Thursday, January 15, 2026
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¿AMIGOS O COMPLICES? LA DOBLE MORAL QUE SOSTIENE AL SISTEMA.

Sin ánimo de justificar lo injustificable —ni la corrupción, ni el soborno, ni las deformaciones morales que han carcomido por décadas a nuestro sistema político—, las recientes palabras del presidente Luis Abinader Corona, cuando proclamó solemnemente que “tengo amigos, pero no cómplices”, han dejado a más de uno mirando hacia los lados. Y no precisamente por virtud, sino por miedo.

Empresarios, banqueros, comerciantes, riferos, contratistas y hasta narcotraficantes de vieja y nueva generación han quedado en un incómodo estado de reflexión. ¿Vale la pena —se preguntan ellos ahora— aportar económicamente a candidatos que reciben el dinero entre sonrisas, abrazos y promesas… para luego, ya instalados en el poder, declararse vírgenes morales ante el país?

Porque la frase no es inocente. Es un mensaje. Un lavado público de manos. Una suerte de absolución personal que cae como un mazo sobre quienes, en la oscuridad de las campañas, sostuvieron con billetes, cheques, maletines y favores todo lo que el “idealismo político” jamás ha podido financiar.

Mientras se busca el poder, nadie pregunta de dónde viene el dinero. Ese es un detalle menor, un tabú conveniente. Vuelan helicópteros privados, se prestan villas de lujo, surgen aviones disponibles como si fueran carros públicos, y corre el champagne mientras el candidato y su círculo íntimo disfrutan de una vida a la que la moral nunca es invitada.

Pero entonces, cuando finalmente se toca el poder, cuando el despacho presidencial ya huele a madera fina y el himno se escucha desde otra altura… ahí sí aparece la pureza. Ahí sí, milagrosamente, se descubre que tener amigos no significa tener cómplices.

Qué bueno es así.

Qué cómodo es así.

Se reciclan discursos, se reciclan posturas y hasta se recicla la moral. En los partidos tradicionales —los de siempre, los del sistema— la ética se usa como mascarilla electoral. Se enarbola cuando conviene, se esconde cuando molesta y se olvida cuando llega el olor a poder.

Lo que no se recicla es el cinismo. Ese crece.

La frase presidencial, más que un deslinde, es un retrato fiel de cómo funciona la política dominicana: todos saben de dónde sale el dinero… hasta que conviene no saberlo. Todos se benefician… hasta que es necesario negarlo. Todos tienen amigos… hasta que esos amigos dejan de ser útiles.

Querer separar, mágicamente, al amigo del cómplice es un acto de prestidigitación moral. Un truco viejo. La doble moral vestida de transparencia.

El país merece, al menos, honestidad.

Honestidad para reconocer que la política se financia con dinero que nadie se atreve a cuestionar. Honestidad para admitir que sin esos aportes clandestinos no hay caravanas, no hay spots, no hay vallas, no hay helicópteros, y no hay “cambios históricos”.

El sistema está construido así.

Y mientras nadie tenga la valentía de desmontarlo —incluyendo quienes hoy reniegan de sus propios benefactores— seguiremos escuchando frases bonitas, limpias, correctas… que pretenden esconder lo que todos vemos.

Porque, al final del día, aquí nadie quiere cómplices.

Todos quieren poder.

Y lo demás es discurso.

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