Alfareros indígenas hallan éxito con el pez que da su apodo a López Obrador

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Fotograma en donde se observa a un alfarero realizando piezas con figuras del pejelagarto en el municipio de Nacajuca, a unos 20 kilómetros de Villahermosa, la capital de Tabasco. EFE.

El triunfo de Andrés Manuel López Obrador en las presidenciales de México dio un giro al destino de una agrupación de alfareros indígenas que estaba al borde de la quiebra y que desde entonces encontró el éxito pintando piezas con figuras del pejelagarto, pez al que debe su apodo el político.

El pejelagarto es un pez de apariencia temible con escama dura y dientes afilados, considerado un manjar exótico en la cocina regional del sureño estado de Tabasco, de donde es oriundo López Obrador, quien asumirá la Presidencia el 1 de diciembre.

La escuela de cerámica de la “Madre Muriel”, una asociación indígena que abrió su taller hace 39 años, se encontraba en graves dificultades financieras cuando vio una oportunidad con el arrollador triunfo en las urnas obtenido en julio por este personaje al que simpatizantes, adversarios y población en general apodan “el Peje”.

Los alfareros indígenas hicieron de esta oportunidad una moda diseñando y pintando pejelagartos en obras de alfarería elaboradas en el municipio de Nacajuca, a unos 20 kilómetros de Villahermosa, la capital de Tabasco.

El éxito llegó a esta agrupación de la mano de la celebridad del político izquierdista, y desde entonces los artesanos no han tenido descanso.

Para Amado López, indígena de la etnia zoque, este golpe de suerte se debe al innovador diseño del pez lagarto que cautivó a chefs, turistas extranjeros, cadenas hoteleras y hasta políticos. Él se encarga de dar las pinceladas a cada obra artesanal.

“Es uno de los diseños que más se han vendido porque es innovador. Lo asocian mucho con el presidente (electo) Andrés Manuel López Obrador porque últimamente ha sido muy popular y el impacto que ha tenido ha sido positivo para la región, y especialmente para este taller”, afirmó.

El proceso de alfarería comienza con el batido del barro para limpiarlo de impurezas. Luego se mezcla con pasta de cerámica, se amasa hasta lograr una consistencia similar a la plastilina, y se moldean las piezas en el área de torno para ser sometidas al horno.

“Lo remojamos en estas pilas para que se le quite la materia prima que son palos, piedras, toda impureza, y aquí lo mantenemos remojado aproximadamente ocho días, lo movemos hasta que quede una pasta bien aguadita”, detalló Manuel García, uno de los fundadores de la escuela.

Al final del proceso, los artesanos comienzan el diseño y pintado de cada pieza artesanal durante una semana, y posteriormente son puestas a la venta con precios que van desde los 80 y hasta los 11.000 pesos (3,9 a 543,7 dólares).

Cristóbal, maestro alfarero con 30 años de experiencia, resaltó la importancia del proceso artesanal para lograr piezas de calidad.

“Este amasado se utiliza para que al tiempo de pasar al área de torno no contenga burbujas de aire porque al elaborar una pieza si tiene aire se quiebra, revienta en el horno, o bien en el secado puede quebrar la pieza”, puntualizó.

Indígenas chontales y zoques se han formado en esta escuela; son artesanos que se independizaron y emigraron hacia otros municipios del estado y continúan impulsando la alfarería tradicional.

Charolas, floreros, juegos de té, lámparas, jarrones, platones, vajillas son los diseños solicitados para un regalo, el negocio o la familia.

Canadá, Colombia, China, España, Estados Unidos e Italia son algunos de los países hasta donde han llegado las obras de este taller.

Los alfareros indígenas confían que con el próximo presidente el futuro del taller se consolide con el apoyo de programas sociales que generen infraestructura moderna y becas para las nuevas generaciones.

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