La morbosidad ante una tragedia

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Manuel Díaz Aponte

En la sociedad informatizada y tecnológicamente actualizada de hoy es muy difícil ocultar un hecho, siempre hay más de una persona que desea ver la dimensión exacta de lo ocurrido.

Cuando Jesucristo era cruelmente maltratado previo a ser crucificado en la cruz del calvario muchas gentes se acercaban a observar la escena, algunos con profundo dolor y otros por simplemente mirar.

Ser testigo de un hecho implica muchas cosas, entre ellas, convencerse de lo ocurrido. Para que nadie le cuente.

En mi etapa de reportero tuve experiencias muy gratas y algunas veces difíciles, como por ejemplo, estar próximo al lugar donde médicos especialistas practicaban la necropsia a cadáveres para que legalmente se comprobara las circunstancias de la muerte.

Hay personas que sin ser médicos, periodistas, policías o investigadores quieren estar en primera fila para curiosear y apreciar directamente un hecho.

¿Qué satisfacción tiene esa práctica? El ser humano es en sí mismo un ente sociabilizado, que gusta conocer de primera mano qué fue lo que ocurrió.

Pero resulta que para eso están precisamente los periodistas que a través de los medios de comunicación informan y orientan a la población sobre un determinado acontecimiento.

En sociedades subdesarrolladas con altos niveles de analfabetismo como la República Dominicana, se corre riesgo cuando intentamos buscar respuesta o conocer un determinado hecho.

Las imágenes ensangrentadas y los impactos de balas del cuerpo de John Percival Matos, quien lideraba una peligrosa banda de atracadores y quien fue ultimado en una cabaña en Bonao por agentes policiales, acapararon la atención de la ciudadanía.

IMAGEN ENSANGRENTADA

Probablemente el subconsciente de muchas gentes esté dominado en este momento por esas fotos e ilustraciones de videos. Pero resulta que obviamos reflexionar sobre la dimensión del prontuario negativo que dejó para la sociedad el joven militar.

Y por supuesto, de la verdadera tragedia de la violencia en que está sumida la sociedad dominicana, donde ya el torrente de sangre emanada del cuerpo de un ciudadano no causa compasión e indignación sino más bien “una diversión alocada”.

Las acciones negativas del teniente Percival Matos y del grupo que dirigía reflejan la magnitud de la crisis de valores prevaleciente en el país y de la falta de autoridad en muchos hogares.

No importa la ascendencia o posición económica en que se sitúe, quien es delincuente lo es aunque haya crecido en los sectores capitalinos de Piantini; Naco, Capotillo o en el barrio Miramar, de San Pedro de Macorís.

Los hechos de sangre perpetrados en los últimos días en la República Dominicana también proyectan un poder mediático alucinado por la difusión y visualización de tragedias que contribuyen a crear un ambiente de más desaliento y horror entre la población.

¿Por qué tanto morbo al momento de difundir un hecho de sangre con esas imágenes tan impactantes?

¿O es que estamos ante el nuevo informador policiaco versión televisión?

Ya ni siquiera los noticiarios de televisión del país advierten a sus televidentes de la intensidad del video que pautan, como se hacía anteriormente.

Hay lucha intensa entre los espacios noticiosos de televisión y los diarios digitales en la Internet, que desesperadamente buscan difundir un acontecimiento a la velocidad de la luz, sacrificando inclusive el sagrado derecho de la fuente y la exhaustiva y veraz investigación que se requiere.

Y qué decir de los constantes errores gramaticales que aparecen en los textos de la prensa digital y los noticiarios de televisión.

Los medios de comunicación no pueden servir de punta de lanza para crear temor, desinformación, mayor violencia y deshumanización entre la ciudadanía. ¡Paremos ya, esa hemorragia de sangre en la televisión nacional!

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