La Silla Eléctrica en el quiosco del calié portugués y su amigo el alemán Scott

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Por Sebastián del Pilar Sánchez
Por Sebastián del Pilar Sánchez

En la calle Bartolomé Colón esquina Barahona, frente al colmado León Rojo, había un gran ventorrillo exclusivo de frutas donde se vendían gigantescos y hermosos guineos, que -según su propietario- procedían de las plantaciones bananeras de la Grenada Company en Montecristi; una empresa transnacional instalada en el año 1945, que manejó durante 18 años un proyecto de desarrollo que se hizo la principal fuente de empleos y riquezas en la región Noroeste, pero que decidió marcharse del país en 1963, ahuyentada por las presiones  laborales y la falta de protección del Estado, generándose desde entonces la lenta decadencia de la industria del banano.

El dueño del ventorrillo era un ciudadano portugués de boca algo grande y algunas pecas neblosas en su rostro. Poseía unas manos muy gruesas y macizas, que parecían las patas de un toro carnicero. Se le dificultaba hablar el español  aunque llevaba unos años en el país, donde entonces era escasa la presencia de portugueses, pues los inmigrantes que llegaban procedían mayormente de España, por un acuerdo de Trujillo con el generalísimo Francisco Franco, de importar 200 nacionales de la llamada “Madre Patria”, entre  ellos 80 mujeres, a quienes se les prometió recursos económicos y viviendas a cambio de que formaran parejas con nativos, en un empeño de refinamiento de la raza supuestamente amenazada por la creciente presencia haitiana. Se buscaba como primer objetivo, blanquear un poco la población altamente morena en la benemérita ciudad de San Cristóbal, la cuna del Jefe.

El referido portugués resultó ser un informante del Servicio de Inteligencia Militar (SIN), que tuvo que salir corriendo del país luego de la caída de la dictadura de Trujillo, al pregonarse su labor de caliesaje y saberse que había delatado a muchos jóvenes antitrujillistas del sector, mencionándose el nombre del extinto dirigente perredeísta  y ex ministro de Agricultura, licenciado Rafael Ángeles Suárez, domiciliado entonces en la casa No.10 de la calle Azua, quien resistió una larga y penosa prisión en la horrorosa cárcel de torturas La 40, en el sector de Cristo Rey, donde lo sentaron en la silla eléctrica y les impusieron severos corrientazos y otros crueles tormentos  en su cuerpo.

El portugués colaboró con el régimen trujillista bajo las órdenes de otro ciudadano europeo, Ernesto Scott, quien era parte de la Gestapo y huyó de Alemania cuando se vino abajo el régimen totalitario y fascista de Adolfo Hitler, con el triunfo de los aliados y su muerte, ocurrida el 30 de abril de 1945. Este alemán se dio a conocer en el país como míster Scott, y era un profesor de nueve idiomas, que daba clases particulares en su residencia de la calle Tunti Cáceres casi esquina Azua, siendo también traductor en la casa de Gobierno.

A Scott le fascinaba la labor de espía y quiso seguir  siéndolo en Ciudad Trujillo, incorporándose al temible SIN, donde se convirtió en un personaje importante de la maquinaria represora del Estado, desde que sugirió al dictador traer desde Venezuela la famosa silla eléctrica usada por la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, recién derrocado.

Al respecto, el escritor folclorista Rafael Chajlub Mejía, en su libro “Las fechorías del bandolero Trujillo“, capítulo XVII, subtítulo: La Represión, pagina 224, lo describe como “Un alemán de pelo castaño y ojos claros, conocido inicialmente como profesor de idiomas y por su vocación a la pintura”, que actuaba “bajo el nombre de Ernesto Scott, tras del cual no se sabe si se ocultaba la persona real de algún antiguo jefe nazi de los tantos que salieron en desbandada al colapso de los ejércitos alemanes”. Agrega que este individuo, “ya en su puesto del SIM, dividió la ciudad en dieciséis zonas, cada una con un supervisor al frente y él como supervisor general”. Y apunta que: “A la imaginación enferma de ese mismo alemán se atribuye la invención de la silla eléctrica que se mandó a fabricar en Venezuela y que, junto a los látigos, garrotes, sogas para ahorcamientos, esposas, perros amaestrados, tenazas y alicates para sacar uñas, puñales, bastones eléctricos, vino a formar parte del arsenal aterrador con que la legión de verdugos del SIM martirizaba a sus víctimas”.

Hay que añadir además, que este pintor y profesor alemán, se casó con una bella rubia dominicana y se granjeó buenos amigos en el vecindario de la calle Tunti Cáceres, donde vivía; figurando entre sus relacionados el periodista Víctor Melo Báez, ex director de Radio Mil Informando. Otro vecino suyo  -pero no su amigo-, lo fue el malogrado militante izquierdista Julián Augusto Parahoy, miembro destacado del grupo “Los Palmeros”, liderado por Amaury Germán Aristy.

Entre los colaboradores de míster Scott allá en el barrio, se contaba un albino que –al igual que el portugués-  lo visitaba con frecuencia en su residencia, llevándole los resultados de la labor de caliesaje que realizaba como limpiabotas en la avenida San Martín esquina Juan Pablo Pina, en la acera del edificio que alojó primeramente al hotel Londres, cerca de la actual avenida 27 de Febrero.

Cuando en el año 1962 se hizo la investigación judicial sobre  la responsabilidad criminal de esos individuos, en la fiscalía nacional del doctor Rafael Valera Benítez, el albino y el portugués fueron perseguidos de manera feroz, calificados de peligrosos informantes del SIM, pero pudieron escapar de la justicia y de ira popular, abandonando clandestinamente el país. En cambio su jefe, Scott fue apresado y condenado, aunque logró evadir una larga pena, al ser beneficiado de un recurso de libertad condicional anticipada debido al deterioro de su salud en prisión.

Sin embargo, pudo recuperarse y hasta reinventar su vida, ya que se casó nuevamente con otra dominicana. Según nos informa su antigua vecina, la distinguida periodista Francia Arrendel, míster Scott se fue a vivir en la calle Seybo, en una casita de galería de block, a pocos metros del colmado que operó en intersección de la vía citada y la Tunti Cáceres.

Nos dice que Scott llegó allí junto a una chica adolescente llamada Miriam, que era la hija que había procreado con la mencionada bella rubia dominicana, y nos ilustra diciendo que se le notaba una mala situación económica. La casa que éste habitó era propiedad de la familia del recordado intelectual trujillista Manuel Arturo Peña Batlle; y allí vivió con anterioridad un informante del SIN, al que trasladaron a Santiago, quien tenía una hija llamada Brunilda. Frente a la morada había una casa de cita, que la gente conocía por su número, pues aunque tuvo varios nombres, le se identificaba siempre como “La Sesenta”.

Francia Arrendel describe a Miriam Scott como una muchacha rubia, tierna, muy bonita, bien formada y de trato afable, a quien su padre quería mucho, aunque también la hacía objeto de maltratos y sufrimientos inmerecidos, que se reflejaban en su semblante un tanto triste, pues había padecido mucho la separación de su madre y recibía un trato brutal y tiránico de parte de la nueva esposa de míster Scott. Esta chica tuvo un hijo que nació en la calle Seybo y reside actualmente en los Estados Unidos.

Míster Scott, según testimonia nuestro amigo José Vargas, alumno suyo en sus clases particulares de Idiomas, en su primera residencia de la calle Tunti Cáceres, permaneció hasta la hora de su muerte, a mediados de los años setenta, colaborando con los organismos de represión del país, como asesor del Servicio Secreto de la Policía en el régimen de los doce años de Balaguer.

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