Nota: Por cosiderarlo de sumo interes para nuestros lectores nos permitimos transcribir el fino articulo del Congresista Diputado de la Republicac Dominicana Elias Wessin Chavez, Veamos:

Santo Domingo, R. D.-La narrativa progresista incurre en un error recurrente, este es, interpretar la política internacional como una secuencia de desaciertos tácticos individuales, en lugar de comprenderla como lo que realmente es, una competencia estructural de poder entre Estados con intereses irreductibles.
Presentar al presidente Trump como un actor atrapado en una “trampa” tendida por Irán distorsiona la lógica profunda que rige la geopolítica contemporánea.
Estados Unidos no “ha caido” en ningún escenario adverso, ejecuta una estrategia de presión máxima frente a un adversario revisionista como la República Islámica de Irán, cuyo objetivo histórico ha sido alterar el equilibrio regional en el Medio Oriente, y por extensión desestabilizar a Occidente.
La resistencia iraní no es una sorpresa ni una victoria táctica; es un comportamiento esperado de un régimen cuya supervivencia depende de su capacidad de proyectar desafío frente a Occidente.
Sugerir que las advertencias públicas, sanciones y despliegues militares fortalecen la cohesión interna iraní, omite que toda estrategia de contención busca precisamente eso, forzar al adversario a replegarse hacia su núcleo interno, limitando su capacidad de expansión externa. Y abrirle una brecha a la resistencia interna.

De hecho, se trata de un indicio de presión efectiva. La historia demuestra que los regímenes ideológicos tienden a radicalizarse bajo presión, antes de ceder o fracturarse.
Más aún, la crítica a la alianza con Istael revela una incomprensión del principio básico de balance de poder. En una región donde Irán opera mediante proxies (Hezbolá, milicias chiitas, redes irregulares), la alianza con Israel no es una “sobredependencia”, sino un pilar disuasivo imprescindible.
Pretender que Washington puede ser simultáneamente árbitro neutral y garante de seguridad es una “ilusión progre” que el realismo geopolítico descarta.
Las potencias no median desde la neutralidad, sino desde la fuerza. El señalamiento sobre el Estrecho de Ormuz, es decir, que Irán amenace esa vía crítica, no constituye una “trampa” exitosa, sino un recurso clásico de asimetría impregnada de fanatismo para elevar los costos globales y compensar su debacle e inferioridad militar convencional.
Pero precisamente por eso, la presión estadounidense no puede interpretarse como un error, sino como un intento de restablecer la disuasión. En geopolítica, permitir que el chantaje energético se consolide sin respuesta, sería el verdadero fracaso.
Donde se ve “ambigüedad estratégica”, el realismo geopolítico se manifiesta con acción operativa.
No definir públicamente si el objetivo es renegociación, disuasión o cambio de régimen no debilita necesariamente la posición estadounidense; puede, por el contrario, aumentar la incertidumbre del adversario, complicando su cálculo y aumentando su confusión.
La claridad absoluta es una virtud en la política interna; pero en la arena internacional, muchas veces es una desventaja.
La llamada “trampa” (ese dilema entre escalar o retroceder) no es una anomalía, sino la condición permanente de toda confrontación entre potencias y actores regionales relevantes.
No hay salidas sin costos. La política exterior no es un ejercicio de optimización perfecta, sino de gestión de riesgos. En ese contexto, prolongar la crisis puede ser tan funcional para Washington como para Teherán, dependiendo de los objetivos de largo plazo.
El enfoque de los progresistas responde más a una matriz ideológica que a un análisis estratégico, tiende a penalizar el uso del poder duro, a sobredimensionar los costos de la presión y a subestimar la naturaleza conflictiva del sistema internacional.
Es la vieja aspiración de sustituir la lógica del poder por la del consenso inocuo, frente a actores que no comparten esas reglas.
Anclado en el realismo geopolítico, la actuación de Trump frente a Irán no puede evaluarse en términos de “errores” o “trampas”, sino de adecuación a un entorno hostil donde la inacción también genera costos estratégicos.
La verdadera pregunta no es si la presión fue imperfecta (toda estrategia lo es), sino si la alternativa, basada en concesiones o ambigüedad blanda, habría contenido de mejor manera el peligro de un Irán nuclear. La evidencia histórica sugiere lo contrario.
En definitiva, no hay trampa, hay confrontación entre voluntades políticas, en un sistema internacional sin árbitro. Por tanto, en ese tablero, quienes renuncian a la lógica del poder no quedan atrapados, quedan irrelevantes. Y EE.UU. dejó de serlo.

