Las AFP, provocaran otra Primavera Árabe, en América  

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Fitzgerald Tejada Martínez.

La generalizada admiración por Mohamed Bouazizi, un trabajador tunecino de 26 años que vendía frutas en la ciudad de Siri Bounzid, se remonta hasta los días posteriores a su muerte, cuando sin darse cuenta siquiera se convirtió en un símbolo de la dignidad, por haber encendido la chispa que desencadenó las revoluciones de la Primavera Árabe.  

El 17 de diciembre del 2010, en un gesto de gran significación humana, Mohamed Bouazizi, se inmoló en forma de protesta, poco después de acudir ante las autoridades locales para pedir la devolución de su mercancía, la cual había sido incautada por policías a quienes reclamó un trato digno o si no, tomaría la decisión de prenderse fuego, sin embargo, nadie prestó atención. Entonces, aquel muchacho desesperado, tomó un recipiente con gasolina y roció su cuerpo, pero antes de ofrendar su vida, exclamó: “¿Cómo esperan que me gane la vida?”. 

Durante su agonía, la cual perduró casi tres semanas en donde se debatió entre la vida y la muerte, miles de personas salieron a las calles de Túnez, a protestar en contra de la corrupción y la crisis económica que estremecía esa nación, por causa de la falta de trabajo, carestía de los alimentos, represión policial y coerción de las libertades públicas, en una masiva expresión de solidaridad con Mohamed Bouazizi. 

En poco tiempo, el descontento en contra de los regímenes autoritarios se propagó por el resto de los países árabes, causando un efecto dominó que abarcó, primero, el norte de África y luego, los países del Medio Oriente y la Península Arábiga, desde Argelia, Mauritania, Marruecos, Sahara Occidental, Libia y Egipto, hasta llegar al Líbano, Siria, Jordania, Sudán, Palestina, Irán e Irak, Arabia Saudita, Omán, Yemen y Kuwait. 

En su reflexión sobre el suceso que detonó la primera revolución democrática de la historia árabe, el politólogo y catedrático francés, Sami Nair, explica que Túnez, estaba inmerso en una aterradora dictadura mafiosa. Por ese motivo, el estallido social que comenzó en esa nación y terminó replicándose en toda la región, no tuvo nada que ver con el islam ni con la religión, sino que, “la lección tunecina, era una rebelión de la dignidad, en contra del poder de la opresión”.  

Igualmente, el profesor universitario y experto en temas internacionales, Manuel Alejandro Rayran, aseveró que un común denominador entre los países adonde se extendió la primavera árabe, es que “tenían carestía de la canasta familiar y falta de trabajo”. Según él, la década del 2010, había arrancado con un rezago heredado de la anterior: la crisis financiera global del 2008, que había afectado a la mayoría de las economías del mundo, incluida la del Medio Oriente. 

Por su naturaleza, la primavera árabe, no fue un hecho fortuito como tampoco una petición procedente del extranjero; no estuvo vinculada con maquinaciones que internamente procuraban desestabilizar a los gobiernos y mucho menos con caprichos de las redes sociales. ¡No!, el estallido social, iniciado en Túnez, era inevitable, porque la población estaba cansada de la autocracia, la corrupción y el cohecho, por consiguiente, no había otra salida. 

En consecuencia, el inconformismo exteriorizado en países de Oriente Medio y el Norte de África, producto de las condiciones infrahumanas que golpean esa región, trascendió al interés colectivo de la paz mundial, en una época en la que los medios de comunicación, incluida las redes sociales, permiten que las personas estén debidamente informadas de los cambios que acontecen en el planeta, para que puedan reclamar cuando sienten que son afectadas en su integridad.  

Esta realidad geopolítica, en contexto con un panorama que actualmente se vive en América Latina y El Caribe, respecto de la discrepancia existente entre, poder, privilegio y pobreza, advierte de las repercusiones que pueden acarrear los países de occidente, si, los gobiernos, no comienzan a rectificar sus normativas en relación con los sistemas privados de pensiones (SPP), ya que significan un nefasto experimento social, promovido por una agenda globalista que pretende encadenar el bienestar del proletariado a los designios del capitalismo.  

En su libro: “El malestar de la globalización”, el economista estadounidense, Joseph Stiglitz (Premio Nobel de Economía), explica como este fenómeno está despertando nuevas olas de protestas y descontento social, en contra del statu quo económico, porque “el sector financiero –bajo el amparo de la globalización–, perfeccionó sus habilidades para quitar el dinero a la gente, sin contribuir al progreso social, creando riqueza arriba, pero, también, creando miseria abajo”. Además, Stiglitz, alerta sobre la necesidad de no confiar en el sector financiero, ya que “si no se regula, engaña y se aprovecha de la gente”. 

En síntesis, los sistemas privados de pensiones (SPP), están dirigidos a mantener las estructuras financieras de los países, siendo utilizados como piezas fundamentales de las expansiones del capital, a través de los modelos de transferencias obligatorias –disfrazadas de cotizaciones– que utilizan los aportes de los afiliados, para hacer negocios empresariales. Por ende, esos entramados no solo administran las cuentas de capitalización individual (propiedad exclusiva del afiliado), sino, además, constituyen un instrumento para generar riquezas particulares. 

Este método corrupto que irrespeta la dignidad humana, presumiendo su poder de manera soberbia y negando derechos fundamentales, está siendo denunciado en gran parte de las naciones en donde opera. Por lo tanto, nosotros también tenemos que continuar enfrentando a la oligarquía dueña de las AFP, hasta tanto logremos la readecuación del Sistema Previsional Dominicano de la Seguridad Social, a través de la reforma integral de la Ley 87-01, para obtener importantes repercusiones con miras a garantizar un futuro más incluyente, digno y humano, dentro de un verdadero Estado Social y Democrático de Derecho. 

En poco más de 20 años que tiene funcionando en la República Dominicana, el Sistema Privado de Pensiones (SPP) –que sustituyó al SNP–, a cargo de las Administradoras de Fondos de Pensiones (AFP), no han podido exhibir ni siquiera una sola mejora de los beneficios que ofrecen al afiliado, porque su vocación “gran burguesa” solamente sirve para perfeccionar una estructura de negocio privado que está amparada en un modelo viciado de saqueos que fomenta la inequidad social

Asimismo, en un afán por encubrir sus operaciones y mantener el control mediático de la opinión pública, las mafias que están detrás de las AFP, maniobran tratando de imponer un criterio autocrático, a través de la desenfrenada utilización de recursos económicos, para financiar vocingleros y expertos en materia de distracción semántica, quienes procuran mostrar un sistema de pensiones utópico, representado en un ilusorio esquema hipotético que contrasta enormemente con una realidad distópica. 

La calamitosa situación de la clase trabajadora, derivada de los problemas que afectan el país, en materia económica; en materia sanitaria; en materia alimenticia; en materia de seguridad ciudadana; en materia institucional; por los efectos de la pandemia; la quiebra de importantes sectores productivos; el auge de la delincuencia; el aumento de la canasta familiar y el descredito generalizado de la clase política; representa un escenario altamente preocupante, cuyos ribetes pueden derivar en un hilo desestabilizador del orden público. 

Empero, la indolencia de los empresarios que administran las AFP, frente a las calamidades de la clase trabajadora, está cerrando todas las posibilidades de dialogo, para buscar una salida que conduzca hacia un resultado sin mayores contratiempos. Por consiguiente, parece ser que esos sectores pseudo poderosos, prefieren enfrentarse con la acometida de las protestas populares que se avecinan, subestimando, así, el poder destructivo e impredecible de la convulsión social. 

Ese paralelismo antitético, producto del antagonismo existente entre el individualismo recalcitrante versus el colectivismo solidario, está transformándose en un tema de rebelión popular contra opresión dictatorial, a la luz de la sinrazón que se resiste a entregar lo ajeno, pese que existe un reclamo legitimo del dueño, lo cual puede derivar perfectamente en actuaciones irracionales por parte de quienes se sienten agredidos, abusados, maltratados y desconsiderados en sus derechos. 

La solicitud de los trabajadores a favor de la entrega del 30% de sus ahorros, representa un derecho legítimo, claramente consagrado en el Artículo 51 de la Constitución Dominicana, que garantiza un ámbito patrimonial de libre desarrollo de la personalidad. Consecuentemente, esto constituye una obligación de las Administradoras de Fondos de Pensiones (AFP), en permitir el pleno acceso de los afiliados a sus cuentas de personales.  

La primavera árabe, sirvió como inspiración a numerosos procesos que ayudaron en la construcción de los movimientos antidictatoriales, especialmente marcados por realidades políticas, económicas y sociológicas que afectan la calidad de vida de los países. Además, las redes sociales, hicieron un importante aporte, porque generaron un nuevo «ecosistema mediático» que contribuyó en construir y difundir el gran relato colectivo de la nueva y moderna revolución democrática. 

Finalmente, parafraseando al ilustre filósofo, idealista alemán, Georg Hegel, sobre la historia que se repite a sí misma –complementada con el materialismo del filósofo alemán, Karl Marx, en su obra: “El 18 brumario de Luis Bonaparte”–, cuando sugiere que “todos los hechos importantes de la historia universal, aparecen o se repiten en dos etapas distintas del desarrollo humano: la primera vez como tragedia y la segunda como miserable comedia”; es decir que, en nuestro caso o un contexto regional, solo falta que enciendan la mecha.  

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