Entre postalitas y chichiguas, otros chicos de Don Bosco

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Por Sebastián del Pilar Sánchez
Por Sebastián del Pilar Sánchez

Dante Lino era hijo de Laura Marte, una joven y hermosa vegana casada en segundas nupcias con el coronel y luego general Antonio de los Santos Amarante, consultor jurídico y subjefe de la Policía Nacional en el tiempo en que era comandada por el general Belisario Peguero Guerrero, otro vecino de la calle Azua, quien durante la década de los años 50, vivía junto a su señora esposa Therma Hermida y sus hijos Oscar Félix y Mario Peguero Hermida, en la calle Juan de Morfa casi esquina Oviedo.

Dante Lino se mudó en los primeros años de su infancia, en el segundo piso de la casa numerada con el ocho de la primera calle citada, y fue  inscrito en el colegio Don Bosco con el apellido De los Santos, descollando desde pequeño       -según atestigua su compañero de curso José Manuel Vargas González- por ser un estudiante aplicado e inteligente, que obtenía notas muy altas, que sólo eran superadas por las de otro chico del barrio llamado Luis García (La Jaiba), y por las altísimas e inalcanzables calificaciones de un vecino del sector San Carlos, que era el alumno más sobresaliente del  colegio, llamado Miguel Octavio Vargas Maldonado, quien todos los meses se llevaba el premio de “Estudiante Meritorio”.

Fue a partir de 1960 que José Dante Lino Galán Marte (que era su nombre real, con el que firmaría años después como general de brigada y comandante policial de la Dirección Regional Este), afincaría su afable presencia en el barrio, destacándose como niño coleccionista  de las tarjetas postales que contenían -junto a los chicles de mascar-imágenes de artistas y peloteros de las Grandes Ligas, con una información básica de las estadísticas de cada jugador, con especificación de edad, peso, tamaño, posición y forma de batear, a la derecha o a la izquierda.

En aquel tiempo, el pasatiempo de los niños -cuando no estaban en la escuela- era coleccionar postalitas de sus jugadores y equipos favoritos, que eran a su vez láminas educativas con fotografías y pinturas de monumentos, mares, países, selvas, sabanas, ríos, animales y plantas, y de figuras de reyes, presidentes y científicos-descubridores.

Ese entretenimiento  acarreaba luego que los niños tuviesen de tarea particular empaparse de la literatura contenida en aquellas imágenes sobre la naturaleza, la cultura, el arte y la historia, y esas postalitas aventajaban a las muy conocidas “Pepsi Cards”, de cosecha reciente, en que sus temas eran de mayor amplitud; no limitándose a la difusión de historietas sobre superhéroes y villanos, puesto que lograban sumergir a los niños en un mundo recreativo y sustancioso en informaciones valiosas, mejorando su formación escolar en textos de ornitología, biología marina, ictiología, y en el conocimiento de la mitología griega y romana, permitiéndoles construir una conciencia primaria y refinada de la historia y la geografía  universal, así como un dominio particular  sobre los nombres de figuras históricas, animales, peces, dioses  y lugares mitológicos.

Por medio de esas postalitas los chicos se enteraron de la existencia de un continente perdido y comenzaron a transitar por los misteriosos senderos de la Atlántida, defendiendo con ardor y pasión fantástica el mundo fabuloso de Poseidón y su amada Clito, con sus tres anillos de agua obrando para preservar los minerales en la montaña.

nino-volando-chichiguaTambién ahí se informaron de la existencia de las mentadas siete maravillas del mundo helenístico, ilustrándose  sobre la historia de la Gran Pirámide de Keops,  la Estatua de Zeus, los Jardines Colgantes de Babilonia, el Mausoleo de Halicarnaso, el Templo de Artemisa, el Faro de Alejandría y el Coloso de Rodas; y ahí mismo conocieron los rostros de las grandes figuras del deporte, como Babe Ruth, Ted Williams, Joe DiMaggio,  Willie Mays, Ty Cobbs, Mickey Mantle, Juan Marichal, Roberto Clemente, Yogui Berra, Luis Aparicio,  Roger Maris, Julián Javier, Stan Musial, Frank Robinson, Felipe Alou, entre otros.

Estas postalitas fueron reales instrumentos didácticos, induciendo al estudio, al debate y a las competencias que concluían con el llenado de álbumes, para  que los chicos recibieran luego la recompensa de premios en metálicos ofertados por los distribuidores locales.

Esas competencias  fueron batallas feroces pero divertidas; más intensas que los juegos infantiles con trompos, bellugas y pelotas, y poseer un álbum fue la mejor exteriorización pública de instrucción y sabiduría, y una muestra de grandiosa satisfacción comparable con el gozo que sintieron los chiquillos durante las corridas en bicicletas y patines, y cuando experimentaron su primer beso de amor

Dante Lino era muy emprendedor, poseía mucha inteligencia y un espíritu guerrero, especialmente en el ámbito de la natación; expresando con insistente empecinamiento su placer particular por el conocimiento del mar y conversando con desenvoltura sobre los más variados y raros animales acuáticos.

Este chico poseía -sobre todo- un claro sentido de liderazgo, que se revelaba opulento en la temporada de cuaresma y Semana Santa, guiando el proceso de confección de las numerosas chichiguas que se volaban desde el techo del edificio de tres pisos ubicado en la intersección de las calles Barahona y María de Toledo.

Él fue el primero en enterarse de la existencia de un negocio de creación y ventas de esos cometas en la cercanía de donde vivía un hermano de su madre, llamado Julio, que era chofer del general De los Santos, en la calle Álvaro Garabito casi esquina Pimentel, en el populoso sector de San Carlos; iniciándose ahí el noviciado de los chicos confeccionando papalotes de todos los colores y tamaños;  entre ellos, “la Batea”, “el Capuchín”,  “el Cajón”, “el Bacalao” y “el Pica Bohío”, que luego brillaban y revoloteaban en los cielos alcanzando grandes alturas, llenando el ambiente de emociones, suscitando mucha algarabía y satisfacción de los espectadores.

En el volado de chichiguas participaban varios niños de la calle Barahona, entre los que se recuerda a Víctor Ceballos, Víctor Mejía y Richard Hoopelmán, conocido como Popollo, quien se hizo notorio por su preferencia hacia los juegos de muñeca. Fallecería en el esplendor de su juventud, luego de destacarse y ser aplaudido en el mundo artístico, donde pudo desarrollar una carrera de danzarín con buen impacto dramático, percibiendo en poco tiempo diversos lauros y reconocimientos en el teatro y la TV dominicana.

Víctor Ceballos era un par de años más joven que Dante y aunque vivían relativamente cerca, posiblemente fue en su colegio Don Bosco donde realmente comenzaron a codearse, unidos al hecho de que dos profesores eran los padres de Víctor: los esposos Cristóbal y Tatica Ceballos, educadores también del colegio Cristóbal Colón, situado en el límite divisorio de los barrios de Villa Consuelo y Villa Juana.

Los hijos del matrimonio Ceballos, Víctor y Tina, se formaron y crecieron en un ambiente de constante actividad escolar y severidad disciplinaria, logrando de ese modo desarrollarse como  alumnos aventajados en sus respectivos colegios.

Este amigo de Dante Lino era un niño mulato, de pelo crespo, sagaz  y semejante a él en iniciativa y creatividad; y brillaba por sus fascinantes y sorprendentes ideas para realizar  decorados de chichiguas vistosos y originales sobre cuadros con pendones de caña, papel crepé o vegetal, frenillos y larga cola con navaja de afeitar, que en armoniosa atadura a unos cordeles de gangorra, facilitaban su vuelo y su defensa; pudiendo así evadir los inesperados y peligrosos ataques de otros papalotes que bailaban con inusual hermosura en los cielos, disputándoles la atención del público.

La gente del barrio sentía profunda admiración por el hijo de ese distinguido profesor y abogado notario que era Cristóbal Ceballos, especialmente cuando el chico exponía su elegante galope de trapecista en las corridas de patines y bicicletas, moviéndose con los brazos abiertos y los pies en permanente activismo. El doctor Ceballos y su esposa se distinguieron como directivos de los clubes de Leones y vivieron muchos años en la calle Barahona, a dos casas del ventorrillo de doña Lolita; al lado de la familia Álvarez, encabezada por el hacendado de Bayaguana Rafael Álvarez y su esposa María, una señora de unos 60 años, postrada desde mucho tiempo atrás en una silla de ruedas. Esa familia estaba conformada, además, por sus hijos y nietos: Jorge, María, Mauro, Alfredo, Rosita, Luis, Fanny, Andrés y Dulce.

Los Ceballos allí vivieron hasta poco antes  de la Guerra de Abril de 1965, cuando el abogado notario y profesor compró una residencia en la calle Paseo de los Locutores del sector Miraflores, frente al edificio que aloja a la firma Radio Centro, distribuidora de los electrodomésticos Toshiba, próximo a las instalaciones de la Editora Listín Diario.

Volviendo a Dante Lino.

Este chico agradable y bien parecido, poseía mucho carisma para lidiar con la gente y una inmensa suerte en su relación con las chicas del  barrio, a quienes solía conquistar con su afecto y cariño, con su verbo acaramelado y con la autenticidad de sus gestos. Junto a Víctor Ceballos, orientaba el vuelo de chichiguas, pero su papel predominante como conductor, se hizo patente en las operaciones de maroteo, también durante el verano. A tal punto que, en una ocasión, con gran habilidad  maniobró para que los chicos pudieran burlar la custodia policial del supervigilado Parque Ramfis (Eugenio María de Hostos), accediendo así el grupo al área del acuario y proveyéndose de hermosos peces a colores (cebras, bettas, cometas, colas de espada y otros), que luego los chicos exhibían con efusiva alegría en las hermosas peceras de sus hogares.

Capitaneando el grupo formado por una docena de chavales, andaban sin permiso por el lejano balneario de Arroyo Salado y por  la Cañada del Diablo (desaparecida a consecuencia de la contaminación ambiental de las grandes empresas de la avenida Máximo Gómez); y luego bajando por el río Isabela, en terreno de la antigua Fábrica Dominicana de Cemento, emprendían la tortuosa tarea del regreso a casa, orientándose con la brújula de su propia intuición y apoyados en la suerte de no ser descubiertos por sus familiares en aquellos paseos no autorizados.

Su pujanza estuvo cimentada en su inteligencia, destreza y temeridad, aunque algo tenía que ver su condición de hijo adoptivo de un alto oficial, que era el segundo al mando del cuerpo policial que dirigía el general Belisario; puesto que esa posición y su facilidad para agenciarse recursos, implicaba que tuviese provisto de todo lo necesario para participar en las actividades del grupo, esencialmente en los juegos.

Por eso si participaba en una riña, sus rivales rehuían la confrontación, teniendo con él un forzado respeto, en especial durante el pasatiempo de beisbol. De manera que nunca fue necesario que domara bancos, porque además de que todo el grupo reconocía su indiscutible calidad de buen jugador, se  comprendía la realidad de estar ante el dueño de los útiles deportivos, y que excluirlo podía acarrear que no se iniciara nunca el emocionante espectáculo, o que concluyese de forma precipitada.

El general De los Santos Amarante tenía una finca ganadera entrando por el kilómetro 27 de la autopista Duarte, y cada sábado Dante invitaba a sus amigos a disfrutar de los encantos de los ríos y de la naturaleza. La marcha hacia la hacienda, se iniciaba alrededor de las 2:00 de la tarde en un jeep descapotado, y el viaje duraba unos 25 minutos. Luego de una tarde placentera, regresaban al atardecer llenos de frutas; con mangos de diferentes variedades, cocos de agua, naranjas, limones dulces y agrios, y una fruta sabrosa que llamaban “jicaco”, desconocida en cualquier otro lugar del país, y parecida al jobo, pero de intenso color verde y morado.

La muchachada, con Dante a la cabeza, iba a los sitios más hondos de los ríos, y ocurrió que una tarde…un chico hizo alardes de buen nadador, originando un agresivo careo en torno a los lugares donde se había destacado su natación.

Se habló del vibrante y fluido Charco de la India, en Barrabás, y de las aguas limpias y tranquilas de la playa de Bergantín, en Puerto Plata; pero sus razonamientos no fueron convincentes, dando pie a que se le exigiera exponer allí sus habilidades en el dominio de las aguas, para así despejar las dudas.

El  chico estaba en aprietos, completamente turbado y sin saber qué decir; se mantuvo firme en su negativa a ofrecer una demostración de su capacidad de buceo, pero sus compañeros estaban empeñados en verificar su alardeada maestría en el campo de la natación, y tomaron la decisión de arrojarlo entre todos al río.

De inmediato surgió la verdad de aquella inocente mentira. El chico no sabía flotar siquiera para mantener el equilibrio dentro del agua y poder sostenerse en la superficie. Comenzó a patalear, mientras gritaba a todo pulmón pidiendo auxilio. Era un grito desesperado que retumbaba a diez yardas a la redonda.

Entonces los chicos reaccionaron y dos de ellos se lanzaron al agua con un tubo inflado de neumático, tratando inútilmente de  que se agarrara de éste para que flotara sin complicación,   pero ya comenzaba a sumergirse en la profundidad de aquel charco brioso y unos segundos después su cuerpo dejó de verse desde la superficie. Afortunadamente llegó en ese instante un trabajador de la finca, joven y fuerte, atraído por el grito de auxilio; quien se lanzó al rio y desde el fondo sacó al chiquillo desmayado, subiéndolo de prisa a la superficie,  e impidiendo que muriese asfixiado.

Al recobrar el aliento, el muchacho dijo sentirse  revivido, y prometió a todos ser prudente en el futuro para eludir confusiones angustiosas que pusieren en peligro su vida.

Dante cuando terminó su cuarto de bachillerato se inscribió en la Academia de Cadetes de la Policía Nacional  con su nombre real, que era José Dante Lino Galán Marte, y en tres años se hizo teniente. Más tarde ofrecería otra gran demostración de superación profesional, al graduarse de doctor en Derecho en la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra. Siguió en la Policía consiguiendo especializarse en la lucha contra homicidios y drogas, escalando como su padre adoptivo la categoría de General de Brigada.

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