
Santo Domingo, R. D.-En la República Dominicana, su legado no es neutro ni abstracto, permanece incrustado en estructuras del Estado, en programas públicos y, de manera particularmente grave, en criterios de evaluación de personal y políticas internas de ministerios, donde hoy se privilegian parámetros ideológicos ajenos a nuestra Constitución, a nuestra cultura y a nuestros valores fundacionales.
Bajo el discurso de la “cooperación internacional”, la USAID operó durante años como un agente de reingeniería cultural, promoviendo agendas que nada tenían que ver con el desarrollo económico o institucional, y mucho con la transformación de creencias, lenguaje y estructuras sociales. El problema nunca fue la ayuda humanitaria, sino la condicionalidad ideológica disfrazada de modernidad.
La cancelación de la USAID por la nueva administración de los Estados Unidos no borra el daño causado

Hoy vemos las consecuencias: ministerios del Estado dominicano que evalúan, capacitan y promueven personal no en función de mérito, desempeño o vocación de servicio, sino en función de su adhesión a marcos ideológicos específicos, entre ellos la llamada “perspectiva de género”, utilizada no como herramienta analítica, sino como instrumento doctrinal para relativizar la familia tradicional y redefinir valores básicos sin debate democrático.
Este fenómeno no es casual ni espontáneo. Es el resultado de años de financiamiento, formación, asesorías técnicas y manuales importados, donde se enseña a funcionarios y técnicos a desconfiar de su propia cultura y a asumir que todo lo heredado debe ser “deconstruido”.
Se instaló así una lógica peligrosa, quien defiende la familia, la identidad nacional o la moral social es “atrasado”; quien cuestiona estas agendas es “excluyente”; quien disiente, debe ser corregido o marginado.

