HomeActualidad¡Opinión!Democracia de alquiler: el costo obsceno de sostener parasitos políticos

Democracia de alquiler: el costo obsceno de sostener parasitos políticos

Al igual que muchos dominicanos, observo con creciente indignación lo caro que nos está saliendo nuestra llamada “democracia”. No se trata de una inversión en institucionalidad, ni de un sacrificio necesario para fortalecer la pluralidad política. Se trata, sin rodeos, de un sistema deformado que ha convertido al Estado en el principal financista de estructuras partidarias inútiles, clientelistas y oportunistas.

Resulta insostenible —y moralmente inaceptable— que el país mantenga más de 30 partidos políticos que no representan ideas, ni proyectos de nación, ni verdaderas corrientes sociales. Son, en su mayoría, cascarones vacíos que sobreviven gracias al dinero público, operando como simples bisagras al servicio de los tres partidos mayoritarios que, cada cuatro años, se reparten el poder y el botín nacional.

La llamada a ser garante del equilibrio democrático, se ha convertido en el canal institucional que legitima este despilfarro. Millones y millones de pesos salen mensualmente del erario para sostener organizaciones que no generan propuestas, no forman cuadros políticos, no educan al ciudadano, y mucho menos fortalecen la democracia. Más de 1,500 millones de pesos destinados a esta maquinaria parasitaria en un país con profundas carencias sociales no es solo un exceso: es una afrenta.

Mientras hospitales carecen de insumos, escuelas enfrentan precariedades y comunidades enteras sobreviven en condiciones indignas, el Estado sigue financiando a estos “partidos busca vida” que han hecho de la política un negocio rentable sin riesgo ni responsabilidad. ¿Qué democracia puede sostenerse sobre semejante contradicción? ¿Qué legitimidad puede tener un sistema que prioriza mantener estructuras inútiles por encima del bienestar colectivo?

La subvención estatal a estos partidos debe ser eliminada o, en el mejor de los casos, radicalmente reformada bajo criterios estrictos de representatividad real, transparencia y aporte concreto a la vida democrática. No se puede seguir premiando la inercia, la mediocridad y el oportunismo.

Lo que hoy tenemos no es una democracia robusta, sino una caricatura costosa. Un modelo que estimula la fragmentación artificial y la dependencia económica del Estado, en lugar de promover la competencia de ideas y el compromiso con el país.

Es hora de poner fin a esta aberración. Porque una democracia que alimenta parásitos termina devorándose a sí misma.

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