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Smartphones y adolescentes: una señal de alerta

SALUD & BIENESTAR

Información, prevención y calidad de vida

Por Dra. Laura Méndez
Analista de Salud
El Sol de la Florida

27 de septiembre de 2026

El teléfono inteligente se ha convertido en compañero casi inseparable de millones de adolescentes. Sirve para comunicarse con los padres, estudiar, entretenerse, escuchar música, tomar fotografías y mantener contacto con amigos.

Pero una nueva investigación plantea una pregunta que merece la atención de las familias: ¿puede tener un smartphone a una edad temprana estar relacionado con problemas de alimentación e imagen corporal durante la adolescencia?

Un estudio publicado el 25 de septiembre en JAMA Network Open, basado en datos de 8,957 adolescentes estadounidenses, encontró que poseer un smartphone a los 12 años estuvo asociado posteriormente con una mayor probabilidad de presentar a los 14 años determinados síntomas relacionados con trastornos alimentarios.

El hallazgo es importante.

Pero también requiere una aclaración fundamental desde el principio:

el estudio encontró una asociación; no demostró que los smartphones causen trastornos alimentarios.

La diferencia es esencial para interpretar correctamente la investigación y evitar alarmar innecesariamente a padres y adolescentes.

Casi siete de cada diez ya tenían smartphone

Los investigadores utilizaron información del Adolescent Brain Cognitive Development Study, un amplio proyecto que sigue a miles de niños y adolescentes en Estados Unidos.

Entre los participantes analizados, 69.5% tenía su propio smartphone a los 12 años.

Dos años después, los investigadores examinaron diferentes comportamientos y pensamientos relacionados con la alimentación y el peso.

Entre ellos se encontraban episodios de atracones, conductas destinadas a compensar la comida para evitar aumentar de peso y una autoestima excesivamente condicionada por el peso corporal.

Después de tomar en consideración diferentes variables que podrían influir en los resultados, los investigadores encontraron que poseer un smartphone a los 12 años estaba asociado con una mayor probabilidad de presentar a los 14 algún síntoma relacionado con trastornos alimentarios.

También observaron asociaciones con comportamientos específicos.

Es una señal que merece atención porque los trastornos alimentarios pueden afectar profundamente la salud física y emocional durante una etapa particularmente vulnerable del desarrollo.

La comunidad hispana estuvo ampliamente representada

Para nuestros lectores existe otro elemento importante.

Aproximadamente 23.6% de los adolescentes incluidos en la investigación eran hispanos.

Eso proporciona una representación considerable de jóvenes latinos dentro de la muestra.

Sin embargo, el estudio no permite concluir que los smartphones afecten de manera diferente a los adolescentes hispanos.

Lo que sí permite es reconocer que este no es un problema distante de nuestras familias.

En comunidades como las de Florida Central, donde el teléfono inteligente forma parte de la vida cotidiana de niños y adolescentes, la conversación sobre tecnología, imagen corporal y salud mental merece un espacio dentro del hogar.

¿Es culpable el teléfono?

No necesariamente.

Un smartphone es una herramienta.

Lo importante puede ser, en buena medida, qué ocurre dentro de esa pantalla.

Las redes sociales pueden exponer a los adolescentes durante horas a fotografías cuidadosamente seleccionadas, cuerpos modificados digitalmente, filtros, influencers, publicidad de productos para perder peso, rutinas extremas de ejercicio y mensajes que presentan determinados tipos de cuerpo como ideales.

Para un adulto puede resultar relativamente fácil comprender que una fotografía ha sido editada o que un influencer está presentando solamente una pequeña parte de su realidad.

Para un niño de 11, 12 o 13 años, esa distinción puede ser más complicada.

Además, los algoritmos aprenden rápidamente qué contenido atrae la atención de cada usuario.

Un adolescente que comienza a observar videos sobre dietas, pérdida de peso o apariencia física puede terminar recibiendo más contenido relacionado con esos mismos temas.

Eso no significa que automáticamente desarrollará un trastorno alimentario.

Pero sí puede crear un ambiente digital donde la comparación corporal se vuelve constante.

Una preocupación que ya existía

La nueva investigación no aparece en un vacío científico.

Autoridades de salud pública estadounidenses llevan años estudiando el impacto que las redes sociales pueden tener sobre niños y adolescentes.

Datos previamente destacados por el Departamento de Salud y Servicios Humanos de Estados Unidos indican que 46% de los adolescentes de 13 a 17 años consultados dijeron que las redes sociales los hacían sentirse peor respecto a su imagen corporal.

La literatura científica también ha encontrado asociaciones entre determinados patrones de uso de redes sociales y problemas como insatisfacción corporal, comparación social y conductas alimentarias desordenadas.

Sin embargo, el efecto no es idéntico para todos.

Las redes sociales también permiten a muchos adolescentes mantener amistades, encontrar comunidades de apoyo, aprender y expresarse creativamente.

Por eso, la evidencia científica no justifica presentar toda tecnología o todas las redes sociales como perjudiciales.

La pregunta más útil es otra:

¿cómo las está utilizando nuestro hijo?

El peligro de perseguir un cuerpo imposible

Uno de los cambios más profundos de la era digital es que la comparación ya no termina cuando el adolescente sale de la escuela.

Antes, las presiones sobre la apariencia podían provenir de compañeros, revistas, televisión o publicidad.

Hoy pueden acompañar al joven desde que despierta hasta que se acuesta.

Un adolescente puede comparar su cuerpo con cientos de imágenes en una sola tarde.

Muchas de esas imágenes no representan siquiera cuerpos reales tal como existen fuera de la pantalla.

Filtros, iluminación, maquillaje, poses, retoques digitales e incluso herramientas de inteligencia artificial pueden modificar cintura, piel, músculos y proporciones corporales.

Cuando una persona joven compara su cuerpo real con una imagen artificialmente perfeccionada, está participando en una competencia imposible de ganar.

Ese contexto puede ser particularmente problemático durante la adolescencia, cuando el cuerpo está cambiando rápidamente y la aceptación social adquiere enorme importancia.

¿Qué es un trastorno alimentario?

No se trata simplemente de que un adolescente quiera bajar algunas libras o decida comer de manera más saludable.

Los trastornos alimentarios son enfermedades que pueden involucrar alteraciones persistentes en la alimentación, preocupación intensa por el peso o la forma corporal y comportamientos capaces de afectar seriamente la salud.

Entre ellos se encuentran la anorexia nerviosa, la bulimia nerviosa y el trastorno por atracón, aunque existen otras condiciones.

Pueden afectar a niñas y mujeres, pero también a niños y hombres.

Tampoco existe una apariencia física única que permita identificarlos.

Una persona puede tener un peso aparentemente normal y estar enfrentando un problema serio.

Por eso, observar cambios de comportamiento puede ser tan importante como observar cambios físicos.

Señales que los padres no deberían ignorar

Una señal aislada no significa necesariamente que exista un trastorno alimentario.

Pero varios cambios persistentes merecen conversación y, cuando corresponda, evaluación profesional.

Los padres pueden prestar atención si un adolescente comienza repentinamente a evitar comidas familiares, elimina grupos completos de alimentos sin indicación médica, expresa miedo intenso a aumentar de peso o habla constantemente sobre calorías, dietas o su cuerpo.

También pueden aparecer episodios de comer grandes cantidades de alimentos en secreto, esconder comida, ir repetidamente al baño después de comer o realizar ejercicio de manera excesiva y compulsiva.

Otros jóvenes comienzan a pesarse constantemente, a examinar repetidamente partes de su cuerpo frente al espejo o a compararse obsesivamente con personas que siguen en internet.

Cambios significativos de peso, mareos, debilidad, fatiga, alteraciones menstruales o aislamiento social también pueden justificar una evaluación médica.

Entonces, ¿a qué edad debe tener smartphone un niño?

La nueva investigación no establece una edad universal a partir de la cual un smartphone sea seguro.

Tampoco demuestra que entregar un teléfono a los 12 años provoque posteriormente un trastorno alimentario.

La madurez varía considerablemente entre niños.

Una decisión razonable debe considerar para qué necesita el teléfono, qué aplicaciones utilizará, cuánto acceso tendrá a redes sociales y si está preparado para comprender los riesgos del ambiente digital.

La conversación tampoco debería reducirse a:

“¿Le compro el teléfono o no?”

Hay preguntas probablemente más importantes:

¿Qué aplicaciones tendrá?

¿A quién sigue?

¿Qué contenido recomienda su algoritmo?

¿Cuántas horas pasa conectado?

¿Usa el teléfono durante las comidas?

¿Duerme con él al lado de la cama?

¿Cómo se siente después de pasar tiempo en redes sociales?

Esas respuestas pueden revelar mucho más que simplemente conocer el modelo del teléfono.

Prohibirlo todo tampoco necesariamente resuelve el problema

Ante una noticia preocupante, algunos padres pueden sentir la tentación de retirar inmediatamente teléfonos y redes sociales.

En determinadas circunstancias establecer restricciones puede ser necesario.

Pero convertir la tecnología exclusivamente en un enemigo también puede dificultar que los adolescentes hablen honestamente sobre lo que encuentran en internet.

Una estrategia más útil puede comenzar con conversación y supervisión apropiada para la edad.

Los padres pueden conocer las aplicaciones que utilizan sus hijos, establecer momentos sin teléfonos —por ejemplo, durante las comidas y antes de dormir— y hablar abiertamente sobre filtros, publicidad e imágenes modificadas.

También pueden enseñar a sus hijos a preguntarse:

¿Esta imagen es real?

¿Esta persona está tratando de venderme algo?

¿Quién creó este contenido?

¿Por qué el algoritmo me lo está mostrando?

¿Cómo me siento después de verlo?

Esa alfabetización digital puede convertirse en una herramienta de prevención.

Los padres también enseñan con el ejemplo

Existe otra parte de esta conversación que no depende de los adolescentes.

Los adultos también vivimos rodeados de teléfonos.

Si durante la cena los padres revisan constantemente mensajes, si hablan negativamente de sus propios cuerpos o si comentan continuamente sobre quién está “gordo” o “flaco”, los niños reciben mensajes incluso cuando nadie intenta enseñarles algo.

Promover una relación saludable con la comida y con el cuerpo comienza también por el lenguaje utilizado en casa.

La alimentación puede presentarse como nutrición, energía, cultura, placer y convivencia familiar, no solamente como una batalla permanente contra las calorías.

Si sospecha un problema, no espere a que sea evidente

Los trastornos alimentarios pueden tratarse.

La identificación temprana es importante porque estas enfermedades pueden afectar corazón, huesos, sistema digestivo, hormonas, desarrollo y salud mental.

Si un padre observa cambios persistentes en la alimentación, comportamiento o relación de su hijo con el cuerpo, debe conversar con el pediatra o profesional de salud.

En situaciones de pérdida rápida de peso, desmayos, deshidratación, alteraciones importantes del ritmo cardíaco, debilidad extrema u otras señales graves, puede ser necesaria atención médica inmediata.

También es importante escuchar antes de juzgar.

Frases como “simplemente come” o “eso está en tu cabeza” pueden minimizar un problema complejo.

Lo que sabemos y lo que todavía no sabemos

La nueva investigación aporta evidencia importante porque siguió a miles de adolescentes a través del tiempo.

Los datos muestran una asociación entre tener smartphone a los 12 años y determinados síntomas relacionados con trastornos alimentarios a los 14.

Eso está respaldado por los resultados del estudio.

Lo que no está demostrado es que el teléfono haya causado esos síntomas.

Pueden intervenir numerosos factores: salud mental previa, ambiente familiar, experiencias escolares, genética, presión social, contenido consumido, tiempo frente a pantallas y características individuales.

También queda por determinar qué aspectos concretos del uso del smartphone podrían explicar mejor la asociación observada.

Esa incertidumbre científica debe formar parte de la conversación.

El teléfono no es niñera: necesita acompañamiento

Los smartphones llegaron para quedarse.

La solución probablemente no consiste en criar adolescentes completamente aislados de la tecnología, sino en enseñarles a vivir dentro de un mundo digital sin permitir que ese mundo determine cuánto valen.

Para las familias de Florida Central, la nueva investigación ofrece una oportunidad.

No para entrar en pánico.

No para confiscar automáticamente cada teléfono.

Sino para hacer algo mucho más sencillo esta noche:

sentarse con nuestros hijos y preguntarles qué están viendo.

Preguntar qué cuentas siguen.

Qué videos aparecen repetidamente.

Qué piensan sobre sus cuerpos.

Y, sobre todo, cómo los hace sentir lo que ven.

A veces la prevención comienza antes de una consulta médica.

Puede comenzar con una conversación en casa.

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