Un fugaz récord olímpico, un reloj de oro y Chavela: los JJOO de Ignacio Sola

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Ignacio Sola, que fue plusmarquista olímpico en pértiga en los Juegos de México 1968, rememora para Efe tres momentos de esos juegos: un fugaz récord olímpico, un reloj de oro macizo que sigue en hora y muchas noches de fiesta por las que en algún momento se cruzó Chavela Vargas. EFE

Un fugaz récord olímpico, un reloj de oro macizo que sigue en hora y muchas noches de fiesta por las que en algún momento se cruzó Chavela Vargas son apenas tres de los muchos recuerdos que guarda el exatleta español Ignacio Sola de los Juegos Olímpicos de México’68, que celebran este año su 50 aniversario.

“Me precio de mi buena memoria”, dijo Sola, nacido en Bilbao hace 74 años, tras rememorar para Efe multitud de anécdotas de aquella edición, en la que batió el récord de España de salto con pértiga y, sin ser consciente de ello, también el récord olímpico.

“El día antes de la inauguración estábamos en un estadio anexo al Olímpico. Yo competía a los dos días y el jefe de misión del equipo, Anselmo López, me dijo: ‘si bates el récord de España, te cambio mi reloj por el tuyo’. Y me enseñó un Rólex de oro. Yo tenía un reloj que debía costar tres pesetas”, comentó Sola.

“No sé si por esto del reloj o por qué, pero yo estaba obsesionado con batir el récord de España, que había hecho en Madrid unos meses antes con 5,10. Sabía que si lo batía me colocaba muy bien para estar en la final, incluso en el podio”, señaló.

Esos 5,10 metros eran también el vigente récord olímpico, establecido en Tokio 1964 por el estadounidense Frederick Hansen. Cuatro años después el récord mundial estaba en poder de otro norteamericano, Bob Seagren, en 5,40. “Todos los demás estábamos en 5,10 – 5,20”, afirmó Sola.

El español saltó en la final olímpica 5,10 metros y luego fue el primero en superar los 5,15. En ese momento fue consciente de haber mejorado la plusmarca nacional, pero no la olímpica. Luego otros competidores volaron por encima de los 5,20 (Sola lo hizo en su tercer intento) y más allá y pusieron fin a su breve récord. Seagren ganó el oro con 5,40 y Sola fue noveno.

“Cuando terminé de competir me fui a la grada, donde mi entrenador, José Luis Torres, estaba con el periodista José Luis Llorente. Fue él quien me dijo que había sido récord olímpico durante un rato”, relató el saltador.

Ese mismo día, al llegar a la Villa Olímpica, Anselmo López fue a buscarle para hacer el prometido intercambio de relojes. Por la falta de costumbre, Sola se sintió “incómodo, con miedo”, al llevar en la muñeca una pieza de tanto valor. “Se lo dije a Anselmo y a los dos o tres días volvimos a cambiar los relojes”.

La historia no terminó ahí. “Al poco tiempo de llegar a Madrid después de los Juegos, Anselmo me envió el reloj junto con un cheque de 25.000 pesetas. Como premio. Porque él quiso, no porque estuviera establecida esa recompensa. Teníamos muy buena amistad”, dijo sobre quien dirigió después Solidaridad Olímpica y fue mano derecha de Juan Antonio Samaranch en el Comité Olímpico Internacional.

Cincuenta años después, Sola luce orgulloso aquel reloj “que funciona como el primer día y no pasa de moda” y recuerda los de México como unos Juegos “espléndidos para los españoles”.

“Había en México muchos exiliados que llevaban allí 30 años y aún no habían podido volver a España. Nos identificaban por la calle por el escudo y estaban como locos por que fuésemos a sus casas. Eran personas muy bien posicionadas económicamente, tenían mansiones, hacían unas fiestas de miedo. Enviaban limusinas a buscarnos a la Villa”, contó Sola.

En México el atletismo se disputó al empezar los Juegos. El 12 de octubre se inauguraron y el 16 Sola ya había terminado de competir.

“Me quedé libre por el resto del mes. Me gusta mucho la música y nos pasábamos todo el día yendo a ver a Chavela Vargas, a los mariachis, al Zócalo, a la taberna Tenampa”, dijo sobre este célebre local de la Plaza Garibaldi. “Había total libertad de movimientos”.

La única medida de seguridad para entrar o salir de la Villa era “una persona en la puerta”. Ello a pesar de que el 2 de octubre se había perpetrado la matanza de Tlatelolco, en la Plaza de las Tres Culturas, que Sola vivió de cerca.

“Íbamos dando un paseo por el centro la ciudad, cerca de la plaza, vestidos con nuestra equipación. José Luis Torres, Luis Garriga (salto de altura), alguien de hockey. Se oyeron unos tiros, la gente empezó a meterse bajo los coches aparcados y allí nos metimos también nosotros. Nos sacó la policía y nos marchamos. Es lo único que percibimos”, comentó.

Como muestra de la facilidad para entrar en la Villa Olímpica, Sola mencionó que un fotógrafo italiano amigo, que no tenía grandes medios económicos, durmió en las habitaciones del equipo español todos los Juegos, “como un atleta más”.

A pesar de que los españoles llegaban “muy tarde” a la Villa tras aquellas noches de fiesta, Sola encontraba ganas a día siguiente de ir a otras competiciones. Vio saltar a Bob Beamon, fue a algunos partidos de baloncesto y disfrutó con la gimnasia, uno de sus deportes preferidos, y las seis medallas de la checa Vera Caslavska.

Antes de viajar a México (“estrenamos el primer DC8 de Iberia”), los atletas se concentraron en un hotel del Puerto de Navacerrada, a 50 kms de la capital. Cada día bajaban a entrenar a la pista de la Ciudad Universitaria, la misma en la que Sola se reunió hace una semana con otros compañeros de México’68 en un homenaje al exatleta y periodista Miguel de la Quadra Salcedo.

En otra pista madrileña, la de Vallehermoso, se había instalado unos meses antes de los Juegos una de las grandes novedades de México’68: el suelo de tartán.”Uno o dos años antes se había ideado este material, una especie de goma con granulado.

Las pistas de ceniza”, recordó, “tenían un problema: los pies tendían a resbalar. Por eso los clavos enormes. Ahora se siguen usando clavos, pero son muy pequeñitos, lo suficiente para asegurar el agarre”.

“El tartán supuso un cambio importante, se obtuvieron marcas muchísimo mejores en velocidad. Tiene algunos inconvenientes, la pista cansa mucho las piernas, no es para entrenar diariamente. En Vallehermoso tuvimos la oportunidad de conocerla”, dijo Sola.

No estaba preparado, en cambio, para otra sorpresa que encontró en México: un pasillo cuesta arriba en la pista de entrenamiento.”Éramos incapaces de saltar y no sabíamos por qué. Nos quedábamos en 4,80 o 4,90. Llegamos a la conclusión, tras hacer una comprobación, de que la pista estaba cuesta arriba. Nos tenía a todos bloqueados. Los entrenadores nos dijeron que nos olvidásemos y que el día anterior a competir descansáramos. Después fuimos al estadio y nos disparamos como locos”, señaló.

Tampoco era consciente de que los Juegos de México fueran los primeros con controles antidopaje. Ni a él se lo hicieron ni sabe de nadie que pasara por ese trámite: “Me habría enterado, había mucha cercanía entre los equipos. Me ha llamado la atención saberlo, no lo había oído jamás”.

Las pértigas metálicas ya habían pasado a la historia. La de México’68 era de fibra y Sola aún la conserva en su casa.Un año después de aquellos Juegos, en la temporada de pista cubierta, sufrió una lesión gravísima en Barcelona.

El atleta español Ignacio Sola durante la prueba de salto con pértiga en los Juegos Olímpicos de México 1968. EFE/Archivo

“Caí fuera del foso y me rompí el maléolo, el peroné, la cápsula articular y los ligamentos del tobillo izquierdo. Eran otros tiempos, no te operaban como ahora. Empecé a recuperarme, aún salté 5,05, pero ya no era lo mismo. Y la cabeza ya estaba en otro sitio. Todo era completamente amateur”, destacó.

Había estudiado, sin terminar el último curso, Aparejadores. Trabajó un par de años en empresas de Anselmo López y luego 12 años en Adidas como director de promoción y de márketing, en su sede de Zaragoza. Tras un paso por otra marca deportiva, Mizuno, en Madrid, puso su propio negocio, una empresa de diseño de expositores para ferias. Con ello siguió hasta la jubilación.

Ignacio Sola preside desde 2004 la Comisión de Atletas del Comité Olímpico Español, desde donde ha tenido la satisfacción de sacar a muchos deportistas “de situaciones complicadas” desde el punto de vista laboral, económico, médico o psicológico.

Esta función le permite, además, “mantener el contacto con un mundo conocido”, el deporte de alta competición, aunque tenga poco que ver con el que él vivió en primera persona. “Antes era todo mucho más divertido. Completamente amateur. Hoy un atleta ha acabado una carrera y ya está pensando en la siguiente, que es la próxima semana. No se puede permitir ningún lujo”, lamentó Sola.

  • Natalia Arriaga

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