La Sinfonía Desafinada: Gobierno de Puerto Rico Presenta su Concierto del Caos
Damas y caballeros, bienvenidos al evento musical más esperado del año: la Filarmónica del Gobierno Central, donde cada agencia toca su propia canción, en su propio tono, y casi nunca en el mismo compás que las demás.
El director que nunca llega
Toda orquesta necesita un director. El problema es que aquí los directores entran y salen por la puerta de atrás más rápido de lo que el público puede aplaudir. Apenas el secretario de turno se acomoda en el podio, levanta la batuta, y… renuncia. Sale por la puerta lateral con caja en mano, dejando a los músicos —es decir, a los empleados— mirándose unos a otros preguntando “¿y ahora quién nos dirige?”. La respuesta, casi siempre: nadie, durante varios meses, mientras todo el mundo improvisa.
La sección de cuerdas (que no se quiere ni ver)
Las agencias deberían tocar en armonía, pero aquí cada una parece estar tocando una pieza distinta. Una agencia toca un vals, la de al lado un merengue, y la tercera ni siquiera trajo su instrumento porque “ese permiso lo tiene que dar la otra oficina”. El resultado es ese sonido particular que solo Puerto Rico produce: el “no es mi departamento” en re menor, seguido del clásico “vuelva la semana que viene” en fa sostenido.
Los músicos que tocan de oído… y mal
Las instrucciones existen, sí, perfectamente escritas, archivadas, selladas y enviadas por correo certificado. El detalle es que nadie las lee. Cada cual toca como le parece, según el humor del día, la hora del almuerzo, o si llovió esa mañana (en cuyo caso, cancelado todo, sin excepción). La partitura dice una cosa; la ejecución es una completamente distinta, generalmente más lenta y con más pausas para café.
La silla vacía: ausentismo en re mayor
Miren al podio. Miren las sillas de la orquesta. ¿Notan algo? Faltan músicos. No es que no existan los puestos —existen, están en el presupuesto, tienen nombre y apellido asignado— es que el ocupante de la silla decidió que hoy “no se sentía la vibra” para presentarse. Y así, semana tras semana, el público sigue esperando una sinfonía completa mientras escucha, en el mejor de los casos, un trío.
Los “músicos invitados”: contratos, parejas y otros invitados de honor
Pero no piensen que la orquesta toca con el personal de siempre. No, no. Cada cierto tiempo aparecen “músicos invitados especiales”, contratados —cómo no— por servicios profesionales sumamente necesarios, urgentes e insustituibles. Que casualmente comparten apellido, dirección postal o anécdotas de fin de semana con algún director de orquesta. Estos virtuosos cobran generosos honorarios por interpretar piezas que nadie recuerda haber pedido, en instrumentos que nadie sabía que la orquesta tenía, durante un tiempo que coincidentemente se extiende justo hasta que termine el mandato de quien los contrató.
El cabildero invisible que dirige desde el palco
Y arriba, en el palco de honor, observando todo con un programa de mano y unas prismáticos carísimos, está el cabildero de la firma de moda —llamémosla, por puro azar, “Politank”— susurrándole al oído del director cuál pieza tocar, en qué orden, y a qué volumen. Nadie lo contrató oficialmente para dirigir, pero misteriosamente cada cambio en la partitura coincide con sus visitas al palco. Su honorario, por supuesto, no aparece en el programa impreso, pero su influencia se escucha clarísima en cada nota.
El gran final: todos a la vez, nadie junto
Y entonces llega el gran final, ese momento en que se supone que todo confluya en una armonía gloriosa: los servicios funcionan, el mantenimiento se hace, las luces no se van, el agua no se corta y los trámites se resuelven. En cambio, lo que escucha el público —es decir, el pueblo— es un acorde disonante de quejas, líneas larguísimas, sistemas caídos “por mantenimiento” (irónicamente, el único mantenimiento que sí se hace puntual) y un coro de “eso lo tiene que resolver la próxima administración”.
Telón
Así que la próxima vez que alguien le diga que el gobierno de Puerto Rico “no funciona como debería”, corríjalo con cariño: sí funciona, perfectamente, como una orquesta sin director, sin partitura común, con la mitad de los músicos ausentes, varios “invitados especiales” cobrando por bises que nadie pidió, un cabildero dirigiendo desde el palco, y la otra mitad tocando instrumentos distintos. El público, fiel a su asiento desde hace décadas, sigue esperando que algún día suene, aunque sea por accidente, una sola nota afinada.
Aplausos, por favor. Se lo han ganado.
Audio del artículo: CAOS DESAFINADO EN GOBIERNO DE PUERTO RICO

