Horas de terror en Nochixtlán, un pueblo mexicano tomado por barricadas

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El féretro de Óscar Luna reposa, rodeado de flores, en el salón. Fuera, una banda norteña pone música a la despedida prematura que familiares y amigos dan a este mexicano de 23 años, uno de los ocho fallecidos en un confuso choque con policías en Oaxaca (sureste).

Óscar no era maestro: tenía una tienda de jugos y una hija de tres años, pero el domingo no dudó en ir a apoyar a los docentes en su bloqueo carretero contra la reforma educativa ante el intento de desalojo de la policía en Asunción Nochixtlán.

Las campanas del pueblo repicaban en señal de alerta por los gases lacrimógenos que estaban lanzando los agentes federales y estatales incluso desde un helicóptero, según algunos testigos, y cientos de vecinos como Óscar y su hermano menor, Javier, empezaron a llegar esa mañana para defenderse con palos y piedras.

Eran muchos, muchos más que los 800 uniformados. “Los policías se sintieron perdidos y empezaron a disparar con armas largas, cortas y suficiente munición”, cuenta con ojos llorosos a la AFP Javier, un chico flaco de 18 años, condensando la tristeza y la rabia que se respiraba el martes en el salón de su casa, llena de personas cabizbajas y coronas de flores.

La necropsia dejó constancia de que una bala impactó por el costado derecho a Óscar y le perforó el hígado.

Javier no pudo salvar a su hermano porque no había ambulancias y el taxi -en el que también metieron a “otro chavo convulsionando” herido de bala- no llegó a tiempo al hospital, donde los médicos aparentemente tampoco estaban atendiendo.

“Casi nos dejaron morir solos”, asegura Javier.

Al lado del ataúd, con una foto sonriente del mayor de sus tres hijos, Blanca Estella Aguilar no puede esconder su enojo. “El pueblo no tiene armas, el pueblo nunca esperó esto. Fue una traición de parte de nuestra autoridad”, clama.

– Emboscada o “masacre” –

Dos días después del enfrentamiento que ha vuelto a poner en el punto de mira los métodos de las fuerzas de seguridad mexicanas y que ya ha generado críticas y solicitudes de investigación de organizaciones como la ONU o Amnistía Internacional, Nochixtlán parece un pueblo desolado.

Su entrada, bloqueada por barricadas y trailers completamente calcinados, como uno de pollos, es custodiada por decenas de vecinos con el rostro cubierto con pañuelos, palos y machetes que impiden el paso a vehículos.

“Fuera el Ejército de Oaxaca. Asesinos del pueblo”, dice una pintada en el puente principal de este pueblo entre montañas de 15.000 habitantes, donde la mayoría de los comercios están cerrados. Hay ropa y carros calcinados en varios puntos y no hay rastro de policías desde el fuerte enfrentamiento del domingo.

Horas de terror en Nochixtlán

Ese día, algunos pobladores quemaron completamente la sede de la alcaldía, culpando de inacción y complicidad al alcalde que huyó aparentemente despavorido.

Desde hace una semana, solo a cuentagotas circulan vehículos por este municipio, por el que pasa la única conexión terrestre entre la turística ciudad de Oaxaca y la capital mexicana.

La falta de víveres, de combustible y las pérdidas para empresarios locales motivaron la intervención de las autoridades federales, que inicialmente dijeron que sus agentes no iban armados, aunque luego reconocieron que abrieron fuego al sufrir una “emboscada” de civiles “radicales” que los atacaron con armas de fuego.

Las autoridades investigan quién disparó primero y si hubo abuso de fuerza. Una fuente federal dijo a la AFP que también se busca determinar si los policías tiraron gas lacrimógeno desde un helicóptero, que recibió impactos de bala.

Pero al menos cinco vecinos de Nochixtlán que fueron testigos del enfrentamiento aseguraron a la AFP que la policía fue quien inició los disparos al quedarse sin bombas de gas.

Javier dice que los pobladores quisieron retener a tres policías federales que, al sentirse rodeados y en minoría, abrieron fuego y desataron el violento choque.

Otro que pidió el anonimato por razones de seguridad dijo que un desconocido disparó contra los policías con una escopeta de perdigones.

“Tratamos aunque sea tomar una piedra para que no hicieran una masacre. Pero fue una masacre, murió mucha gente inocente”, rememora Sergio López, arquitecto de 45 años, mientras limpia escombros quemados frente a su casa y muestra cómo en el suelo aún hay restos del “campo de batalla” como un casquillo de una bomba de gas.

Siete de las victimas murieron por heridas de bala y la octava cuando se accionó un artefacto explosivo que manipulaba, según las autoridades.

Aparentemente, ninguno de los fallecidos era maestro y varios vecinos coinciden en que entre ellos puede haber un catequista de la iglesia municipal.

Este episodio ha puesto luz en el prolongado conflicto magisterial que vive Oaxaca y se suma a otros episodios negros de la historia reciente de México como la desaparición de los 43 estudiantes para maestros de Ayotzinapa.Tratando de digerir el luto y sin haber enterrado aún a sus muertos en el Panteón municipal -cerca de donde se dio el enfrentamiento-, los habitantes de Nochixtlán prometen no dejar el bloqueo carretero y reciben con hostilidad a los intrusos.”¡Digan la verdad de lo que pasó!”, exigen a gritos a los periodistas internacionales, los únicos que tienen permitido el acceso a este pueblo ahora sin ley.

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