Vengo caminando por una oficina de gobierno en Mayagüez —de esas donde uno saca número y reza— y ahí está: doña Fela, setenta y tantos años bien llevados, con el celular a todo volumen reproduciendo un video de TikTok sobre no sé qué chisme de una actriz mexicana. No tiene audífonos. No le importa. El altavoz suena como si estuviera anunciando el fin del mundo, y a su alrededor, media sala espera en silencio, resignada, como quien ya sabe que protestar no sirve de nada.
No es solo doña Fela. Es don Pancho en la cafetería, viendo un partido con el volumen al máximo mientras se come su pan con mantequilla. Es doña Confesor en el mercado, riéndose sola de un meme mientras el carrito de compras bloquea el pasillo. Es la tanda completa de “seniors” que ha convertido cada espacio público de Puerto Rico en una sala de cine sin boletos, sin acomodadores, y sin ningún respeto por el prójimo.
¿No te das cuenta, mi gente, de que eso molesta? ¿No te das cuenta de que el resto del mundo no vino a la oficina, al café o al colmado a escuchar tu novela coreana doblada o el reguetón del nieto?
El fenómeno del abuelo-zombi
Aquí no se trata de generalizar ni de crear una guerra generacional —bastante tenemos ya con la de los celulares en las escuelas—. Se trata de nombrar lo que cualquiera que sale a la calle puede ver: una porción creciente de nuestra tercera edad, que se ganó el derecho a un retiro tranquilo, ha decidido cambiarlo por una adicción digital que la tiene caminando con la mirada perdida, el cuello encorvado y el pulgar deslizando pantalla como quien reza un rosario que nunca termina.
Les digo “zombis” con cariño, pero también con preocupación, porque el término no es solo folclórico. La neurociencia ya lleva años documentando lo que el sentido común sospechaba: el consumo compulsivo de contenido de formato corto —ese scroll infinito diseñado por ingenieros de Silicon Valley para ser irresistible— reconfigura los circuitos de dopamina del cerebro. Y un cerebro que ya viene con menos plasticidad por la edad no se recupera de esa sobreestimulación con la misma facilidad que el de un veinteañero. El resultado: atención fragmentada, plasticidad neuronal en pausa, memoria más débil, y una dependencia que se parece, en sus mecanismos, a cualquier otra adicción.
No hace falta ser neurólogo para verlo. Solo hace falta ir al banco y observar. Ahí está la fila entera de nuestros mayores, absortos, murmurando entre risitas, subiendo el volumen de su celular, indiferentes al mundo que gira a su alrededor —incluyendo, muchas veces, al nieto que llevan de la mano y que ya empieza a copiar la costumbre.
La ironía que duele
Aquí está lo más triste del asunto: esta es la generación que nos enseñó a leer un libro completo sin subrayar cada dos páginas para publicarlo en Instagram. La generación que se sabía las tablas de multiplicar y los poemas de memoria. La que discutía de política y de historia en la sala de la casa, no en un grupo de WhatsApp lleno de cadenas falsas y videos sin verificar.
Y ahora esa misma generación —la que debería estar leyendo, cultivando el jardín, jugando dominó, o de plano, disfrutando la sabiduría acumulada de toda una vida— se embrutece frente a una pantalla de cuatro pulgadas, consumiendo “basura digital” sin filtro ni discernimiento, y encima, compartiendo el ruido con quien no lo pidió.
La receta, con una sonrisa
No vengo a regañar sin ofrecer salida, que para eso ya tenemos suficientes columnas de opinión que solo se quejan. Aquí van los “tips” —dichos con humor, pero en serio:
- Cómprense unos audífonos. No cuestan lo que cuesta el celular que llevan en la mano. Es la diferencia entre ser un ciudadano respetuoso y un altavoz ambulante.
- Bajen el volumen del alma, no solo del teléfono. Un poquito de silencio no mata a nadie; al contrario, ayuda a pensar.
- Vuelvan a los libros. Uno físico, de papel, que no vibra ni les manda notificaciones. Verán que la memoria mejora, la ansiedad baja, y hasta duermen mejor.
- Midan el tiempo de pantalla como miden la presión arterial. Si a los veinte minutos de TikTok no recuerdan ni qué vieron, esa es la señal de que el cerebro está pidiendo auxilio.
- Practiquen el arte perdido de la conversación. Miren a los ojos, hablen con la vecina, jueguen dominó de verdad —no la versión de la aplicación—. El cerebro social envejece mejor que el cerebro aislado frente a una pantalla.
- Enséñenles a los nietos con el ejemplo, no con el sermón. Si el abuelo anda pegado al celular todo el día, de nada vale que le diga al nieto que “eso hace daño”.
Una reflexión final
No se trata de demonizar la tecnología —bien usada, nos conecta, nos informa, nos entretiene—. Se trata de recuperar el criterio, esa facultad que se supone que la edad y la experiencia deberían afinar, no embotar. Una vida entera de aprendizaje no debería terminar rendida ante un algoritmo diseñado, sin sentimientos ni escrúpulos, para robarnos la atención hasta el último minuto disponible.
Así que la próxima vez que vayan a una oficina, a un café o al mercado, y sientan la tentación de subir el volumen del video del día, deténganse un segundo y pregúntense: ¿no te das cuenta que eso molesta a la gente que te rodea?
Todavía hay tiempo de bajarle el volumen a la pantalla y subirle el volumen a la vida.

