Monday, January 12, 2026
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Cuando el pobre vota por su verdugo: la hegemonía que convierte la miseria en negocio

Por Rafael Portorreal.

Resulta tan doloroso como preocupante observar cómo, elección tras elección, los pobres continúan votando por los ricos; cómo las mayorías excluidas respaldan a quienes históricamente han administrado su miseria. No se trata de un fenómeno casual ni de simple ignorancia política. Es el resultado de un proceso mucho más profundo y perverso: la hegemonía cultural que describió con precisión quirúrgica Antonio Gramsci en sus Cuadernos de la cárcel.

Gramsci advirtió que las élites no dominan solo con la fuerza del Estado o el control de la economía, sino —y sobre todo— mediante el control de las ideas, del sentido común, de las aspiraciones colectivas. Esa hegemonía cultural es la que logra que los oprimidos asuman como naturales las reglas impuestas por sus opresores, incluso cuando esas reglas atentan directamente contra sus propios intereses.

En nuestros países, ese mecanismo funciona a la perfección. Cada cuatro años, los pobres son bombardeados con discursos emotivos, promesas grandilocuentes y narrativas diseñadas para generar esperanza sin transformación. No se les habla de redistribución de la riqueza, de justicia fiscal, de derechos laborales o de desmontar las estructuras que producen desigualdad. Se les venden ilusiones. Se les entrega una tarjeta, una funda de comida, un bono miserable que apenas alcanza para sobrevivir unos días, mientras se perpetúa un modelo que garantiza privilegios para unos pocos.

Así, la pobreza se convierte en el mejor negocio político. Una materia prima dócil, manipulable, agradecida por migajas, atrapada en un círculo vicioso que se repite cada ciclo electoral. Se vota no por programas, sino por emociones; no por propuestas un estructurales, sino por rostros, slogans y promesas vacías. Y lo más grave: se vota contra uno mismo.

La hegemonía cultural ha logrado anestesiar la conciencia de clase. Ha fragmentado a los trabajadores, ha despolitizado la pobreza y ha instalado la idea de que no hay alternativas. El pobre termina defendiendo al rico, justificando al corrupto y atacando cualquier propuesta que cuestione el orden establecido, aun cuando ese orden lo condena a la exclusión permanente.

Romper este hechizo no es tarea fácil. Implica disputar el sentido común, politizar la miseria, construir conciencia crítica y desmontar el relato dominante. Implica educación política, medios responsables y liderazgos comprometidos con transformar, no con administrar la pobreza.

Mientras esa hegemonía siga intacta, la historia se repetirá: los pobres votando por los ricos, la desigualdad profundizándose y la democracia reducida a un ritual vacío cada cuatro años. Gramsci lo advirtió hace casi un siglo. Ignorarlo hoy no es desconocimiento; es complicidad.

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