EL NOTABLE MOCANO DE LA GUAYABERA BLANCA

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Una tarde de finales de julio de 1962, el conductor de un carro Chevrolet Impala, modelo 1960, con dos pequeños pasajeros a bordo, recorrió varias veces las calles del barrio como si estuviese buscando un domicilio ilocalizable. Había bajado el cristal de su asiento, disminuyendo la velocidad y reiniciando de modo lentísimo la marcha del vehículo, determinando pasar una vez más debajo de la rotulación que pendía del poste de luz, en una intersección con la calle Barahona, donde leyó con asombro e incredulidad el nombre de “FELIPE VICINI PERDOMO”, en un letrero de metal azul con letras blancas.

En el acto se sintió abrumado, y vencido por el desaliento, cansado de dar vueltas, optó por estacionarse, pensando en preguntarle a uno de los niños que jugaban pelota contra la pared, en medio de la vía, si conocía la calle Azua en el perímetro.

Se detuvo frente al lugar del juego, y apuntó hacia el grupo con su dedo índice requiriendo la atención del chico deseado, pero el equipo completo detuvo en seco su entretenimiento, procediendo a rodear el vehículo, para ver qué era lo que deseaba el conductor. Este les dijo que buscaba la calle Azua, y los chicos corearon a una sola voz: “¡Usted está en la vía!”; procediendo el niño de mayor edad a ofrecer la explicación de que hacía poco tiempo que el ayuntamiento le había puesto a la calle el nombre de Felipe Vicini Perdomo, aunque la gente la seguía reconociendo por su denominación anterior.

“¡Gracias, muchachos! Estaba confundido con este extraño apelativo y viendo también que todo ha cambiado por aquí; incluso las casas están recién pintadas y la calle bien asfaltada y limpia”.

Unos dos años antes, en los últimos días del gobierno de Trujillo, el cabildo local había rehabilitado las aceras y los contenes, y resuelto el drenaje pluvial y sanitario, dejando remozada la vía, correspondiéndole a las autoridades nacionales asegurar los recursos básicos para emprender su embellecimiento y limpieza

Aclarado lo del nombre, los chicos les pidieron al hombre del Impala que moviera el vehículo para ellos poder continuar su juego de pelota, y él lo hizo casi de inmediato, pero  sin dejar de pensar en las dificultades que se habían presentado.

Sin duda que la designación de la vía con el nombre de Felipe Vicini Perdomo, se hizo para agradar al empresario Gianni Vicini, su hijo, quien era el propietario de la poderosa Casa Vicini y acababa de tener un rol protagónico en el complot que concluyó con el ajusticiamiento del dictador Trujillo en 1961, tras largo tiempo actuando con discreción y de modo clandestino con el nombre de “Míster X”, asistiendo con la debida logística a Antonio de la Maza y al equipo de acción, para la ejecución del sátrapa sancristobalense, en la avenida del malecón, la noche del 30 de mayo.

A decir verdad, Felipe Vicini Perdomo era una persona con poca trascendencia en la vida pública,  y se le premiaba con el nombre de una calle, no tanto por su servicio público, como por  su condición de padre de Gianni y, sobre todo, por encabezar el tronco familiar del gran consorcio azucarero construido por el expresidente  Juan Bautista Vicini Canepa, quien fuera su progenitor.

El individuo del Impala estuvo unos minutos reflexionando sobre el cambio de nombre a la calle Azua, y luego se parqueó a prudente distancia del lugar del juego, evitando así que la pelota se deslizara hasta el vehículo y quebrase algún cristal.

Se desmontó de inmediato, luciendo su guayabera blanca, su pantalón casimir inglés azul y sus relucientes zapatos negros; y enseguida se encaminó hasta la casa No. 27, donde vivía la familia que estaba buscando.

Se trataba de una persona blanca, de estatura mediana, que se aproximaba a  los 40 años. Los chiquillos lo veían ahora de pies, erguido, caminando firme la calle;  avanzando hasta el frente de la casa del número indicado. Se disponía a tocar la puerta, pero en ese momento ésta se abrió, para dar paso a una mujer que lo estaba recibiendo con una sonrisa pintada en su rostro.

Se alegró mucho de tenerla ante sí; era doña Frank, la esposa del maestro Sánchez, quien le dio un fuerte apretón de manos, y luego un abrazo con mucho afecto; invitándolo -acto seguido- a pasar al interior de la vivienda, donde hablaron brevemente; optando éste por volver a su vehículo, procediendo a abrir la puerta trasera derecha, viéndose en su interior la imagen de dos chiquillos, a quienes extendió su mano izquierda para ayudarlos a salir.

El primero en hacerlo fue un niño semejante a él, que era su viva imagen en miniatura. Tendría unos 12 años de edad, ataviado con un traje formal con corbata de lazo; siguiéndole al instante una niña de color indio claro, con pecas casi imperceptibles en su cara y su cuello; la cual exhibía un bonito vestido de seda azul cielo que cubría sus rodillas. Ella calzaba medias blancas de lana y zapatos del mismo color.

El señor del Impala sacó del baúl dos maletas que introdujo en la casa, y luego -a indicación de la señora- se acomodó junto a los niños en un viejo pero confortable sillón, desde donde inició un largo conversatorio que los chavales oyeron callados, pero sutilmente entretenidos consumiendo las galletitas y el jugo de tamarindo que les sirvieron.

El caballero de la guayabera blanca se llamada Francis Curiel Lara y los niños Frank y Carmenza, hijos de su primer matrimonio con Niña Cabrera, la hija mayor de la señora Matilde -Nena- Cabrera-, de Bajabonico.

Francis Curiel Lara estaba casado para la fecha con la señora Leonor Pérez Vásquez, procreando en sus segundas nupcias a sus hijos Leonor, Sonia, Franmy y Pablo Curiel Pérez.

Los Curiel constituyen una familia de procedencia judía, cuya historia en el país se remonta al siglo XVIII, mencionándose para el año 1894 el nombre de Rafael Curiel, correspondiente a un rabino sefardí que manejó la primera sinagoga en el país, llamada Congregación Israelita.

El apellido Curiel echo luego raíces en el Cibao, básicamente en Moca y Santiago, sobresaliendo en el mundo del comercio, la literatura y el arte con nombres como el de Carlos Curiel, un periodista muy culto que durante varias décadas trabajó para el diario El Caribe, siendo el principal auxiliar de su director, el periodista puertoplateño doctor Germán Emilio Ornes Coiscou, como escritor y fino corrector de estilo. Curiel fue maestro de varias generaciones de comunicadores, contándose entre sus alumnos un editorialista bien instruido de la talla del doctor Rafael Molina Morillo, fundador del diario El Nacional, quien comenzó su vida informativa como reportero del área de farándula y cultura en el matutino El Caribe.

En el mundo de las noticias también han sonado los nombres de Ricardo Curiel, periodista del noticiario Mundo Visión, de Color Visión, canal 9; y la escritora y editora Victoria Curiel, quien por muchos años ha sido columnista de los matutinos Listín Diario, El Siglo y de la descontinuada revista Ahora; reconociéndosele sus aportes a las ferias del libro, la cultura y el turismo.

En el ámbito artístico se recuerda el nombre de Tony Curiel, el padre de la Mulatona Angelita, santiaguero de nacimiento pero criado entre San Pedro de Macorís y Santo Domingo, quien en su debut en los años 50 fue llamado el “nuevo astro de la canción romántica”, destacándose como cantor lírico y popular en la antigua Voz Dominicana de Petán Trujillo, actuando durante la Semana Aniversario de la empresa, que se celebraba desde el 28 de julio hasta el 4 agosto de cada año, junto a artistas latinoamericanos de fama, como Toña La Negra, Antonio Prieto, Libertad Lamarque, Agustín Lara, Tony Aguilar, Pedro Vargas, Rosita Quintana, Miguel Aceves Mejía, Los Hermanos Silva y Amalia Mendoza, exponiendo su calidad artística al lado de otras estrellas dominicanas, como fueron Elenita Santos, Napoleón Dhimes, Guarionex Aquino, Violeta Stephens y Armando Recio, que eran los favoritos del público. Sin duda que Tony Curiel fue un virtuoso de la media voz, con su timbre grave y atenorado, que mostró al público un excelente dominio de la técnica vocal interpretando de manera magistral  canciones como “Lucía”, la celebrada composición poético-musical del expresidente Joaquín Balaguer.

Sin embargo, la actividad humana más trascendente en la vida de la familia Curiel ha sido su éxito en el comercio, y allí el caballero de la guayabera blanca tuvo un preponderante papel, continuado luego por sus hijos y por otros parientes mocanos, como Julio César Curiel De Moya y Julio Rafael Curiel, quienes descollarían más tarde en la industria farmacéutica, en su calidad de propietarios del Grupo Carol, estableciendo modernos locales comerciales en Santiago, Sosúa, San Francisco de Macorís y Moca, en la calle Imbert No. 68, apostando al desarrollo y el progreso en la venta de fármacos y artículos del hogar.

Jacobito de Lara
Jacobito de Lara

El segundo apellido del caballero de la guayabera blanca era de emotiva resonancia en la historia de Moca, por el patriotismo de muchos de sus miembros; en especial, un joven de 14 años llamado Jacobito de Lara, que fue el héroe del magnicidio del 26 de julio de 1899 contra el dictador Ulises Heureaux (Lilis); hecho que cambió  el curso de la historia nacional, grabando su nombre con letras doradas en la cronología de las hazañas patrióticas, pues fue él quien con tan poca edad dispuso de la vida del temible tirano, disparándole al pecho, destrozándole el corazón con un tiro de gracia; para ser un símbolo desde entonces en los sueños de libertad y justicia de la juventud dominicana.

Curiel Lara, como ya hemos dicho, se dedicaba a los negocios, siendo dueño de un almacén de venta de alimentos y artículos de ferretería en Moca. Su situación económica era holgada, pues su familia tenía mucha tradición en el sector comercial, incluso en la zona de Puerto Plata donde estaban sus primos Ramón, Fabio y Rafael De Lara, quienes eran destacados comerciantes en La Isabela y Bajabonico. En esos predios se sintió también la presencia de Curiel Lara en la apertura del grandioso proyecto farmacéutico de su amigo Mario Collado Ramos, cuando instaló su farmacia San Rafael.

En esta ocasión, la visita de Curiel Lara a la calle Azua tenía el propósito de que sus hijos pasaran unas cortas vacaciones junto a su madre, quien estaba residiendo en la calle Vicente Celestino Duarte, en el sector de Villa Francisca de la Capital, y había  escogido el citado lugar como el punto de enlace, propicio y seguro, para el reencuentro familiar.

Curiel Lara regresó a Moca aquel mismo día en la noche, luego de dialogar con el guía de la casa, pero sus hijos quedaron en la Capital, produciéndose una sorprendente empatía con los chicos del barrio, sobre todo con Popollo, un chiquillo que desarrollaba la anormal afición por los juegos de muñecas, de cocina y de yack, además del trúcano y el parché deportivo, que se convirtió en una especie de edecán de la niña Carmenza; pudiendo afirmarse que en esas vacaciones junto a su madre y aquel séquito de niños en aquella casa, se creó la base de una perdurable amistad, capaz de quebrar el sólido muro de la distancia y el tiempo.

Frank, por su parte, desde un principio mostró su talante de persona adulta, y seguramente en ello contribuyó de modo determinante su padre, quien siempre estaba atento a su formación y desenvolvimiento; explicándose así que siendo apenas un niño llevase siempre consigo un perfumado pañuelo en un bolsillo de su pantalón, y en el otro, una cartera con abundante dinero, impresionándose sus nuevos amigos con esa extraña novedad.

El chico disponía de su tiempo con la mayor rigidez, pero no había duda de que se sentía bien estando con su madre, a quien adoraba, y compartiendo de buenas ganas con los chicos de la calle Azua;  particularmente con una vecina de unos 13 años de edad y rostro inocente, llamada Rosina Aponte Grullón, quien tenía una hermosa piel india y era la chica más bonita del barrio, pese a su baja estatura; pues poseía una fina cintura y un cuerpo escultural maravilloso.

Ella vivía en una casa de las tantas que tenía su abuela Catana Jimenes Grullón en Santo Domingo, y el chico la visitó durante sus días de vacaciones, aunque en ese breve tiempo no le fue posible establecer una amistad o una relación fuerte y perdurable.

Le habría faltado tiempo y oportunidad para armonizar con esa chica súper vigilada, con quien era difícil estar a solas dentro de su casa, que era la marcada con el No. 21 de la calle Azua; pues siempre había allí algún familiar suspicaz, siguiendo las conversaciones, ya fuese su madre Gracita, o sus hermanos Franklin, Chelito, César, Pilar y Adrianito;  o quizás Elsa, la tía, la otra hija de doña Catana, quien habitaba el segundo piso de la vivienda y se desempeñaba como empleada de oficina de la Embajada de los Estados Unidos de América.

La vinculación con aquella casa fue en todo momento a través de los nietos de doña Catana, José (Chelito) Aponte y Cesarito De Luna, que en aquellos días compartían con sus amigos las ricas guayabas injertas del viejo árbol sembrado en el patio y también un programa infantil de gran audiencia, llamado el Abuelito Cantarín, aunque no se podía evitar la visión de modo casual del juicio televisado a los esbirros del SIN que asesinaron a las hermanas Mirabal,  ya que éste se había constituido en el  evento noticioso de mayor recepción pública aquel año, por el desempeño dinámico, responsable, firme y valiente del fiscal del Pueblo, como fue bautizado en el momento el doctor Rafael Valera Benítez.

Rosina estaba consciente de su atractivo físico y sin mayor esfuerzo -quizá sin ninguna malicia- coqueteaba con  uno que otro chico de algún barrio cercano, que pasaban por su casa tratando sólo de verla; entre éstos un muchacho muy alto, con más de seis pies de tamaño, a quien llamaban Pirulato, que jugaba básquet juvenil para el equipo del colegio Don Bosco, cuyo nombre de pila era Rolando Haza, conocido por ser el primer hijo del veterano comunicador Felo Haza del Castillo, quien no ocultaba su entusiasmo por la jovencita.

Pero en verdad fue notorio durante las vacaciones de este amigo, el incremento de los obstáculos en el roce con la chica y el progresivo cortejo hacia ella, que se llevaba a cabo utilizando la vía de uno de sus hermanos comprometido con la idea de sacarla a pasear, llevándola a comer los sabrosos helados Capri de la calle Arzobispo Nouel, o al estreno de una película lacrimógena, con el nombre de “Te sigo esperando”, protagonizada por Libertad Lamarque y Arturo de Córdova, que se exhibía en la tanda matinal del cine Elite.

Doña Catana Grullón se declaró “ciega, sorda y muda” ante los ruegos insistentes de uno de sus nietos que pasó tres días consecutivos tratando de convencerla de que le cediera el permiso para llevar a su hermana de paseo. Esta señora era una dama difícil, acostumbrada a manejar hombres y ganados, pues administraba una gran finca de su familia en la provincia Montecristi y su poder en la región era notable debido a su condición de pariente muy cercana de un expresidente de la República, llamado Juan Isidro Jimenes, quien era el padre de Juan Isidro Jimenes-Grullón, dirigente antitrujillista, fundador del PRD y de la Alianza Social Demócrata.

Poco antes de la conclusión de aquellas vacaciones, el hijo de Curiel Lara fue finalmente al cine, acompañado de otros muchachos, pero sin Rosina; pues no hubo fuerza humana capaz de bloquear la tozudez de doña Catana. Éste pagó los boletos, los chicles, los dulces y los refrescos, y los chicos ocuparon asientos en la tercera fila de butacas del lado izquierdo. Se exhibía una cinta en español interpretada por unos artistas mexicanos, que ellos vieron absolutamente en silencio, sin expresar ninguna emoción, aunque previamente conversaron durante el corto pase de anuncios comerciales promocionando los nuevos estrenos. La película se tomó dos horas completas de drama y profuso sollozo en toda la sala.

Los chicos se mantuvieron ausentes, tal vez pensando en aquel adorable sueño llamado Rosina, y dos días después, el hijo de Curiel Lara se marchaba para jamás volver, aunque era el deseo colectivo que lo hiciera en las vacaciones navideñas, siendo eso imposible debido a la celebración de las elecciones generales el 20 de diciembre de 1962, que impuso un estado de recogimiento y prudencia en todo el territorio nacional.

Esos comicios eran los primeros tras el ajusticiamiento de Trujillo y fueron ganados fácilmente por el candidato presidencial del Partido Revolucionario Dominicano, que era el profesor Juan Bosch, teniendo como su compañero de boleta al joven médico imberteño doctor Segundo Armando González Tamayo.

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