Por: José J. Záiter
¿Alguna vez has sentido que tienes un viaje pendiente, un lugar por conocer, un libro por leer o algo que deseas hacer, pero que nunca encuentras el momento para realizarlo? Mientras tanto, los años pasan y aquello que soñamos hacer queda siempre para después.
He tenido la dicha de viajar por el mundo, conocer países remotos, recorrer ciudades de profundas tradiciones históricas y descubrir culturas, gastronomías y costumbres, algunas exquisitas y otras verdaderamente exóticas. Sin embargo, había un viaje pendiente que, año tras año, continuaba posponiendo.
Para mí, los años sesenta, cuando era adolescente en los Estados Unidos, marcaron y perfilaron mi vida para siempre. Fueron años de convulsión social, guerras, transformaciones en la moda, grandes hazañas deportivas y una revolución musical que cambió al mundo.
Fueron los años de “The Champ”, Muhammad Ali; de la guerra de Vietnam; del movimiento hippie; de los asesinatos de figuras emblemáticas; del sonido inconfundible de Motown; de la llegada del ser humano a la Luna y de una época dorada del béisbol, en la que brillaron leyendas como Mickey Mantle, Juan Marichal, Willie Mays y Roberto Clemente, entre muchos otros.
En mi “bucket list” – esas cosas que uno desea hacer antes de morir – estaba precisamente visitar algunos de los lugares donde ocurrieron hechos trascendentales de aquella época, conocer objetos que fueron protagonistas de esos momentos y, de alguna manera, sentir y mirar con mis propios ojos aquello que tanto me cautivó durante mi juventud.
Solo me faltaban algunos lugares para completar ese cometido, pero el tiempo seguía pasando. Hasta que, finalmente, decidí que ya no podía continuar dejándolo para después.
Hace unos días salí temprano en la mañana desde el Aeropuerto Metropolitano de Detroit, Michigan, manejando un pequeño Jeep Compass rojo. El pronóstico anunciaba torrenciales aguaceros durante mi trayecto hacia el Museo Nacional de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, en Dayton, Ohio.
Entre más de 300 aviones en exhibición, cada uno con su propia historia, finalmente me encontré frente a él.
Era un Boeing VC-137C, identificado con el número de cola SAM 26000.
Me detuve a contemplarlo desde cierta distancia. Permanecía intacto, con sus elegantes colores azul cielo y blanco y el imponente escudo presidencial acompañado de las palabras “United States of America”.
Era el avión presidencial que había transportado al presidente John F. Kennedy a Dallas, Texas, aquel funesto 22 de noviembre de 1963. El mismo avión en el que, momentos después del asesinato de Kennedy, el entonces vicepresidente Lyndon B. Johnson prestó juramento como presidente de los Estados Unidos. Y también el mismo que llevó de regreso a Washington, D.C., el féretro del presidente Kennedy.
Subí las escaleras y entré en la cabina. Mientras caminaba por su interior, la emoción crecía. Pero fue al llegar al lugar exacto donde Lyndon B. Johnson prestó juramento como presidente cuando sentí, de verdad, que estaba tocando una página de la historia.
Mi siguiente destino fue Louisville, Kentucky, donde fui a conocer la humilde casa en la que creció el inmortal boxeador y humanitario Muhammad Ali. Era una vivienda pequeña, ubicada en un barrio modesto, pero enorme en significado.




Después visité el Muhammad Ali Center, un verdadero museo dedicado a su vida y legado. Allí se exhiben pertenencias personales de Ali, artículos periodísticos, fotografías, películas, recuerdos de su carrera y hasta un cuadrilátero de boxeo.
Finalmente, fui a su tumba, en el cementerio Cave Hill. Es grandiosa, como lo fue él.
Pero hubo algo curioso que llamó especialmente mi atención. En un árbol cercano a su tumba hay una pequeña caja de madera incrustada que contiene panales de avispas activas. Según me explicó un trabajador del cementerio, aquello había sido un deseo de Ali antes de morir.
El “Más Grande” flotaba como una mariposa en el ring, pero picaba como una avispa.
Continué con mi “bucket list” visitando el Louisville Slugger Museum & Factory, hogar de una de las compañías más emblemáticas en la fabricación de bates de béisbol profesionales.
Allí tuve la oportunidad de sostener en mis manos un bate que perteneció al legendario Babe Ruth, así como otros bates relacionados con dos grandes peloteros dominicanos: Vladimir Guerrero y José Ramírez.
Durante el recorrido pude observar de cerca cómo se fabrican los bates y conocer para cuáles jugadores de las Grandes Ligas se estaban confeccionando algunos en ese momento. El inconfundible olor de la madera recién trabajada me transportó de inmediato a mi niñez, cuando disfrutaba de los juegos de pelota en lo que entonces era el majestuoso Yankee Stadium de Nueva York.
Aproveché mi visita a Louisville para dirigirme a Churchill Downs. Sentado en las gradas, mi imaginación comenzó a galopar hacia aquellos días en que Secretariat, considerado uno de los caballos de carreras más extraordinarios del planeta, hizo historia precisamente en esa pista del Kentucky Derby, rumbo a conquistar la Triple Corona.
Y, como todo buen viaje también debe tener sus pequeños placeres, hice una parada en Augusta, Kentucky, para disfrutar de un bourbon en Augusta Pub, una taberna frecuentada por el mundialmente famoso actor George Clooney, oriundo de esa localidad.
El recorrido también me llevó por Cincinnati, Ohio donde recordé a la legendaria “Big Red Machine”, aquella formidable generación de los Cincinnati Reds que marcó una época en el béisbol.
De regreso a Michigan, hice otra parada imprescindible: el Henry Ford Museum.
Allí me quedé prácticamente paralizado al encontrarme frente a la puerta trasera izquierda del Lincoln Continental en el que viajaba el presidente John F. Kennedy el día de su asesinato.
De todos los recuerdos de aquellos años, pocos tuvieron un impacto tan profundo en la cultura popular como el sonido de Motown.
En Detroit, una pequeña casa conocida como Hitsville U.S.A. se convirtió en el epicentro de una revolución musical. Allí nació Motown Records, la compañía discográfica fundada por Berry Gordy Jr. con un préstamo familiar de apenas 800 dólares. En aquel entonces, Gordy trabajaba en la industria automotriz y utilizó muchas de las ideas de la línea de producción para desarrollar su innovador modelo musical.
La música se producía en el pequeño Estudio A, ubicado en la parte inferior de aquella modesta casa.
Desde allí, Motown ayudó a romper barreras raciales y culturales a través de las composiciones de sus autores y las voces de sus intérpretes. Muchos de aquellos artistas comenzaron con poco más que un sueño, provenientes de barrios marginados de Detroit, y terminaron convirtiéndose en estrellas internacionales.
Quién puede olvidar “My Girl”, de The Temptations; “Baby Love”, de Diana Ross and The Supremes; “Tears of a Clown”, de Smokey Robinson & The Miracles; “Ain’t No Mountain High Enough”, de Marvin Gaye y Tammi Terrell; o “ABC”, de The Jackson 5, grupo que lanzó al mundo a quien se convertiría en uno de los artistas más icónicos de la música moderna: Michael Jackson.
Berry Gordy resumió su filosofía de una manera extraordinaria: los jóvenes entraban por una puerta de aquella casa con un sueño y salían convertidos en estrellas por la otra. Había aplicado al mundo de la música un concepto inspirado en las líneas de producción de la industria automotriz.
Los trayectos fueron largos e intensos, pero también estuvieron llenos de momentos que hicieron que cada milla valiera la pena.
La lluvia casi mística sobre la carretera. Los paisajes bañados por el atardecer. El esplendor del verdor de Kentucky. La serenidad del río Ohio. Mi pequeño Jeep rojo acompañándome durante el recorrido. Mi tarareo de la canción “Wichita Lineman” mientras conducía. El cappuccino de Andy’s. El hummus de Al Ameer. El halibut de Repeal Oak. Una noche en Saint John’s Resort.
Y, sobre todo, la compañía de mis recuerdos.
Porque al final comprendí que una “bucket list” no se trata simplemente de tachar lugares de una lista.
Se trata de regresar a los sueños que alguna vez tuvimos, reencontrarnos con la persona que fuimos y darnos la oportunidad de vivir aquello que durante tantos años dijimos: “algún día lo haré”.
Ese día finalmente llegó.
Y mi “bucket list” cumplió su cometido.
Pero quizás lo más importante es que este viaje me recordó algo que el paso del tiempo nunca debe hacernos olvidar: Nunca es demasiado tarde para cumplir un sueño.

