Remedio para el hambre

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La claridad aun reinaba en Valencia y el calor se portaba inclemente, a propósito del eterno verano que osa reinar en nuestro trópico venezolano. Sergio caminaba de regreso a su casa, después de lidiar con clientes y contendientes, en un cuadrilátero jurídico donde aprendió que gana quien más se despoja de papeles y níqueles, cual subasta pública con jurado corruptor, que ordena condenar los textos legales al cajón inferior de un buró.

El jurista valenciano transitaba desalentado, le preocupaba su saldo actual, el mercado semanal, el inventario farmacéutico y sobretodo la inseguridad; no era cualquier cosa, se encontraba en la etapa perfecta de la vida en que sobran los proyectos, y más o menos se vislumbra a dónde llegar, pese a que no siempre se sepa por donde comenzar. Sobre eso, iba meditando paso a paso, durante el trayecto que lo iba acercando a su tan ansiada morada.

Repentinamente algo frenó su ritmo; sus pasos patinaron en la arena pedrosa, su garganta se secó, su estómago se heló. Eran dos hombres, con miradas de hambre y expresiones sin compasión. Unos segundos más tarde le dieron la espalda, pudiendo reincorporarse en su camino, a la vez que intentaba comprender lo que acontecía en los alrededores de su barrio, que es cuna y epicentro de la capital carabobeña.

Nuevamente algo le estremeció. Achinó los ojos, y pudo ver el vuelo desesperado de una paloma, tratando de escabullirse del acorralamiento premeditado que los sospechosos le habían destinado. El golpe descendente que le propinó uno de ellos, logró noquearla, mientras que, el segundo, se apresuró en recogerla para romperle el cuello y arrojarla dentro del bolso envejecido que el “noqueador” había abierto para tal fin; culminando, sin errores, la intervención coreográfica de ambos protagonistas.

¡Ya está la cena! –Anunció Sergio para sí-, sin que la frialdad de su voz pudiera hallar espacio en la incredulidad de sus adentros. Una gota de sudor recorría su frente, y el recuerdo reciente de encontrar rostros nuevos hurgando entre la basura de su conjunto residencial, le atragantaba. Atisbó el bar de la esquina y, de pronto, su hogar no volvería a verle sino hasta el siguiente amanecer.

Zaki Banna / @ZakiBanna

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