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¿Y SI DIOS VOLVIERA A HABLAR?

cropped view of religious man holding cross and rosary beads against blue sky

A veces me asalta una reflexión que quizás muchos creyentes han pensado y pocos se atreven a expresar.

La Biblia relata que Dios habló a Moisés y le entregó los Diez Mandamientos para orientar el comportamiento de la humanidad. Si aceptamos ese relato como un acto divino de comunicación directa con los hombres, surge inevitablemente una pregunta: ¿qué diría Dios hoy al contemplar el sufrimiento humano que se desarrolla ante nuestros ojos?

Rafael Portorreal

Imagino, solo como ejercicio de reflexión, que una luz fulgurante descendiera nuevamente sobre la Tierra y que la voz del Creador se dirigiera al primer ministro de Israel.

“Nethanjahu, detén la muerte de niños e inocentes. Ninguna promesa puede justificar el exterminio de seres humanos. Ninguna interpretación religiosa puede estar por encima de la vida. La Tierra no pertenece a un pueblo en particular. La Tierra pertenece a toda la humanidad, porque todos son mis hijos.”

Sé que estas palabras no aparecen en ningún texto sagrado. Son producto de una reflexión personal frente a una tragedia que ha cobrado miles de vidas inocentes. Pero precisamente por eso merecen ser consideradas.

Durante siglos se ha utilizado la idea de una promesa divina sobre determinadas tierras para justificar conflictos, conquistas y enfrentamientos. Sin embargo, cabe preguntarse si el verdadero mensaje de Dios puede consistir en otorgar derechos exclusivos a unos mientras otros son condenados al sufrimiento y al desarraigo.

Si Dios es amor, justicia y misericordia, resulta difícil comprender cómo puede invocarse su nombre para justificar bombardeos, desplazamientos masivos y la muerte de niños.

La historia humana está llena de pueblos que creyeron tener un destino excepcional otorgado por el cielo. Imperios, reyes y gobernantes afirmaron actuar en nombre de Dios. Sin embargo, todos terminaron enfrentando una realidad ineludible: ninguna nación está por encima de los principios universales de justicia.

La historia también nos enseña que cuando los hombres confunden la voluntad divina con sus ambiciones políticas, las consecuencias suelen ser devastadoras.

Tal vez la gran enseñanza que necesitamos recordar no sea quién recibió una promesa hace miles de años, sino cuál fue el mandamiento más importante: amar al prójimo como a uno mismo.

Porque si existe una promesa verdaderamente universal, no es la posesión de una tierra, sino el derecho de cada ser humano a vivir en paz, con dignidad y sin miedo.

Y si Dios decidiera hablar nuevamente, sospecho que no preguntaría quién tiene los mejores argumentos históricos. Preguntaría quién protegió a los inocentes.

Esa es la pregunta que debería inquietar hoy la conciencia del mundo entero.

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