, mediadores y jurados, deben generar algo más que simple confianza entre quienes les invocan a participar, haciéndose preciso, por tanto, que exista una relación lógica palabra-acto de quienes deciden subordinarse a dicha autoridad. Para El Catolicismo, El Vaticano es la máxima representación de Dios en la tierra, sin embargo, ni siquiera el hecho de ir a la iglesia cada domingo, da fiel y cualitativo testimonio de quien asiste; lo mismo con quien realiza la confesión, sin que en él/ella comulgue, simultáneamente, el arrepentimiento y la contrición. Cada religión –Cristiana o no-, intenta guiar a sus feligreses por el correcto andar, a fin de que, al final del camino, obtengan el mejor de los regalos: La Salvación. ¿Requisitos? Creer por medio de la Fe, y practicar los mandatos y las enseñanzas de Dios; de allí, que la religión sea un tema tan susceptible, que genera tantos debates y malestar. Por lo antes dicho, para que satisfactoriamente medie un intervencionista religioso, primeramente dicha religiosidad debe ser común en ambos contendientes.

En este orden, la pregunta para quienes profesamos la Fe Cristiana –en cualquiera de sus variables-, sería: ¿Qué haría Jesús? Tengo dudas si aquello de poner una mejilla tras otra, aplicaría igualmente luego de un desangre económico reconducido a favor de titulares unipersonales cuyas cuentas bancarias son engordadas con el saldo de una nación entera, a pesar de las consecuencias socioeconómicas en materia de criminalidad, desabastecimiento, corruptela, control cambiario, e indigencia a la que ha sido sometida toda una sociedad, de cuyo índice de mortalidad, por cierto, un muy alto porcentaje obedece a políticas desacertadas e indolencia social.

De los pasajes que ahora mismo recuerdo, cito a Sodoma y Gomorra, donde no hubo más oportunidad; a Nínive, que estuvo “a punto de melao”, si no hubiesen escuchado al profeta Jonás;  además los Fariseos, quienes fueron siempre señalados, sin que con ellos se intente algún tipo de negociación. De manera que, antes de pensar en mediadores que provoquen presión social, hay que considerar si primeramente están dadas las condiciones entre quienes ostentan sobradas razones para luchar.

¿Qué haría Jesús en nuestro lugar? Especialmente con quienes hoy –pese a solicitar una intervención religiosa- , hacen malabares con los mandamientos, y osan consultar el oscuro más allá.

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Zaki Banna

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