Por Andrés Utrera | Columnista de tecnología.
Durante los primeros años de la inteligencia artificial generativa aprendimos a relacionarnos con ella como una herramienta. Le pedíamos que redactara un correo electrónico, resumiera un documento, tradujera un texto, preparara una presentación o explicara un concepto que no entendíamos. La relación parecía bastante clara: nosotros teníamos una tarea y la máquina nos ayudaba a resolverla. Sin embargo, casi sin darnos cuenta, comenzamos a escribir preguntas diferentes. “Tuve una discusión con mi pareja, ¿crees que estoy equivocado?”. “No sé si debería renunciar a mi trabajo”. “Me siento solo”. “¿Qué harías tú en mi lugar?”. La inteligencia artificial sigue respondiendo desde la misma pantalla, pero nosotros ya no estamos hablando con ella de la misma manera. Hemos comenzado a entregarle algo mucho más complejo que información: le estamos entregando partes de nuestra vida.
Ese cambio merece atención porque está ocurriendo mucho más rápido de lo que probablemente imaginábamos. Una investigación de Elon University sobre el crecimiento de los llamados AI companions encontró que el 27% de los adultos estadounidenses que utilizan Internet ha recurrido a sistemas de inteligencia artificial para algún tipo de interacción personal, social o emocional. Entre los adultos menores de 50 años, la proporción se acerca al 40%. Más revelador todavía es que, entre quienes utilizan estos sistemas de esa manera, aproximadamente una tercera parte considera al chatbot que utiliza con mayor frecuencia como una especie de amigo. No estamos ante una mayoría de la población ni sería responsable presentar estos datos como evidencia de que las relaciones humanas están siendo reemplazadas. Pero sí estamos ante algo culturalmente significativo: millones de personas han comenzado a otorgarle a una máquina un lugar que hasta hace muy poco pertenecía exclusivamente a otras personas.
La pregunta interesante, entonces, no es si una inteligencia artificial puede convertirse realmente en nuestro amigo. Técnicamente, sabemos que no experimenta amistad, afecto, preocupación o empatía como los seres humanos. La pregunta más incómoda es otra: ¿qué está encontrando la gente en una conversación con una máquina que, aparentemente, no siempre encuentra hablando con otras personas?
El atractivo de hablar con alguien que nunca parece cansarse
Parte de la respuesta probablemente está en la propia naturaleza de la tecnología. Una inteligencia artificial está disponible a cualquier hora. No tiene prisa, no interrumpe para contar su propio problema, no responde que está demasiado ocupada para hablar y puede procesar durante minutos una explicación que quizás nos daría vergüenza repetir frente a otra persona. Sobre todo, produce una sensación particularmente poderosa: la de escuchar sin juzgar. Para alguien atravesando un conflicto personal, escribir lo que siente y recibir inmediatamente una respuesta organizada, tranquila y aparentemente comprensiva puede resultar extraordinariamente atractivo.
Ahí comienza una de las contradicciones más interesantes de esta nueva relación. Sabemos racionalmente que la inteligencia artificial no siente nada cuando responde “entiendo por qué te sientes así”. No está preocupada por nosotros, no recuerda una experiencia parecida de su infancia y no permanece pensando en nuestro problema después de que cerramos la aplicación. Los modelos actuales procesan lenguaje, contexto y patrones para generar respuestas. Sin embargo, nuestro cerebro no necesariamente experimenta la interacción en esos términos técnicos. Nosotros escribimos, alguien —o algo— responde; explicamos mejor, la respuesta cambia; hacemos otra pregunta y la conversación continúa. Cuanto más natural es el lenguaje y mayor es la continuidad de la interacción, más fácil resulta atribuir intención, personalidad e incluso comprensión a un sistema que en realidad está simulando lingüísticamente muchas de esas características.
Esto tampoco significa que hablar con una inteligencia artificial sobre asuntos personales sea necesariamente perjudicial. Esa sería una conclusión demasiado fácil y, con la evidencia disponible, poco rigurosa. Una IA puede ayudar a ordenar pensamientos antes de una conversación difícil, identificar argumentos que no habíamos considerado, estructurar una decisión, practicar cómo comunicar algo incómodo o convertir emociones confusas en preguntas más concretas. Investigaciones recientes han encontrado incluso que determinadas interacciones pueden producir alivio temporal del estrés o de la sensación de soledad. Utilizada de esa manera, la inteligencia artificial puede funcionar como una superficie sobre la cual pensamos en voz alta, con la ventaja adicional de recibir preguntas y perspectivas inmediatamente.
Pero precisamente ahí aparece la frontera que deberíamos empezar a discutir.
De pedir una perspectiva a pedir permiso
Hay una diferencia considerable entre escribir “ayúdame a analizar esta decisión” y preguntar “dime qué debo hacer”. En el primer caso utilizamos la inteligencia artificial para ampliar nuestro razonamiento; en el segundo comenzamos a transferirle una parte de nuestro criterio. Esa transferencia puede parecer insignificante cuando preguntamos cómo responder un mensaje, pero se vuelve mucho más delicada cuando la conversación comienza a determinar si terminamos una relación, confrontamos a un familiar, renunciamos a un empleo o tomamos una decisión importante sobre nuestra vida.
El problema no es únicamente que la inteligencia artificial pueda equivocarse. Es que puede hacerlo de una manera extraordinariamente convincente. El sistema conoce solamente aquello que decidimos contarle. No conoce necesariamente la versión de nuestra pareja, nuestro jefe o nuestro amigo; no observa una expresión facial, una pausa incómoda o años de historia familiar; tampoco sufrirá las consecuencias de la decisión que recomienda. Aun así, puede producir una respuesta perfectamente estructurada, segura y razonable. En una época en la que tendemos a confundir claridad con conocimiento, existe el riesgo de conceder autoridad a una respuesta simplemente porque está bien escrita.
Existe además una dificultad todavía más humana: casi nunca contamos una historia de manera completamente neutral. Cuando describimos una discusión, seleccionamos hechos, palabras y circunstancias desde nuestra propia perspectiva. Si después pedimos a una inteligencia artificial que juzgue quién tiene razón basándose exclusivamente en esa versión, podemos terminar construyendo una sofisticada máquina de validación. Le entregamos nuestra interpretación, recibimos una respuesta construida sobre ella y utilizamos esa respuesta como confirmación de que nuestra interpretación original era correcta.
Las relaciones humanas funcionan de otra manera, precisamente porque contienen fricción. Un buen amigo puede escucharnos durante media hora y finalmente decirnos algo que no queríamos escuchar: “Creo que esta vez el problema eres tú”. Una pareja puede cuestionar nuestra versión. Un familiar conoce antecedentes que convenientemente omitimos. Esa resistencia puede resultar incómoda, pero tiene un valor enorme: nos obliga a confrontar la posibilidad de estar equivocados. Si comenzamos a preferir conversaciones artificiales porque son más cómodas, predecibles o adaptables a nosotros, podríamos terminar eliminando justamente aquello que hace valiosas muchas conversaciones humanas: la posibilidad de que alguien no nos dé la razón.
Una tecnología diseñada para ayudarnos también puede convertirse en refugio
Las compañías que desarrollan estos sistemas ya reconocen que existe una línea que no debería cruzarse. OpenAI, por ejemplo, ha investigado junto con MIT Media Lab los patrones de uso afectivo de ChatGPT y ha señalado como especialmente preocupantes aquellas situaciones en las que aparece un apego exclusivo al modelo que comienza a interferir con relaciones humanas, responsabilidades o bienestar. Los resultados disponibles requieren prudencia: la interacción emocional intensa parece concentrarse en una minoría de usuarios y algunas asociaciones observadas no permiten concluir automáticamente que la inteligencia artificial sea la causa de determinados problemas. Pero precisamente esa incertidumbre debería empujarnos a estudiar el fenómeno, no a ignorarlo.
También sería simplista asumir que toda persona que conversa emocionalmente con una inteligencia artificial está reemplazando relaciones humanas. Para alguien aislado, una persona mayor, alguien que trabaja horarios difíciles o simplemente alguien atravesando una madrugada complicada, disponer de una herramienta con la que organizar pensamientos puede tener un valor real. El error estaría en convertir una posibilidad útil en una relación sin límites. Una tecnología puede ayudarnos a soportar momentáneamente la soledad y, al mismo tiempo, convertirse en un problema si termina haciendo innecesario —o incómodo— el esfuerzo de buscar conexión humana. Las dos cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo.
Esta tensión probablemente se volverá más importante a medida que los sistemas sean mejores. El verdadero desafío no llegará cuando una inteligencia artificial sea capaz de resolver una ecuación más complicada o producir una imagen más realista. Llegará cuando pueda recordar durante meses nuestras conversaciones, conocer nuestras preferencias, reconocer nuestras inseguridades, anticipar qué respuesta nos tranquiliza y adaptar su personalidad a la nuestra. En ese momento, la pregunta dejará de ser si la máquina parece humana. Será si nosotros seguimos recordando suficientemente bien que no lo es.
La intimidad también son datos
Hay además otra consecuencia que merece más atención: cuanto más personal se vuelve nuestra relación con la inteligencia artificial, más sensible se vuelve la información que voluntariamente depositamos en ella. Existe una diferencia considerable entre pedir que resuma un artículo y escribir durante meses sobre problemas de pareja, conflictos laborales, situación económica, preocupaciones familiares, miedos, aspiraciones o información relacionada con nuestra salud. Una conversación que psicológicamente sentimos como privada sigue ocurriendo dentro de un servicio tecnológico con políticas, sistemas de almacenamiento y controles que el usuario debería comprender.
Eso no significa asumir que las compañías están leyendo nuestros secretos ni alimentar teorías sin evidencia. Significa aplicar a la inteligencia artificial el mismo criterio de prudencia digital que lentamente hemos aprendido a aplicar a otros servicios. Antes de entregar información extremadamente sensible conviene saber qué plataforma estamos utilizando, cuáles son sus controles de privacidad, qué puede conservarse y qué opciones tenemos sobre nuestros datos. El diseño conversacional puede hacernos olvidar que existe infraestructura detrás de la pantalla. La sensación de intimidad no elimina esa realidad.
La pregunta no es si debemos hablar con la IA
Quizás estamos formulando mal el debate cuando preguntamos si es bueno o malo contar nuestros problemas a una inteligencia artificial. Las tecnologías rara vez funcionan de manera tan binaria. La pregunta más útil es qué papel queremos permitirles ocupar en nuestras vidas. Hay una diferencia entre una herramienta que nos ayuda a formular mejores preguntas y una autoridad a la que acudimos buscando respuestas para todo; entre un espacio temporal para ordenar pensamientos y un sustituto de las conversaciones difíciles; entre pedir otra perspectiva y necesitar constantemente aprobación.
Podríamos establecer una regla sencilla: en lugar de preguntarle a una inteligencia artificial “¿qué debo hacer?”, pedirle “hazme cinco preguntas que debería responder antes de tomar esta decisión”. El cambio parece pequeño, pero modifica radicalmente la relación. En el primer caso entregamos la decisión. En el segundo utilizamos la tecnología para fortalecer nuestro propio razonamiento. Quizás esa sea una de las habilidades digitales más importantes de los próximos años: no solamente aprender a obtener mejores respuestas de la inteligencia artificial, sino aprender qué preguntas nunca deberíamos permitir que responda por nosotros.
La revolución de la inteligencia artificial podría terminar siendo mucho más íntima de lo que anticipábamos. Pensábamos que estas máquinas transformarían oficinas, escuelas, empresas y profesiones; probablemente lo harán. Pero mientras discutíamos productividad, automatización y empleos, la tecnología comenzó silenciosamente a entrar en nuestras conversaciones privadas. Y eso nos enfrenta con una contradicción difícil: estamos construyendo máquinas cada vez mejores para comprender nuestro lenguaje precisamente en una época en la que muchas personas parecen tener dificultades para sentirse escuchadas por otros seres humanos.
Quizás por eso la pregunta que deberíamos hacernos no sea únicamente por qué una persona decide contarle sus problemas a una inteligencia artificial. También deberíamos preguntarnos qué está ocurriendo entre nosotros para que hablar con una máquina pueda sentirse, algunas veces, más fácil que hablar con otra persona.
Ese es el punto donde esta conversación deja de ser exclusivamente tecnológica.
Si la inteligencia artificial termina convirtiéndose en el lugar al que acudimos porque nunca nos contradice, nunca se cansa y siempre está disponible, habremos creado algo extraordinariamente cómodo. Pero la comodidad no siempre es progreso. Las relaciones humanas exigen paciencia, negociación, vulnerabilidad y, algunas veces, escuchar cosas que preferiríamos no escuchar. Ningún algoritmo debería ahorrarnos completamente ese trabajo.
La inteligencia artificial puede ayudarnos a pensar. Puede acompañarnos mientras organizamos una idea. Puede mostrarnos una perspectiva que no habíamos considerado. Puede incluso ayudarnos a encontrar las palabras para iniciar una conversación que llevábamos meses evitando.
Pero después debería ocurrir algo más.
Deberíamos levantar la mirada de la pantalla.
Porque mientras invertimos miles de millones de dólares en conseguir que las máquinas aprendan a conversar cada vez mejor con nosotros, quizás deberíamos preguntarnos si estamos invirtiendo suficiente esfuerzo en algo mucho más antiguo y aparentemente más sencillo:
aprender nuevamente a conversar entre nosotros.
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Andrés Utrera
¿En qué momento dejamos de usar el teléfono y el teléfono empezó a usarnos a nosotros?
Por Andrés Utrera
Hay un movimiento que repetimos tantas veces al día que probablemente ya dejamos de percibirlo. La mano busca el teléfono, desbloqueamos la pantalla y, casi automáticamente, abrimos una aplicación. Instagram, WhatsApp, TikTok, Facebook, YouTube, el correo electrónico. En ocasiones pasan cinco o diez minutos antes de que ocurra algo todavía más revelador: recordamos que habíamos sacado el teléfono para hacer otra cosa. No recibimos una llamada urgente, no esperábamos un mensaje importante y tampoco necesitábamos consultar una dirección. Simplemente lo agarramos. Ese pequeño gesto cotidiano dice mucho sobre la relación que hemos construido con el dispositivo más importante de nuestra vida digital y plantea una pregunta que quizás deberíamos hacernos con mayor frecuencia: ¿seguimos utilizando el teléfono porque decidimos hacerlo o comenzamos a utilizarlo simplemente porque hemos aprendido a hacerlo de manera automática?
Sería absurdo convertir al smartphone en el villano de esta historia. Pocas tecnologías de consumo han concentrado tantas capacidades en un objeto tan pequeño. En un solo dispositivo llevamos una cámara extraordinariamente sofisticada, mapas, música, correo electrónico, acceso al banco, documentos de trabajo, noticias, entretenimiento, redes sociales, videollamadas y buena parte de nuestras relaciones personales. Para millones de personas también se ha convertido en oficina, herramienta de creación, medio de pago y principal puerta de entrada a Internet. El teléfono moderno no es simplemente un aparato que utilizamos durante el día; se ha convertido en la infraestructura desde la cual administramos buena parte de nuestra existencia cotidiana.
Precisamente por eso resulta tan difícil analizar nuestra relación con él. Podemos dejar de ver televisión durante una semana o cerrar una red social, pero alejarnos completamente del smartphone implica renunciar temporalmente a herramientas que necesitamos para funcionar en la sociedad contemporánea. Ahí está la diferencia fundamental con muchas otras tecnologías: el mismo aparato que puede distraernos durante cuarenta minutos es el que necesitamos dos minutos después para encontrar una dirección, autenticar una cuenta bancaria, responder un mensaje del trabajo o hablar con nuestra familia. El problema, por tanto, no es todo lo que podemos hacer con el teléfono. El problema comienza cuando dejamos de distinguir entre utilizarlo porque necesitamos hacer algo y utilizarlo simplemente porque apareció un segundo de silencio, aburrimiento o incertidumbre que sentimos la necesidad inmediata de llenar.
Una investigación publicada por Pew Research Center el 1 de septiembre de 2026 ofrece una fotografía interesante de esa contradicción. El 53% de los adultos estadounidenses reconoce que pasa demasiado tiempo utilizando su smartphone. La percepción aumenta considerablemente entre las generaciones más jóvenes: el 64% de los adultos entre 30 y 49 años considera excesivo su propio uso, mientras que entre quienes tienen entre 18 y 29 años la cifra alcanza el 70%. Entre los adultos de 50 a 64 años baja al 49% y entre los mayores de 65 años al 25%. Lo significativo del estudio no es solamente que una mayoría reconozca el problema, sino quién está haciendo el diagnóstico: no son las compañías tecnológicas, los investigadores ni los medios de comunicación diciéndonos que miramos demasiado una pantalla. Somos nosotros mismos admitiendo que probablemente estamos dedicándole más tiempo del que quisiéramos.
La contradicción se vuelve todavía más evidente cuando intentamos modificar el comportamiento. Según el mismo estudio, el 45% de los adultos estadounidenses intentó reducir durante el último año el tiempo que pasa utilizando su smartphone. Sin embargo, entre quienes hicieron ese esfuerzo, solamente alrededor de una cuarta parte considera que tuvo mucho éxito. Sabemos que queremos reducirlo, intentamos hacerlo y, aun así, nos cuesta. Quizás una de las razones sea que durante años hemos planteado el problema de manera demasiado simple. Nos obsesionamos con contar horas y minutos como si todo tiempo frente a una pantalla tuviera el mismo valor. Para una persona que administra clientes desde WhatsApp, crea contenido, utiliza mapas durante su trabajo, responde correos electrónicos o maneja parte de su negocio desde el teléfono, seis horas de Screen Time no significan necesariamente seis horas desperdiciadas.
La cifra más interesante podría ser otra que ningún contador muestra con tanta claridad: ¿cuántas veces durante el día agarramos el teléfono sin haber decidido conscientemente hacerlo? Hay una diferencia enorme entre pasar veinte minutos respondiendo mensajes de trabajo y pasar veinte minutos saltando automáticamente entre aplicaciones sin recordar qué nos llevó hasta allí. Ambas actividades aparecen como veinte minutos en las estadísticas del dispositivo, pero representan relaciones completamente distintas con la tecnología. Una tiene propósito. La otra puede ser simplemente hábito.
Hemos eliminado los momentos en los que no ocurre nada
Esperar dejó de ser una actividad. Llegamos cinco minutos antes a una cita y sacamos el teléfono. Esperamos un ascensor y revisamos una aplicación. Aparece una pausa durante una conversación y miramos la pantalla. Estamos viendo televisión y, en cuanto la historia pierde nuestra atención durante unos segundos, buscamos otro estímulo en el teléfono. Incluso actividades que durante generaciones marcaron claramente el comienzo y el final del día —despertarse y acostarse— ahora suelen estar acompañadas por una pantalla. No es necesario presentar cada uno de estos comportamientos como una crisis. Lo interesante es observar cómo, casi silenciosamente, el smartphone ocupó los pequeños espacios de nuestra vida en los que antes simplemente no ocurría nada.
Durante buena parte de la historia humana esos espacios eran inevitables. Esperábamos, mirábamos alrededor, pensábamos, observábamos a otras personas o simplemente nos aburríamos. Una fila era una fila. Un trayecto era un trayecto. Esperar a alguien significaba esperar. Hoy disponemos de una máquina capaz de eliminar prácticamente cualquier instante de aburrimiento. Si una publicación no nos interesa, deslizamos el dedo. Si un video tarda demasiado en captar nuestra atención, pasamos al siguiente. Si una conversación digital termina, siempre existe otra esperando. El contenido no se acaba y, por tanto, tampoco aparece necesariamente un momento natural que nos indique que debemos detenernos. Hemos construido una infraestructura extraordinariamente eficiente para conseguir que siempre exista algo más que mirar.
Eso tiene una consecuencia cultural que va mucho más allá de contar minutos de pantalla: estamos empezando a tratar el aburrimiento como un problema tecnológico que necesita solución inmediata. Cualquier momento sin estímulo puede llenarse en segundos, y nuestro cerebro aprende rápidamente esa posibilidad. No necesitamos decidir conscientemente “quiero pasar los próximos veinte minutos viendo videos”. Basta con pensar “voy a mirar un momento”. La diferencia parece insignificante, pero explica buena parte de nuestra relación contemporánea con las pantallas. El tiempo no siempre se pierde mediante una gran decisión; muchas veces desaparece a través de pequeñas decisiones que ni siquiera recordamos haber tomado.
Hay algo más profundo detrás de esa transformación. Los momentos vacíos no eran necesariamente tiempo perdido. También eran espacios donde pensábamos sin una tarea concreta, recordábamos algo pendiente, procesábamos una conversación, observábamos nuestro entorno o simplemente permitíamos que la mente divagara. No necesitamos romantizar el aburrimiento ni pretender que antes del smartphone todos vivíamos en un estado permanente de contemplación. Pero sí vale la pena preguntarnos qué ocurre cuando prácticamente cualquier pausa puede ser reemplazada instantáneamente por contenido creado específicamente para captar nuestra atención.
El cambio puede parecer trivial porque sucede en fragmentos pequeños. Treinta segundos aquí, dos minutos allá, cuatro minutos mientras esperamos el café. Sin embargo, cuando ese comportamiento se repite decenas de veces durante el día termina modificando nuestra expectativa sobre cómo debería sentirse un momento sin actividad. El silencio comienza a parecer incómodo. Esperar parece improductivo. Una conversación que baja momentáneamente de intensidad tiene que competir contra una pantalla que promete estímulos ilimitados. No es que hayamos perdido la capacidad de aburrirnos; es que ahora llevamos permanentemente en el bolsillo la posibilidad de evitarlo.
La industria que compite por un recurso que no podemos fabricar
Tampoco sería serio responsabilizar exclusivamente al usuario. Buena parte de la economía digital funciona alrededor de un recurso extremadamente valioso y absolutamente limitado: nuestra atención. Una plataforma que consigue mantenernos cuarenta minutos tiene más oportunidades de mostrarnos contenido, publicidad, productos y servicios que otra que abandonamos después de cinco. Esto no requiere imaginar una conspiración tecnológica. Es simplemente un incentivo económico. En una industria donde millones de aplicaciones y servicios compiten desde la misma pantalla, conseguir que regresemos y permanezcamos se convierte inevitablemente en una métrica de enorme importancia.
Muchas decisiones de diseño que hoy consideramos normales tienen sentido dentro de esa competencia. Terminamos un video y otro está preparado. Deslizamos y aparece contenido nuevo. Llegamos al final de una publicación y debajo comienza otra. Una notificación introduce un motivo para regresar. El antiguo Internet estaba lleno de puntos finales: terminábamos un artículo, llegábamos al final de una página o acababa un video. Buena parte del Internet moderno funciona de manera diferente. La experiencia puede continuar mientras nosotros estemos dispuestos a continuar con ella.
A esto se suma un elemento profundamente humano: la posibilidad de que algo haya ocurrido mientras no estábamos mirando. Quizás alguien escribió, apareció una noticia, publicaron algo interesante o una persona reaccionó a nuestro contenido. El llamado FOMO, el miedo a perdernos algo, no necesita que realmente haya sucedido algo importante. La posibilidad es suficiente para justificar una nueva revisión de la pantalla. Cada vez que abrimos una aplicación existe una pequeña incertidumbre sobre qué encontraremos, y precisamente esa incertidumbre puede convertir la revisión en algo especialmente atractivo.
Por eso el debate sobre nuestra relación con el smartphone no debería reducirse a una batalla entre fuerza de voluntad y falta de disciplina. Estamos hablando de personas con vulnerabilidades humanas normales utilizando productos extraordinariamente sofisticados dentro de una economía en la que captar y conservar atención puede tener valor comercial. Reconocer ese incentivo no elimina nuestra responsabilidad individual. Seguimos tomando decisiones y seguimos teniendo capacidad para modificar nuestros hábitos. Pero sí permite entender por qué “simplemente úsalo menos” es una solución mucho más sencilla de pronunciar que de aplicar.
También deberíamos reconocer nuestra parte en esa ecuación. Las plataformas pueden diseñar productos capaces de mantener nuestra atención, pero nosotros elegimos cuáles instalamos, qué notificaciones permitimos, dónde colocamos el teléfono y cuándo decidimos interrumpir lo que estamos haciendo para mirarlo. Resultaría cómodo responsabilizar únicamente a Silicon Valley porque nos permitiría presentarnos como víctimas pasivas de una tecnología irresistible. La realidad probablemente sea menos conveniente: existe una industria que compite agresivamente por nuestra atención y existen usuarios que, aun sabiendo que ocurre, continuamos entregándola.
Esa fricción entre responsabilidad empresarial y responsabilidad individual es precisamente donde debería estar la conversación. Podemos exigir mejores controles, mayor transparencia y diseños más responsables mientras simultáneamente revisamos nuestros propios comportamientos. Las dos posiciones no son incompatibles. La pregunta relevante no es quién tiene toda la culpa, sino qué podemos hacer cuando entendemos cómo funciona el sistema.
El costo que Screen Time no puede medir completamente
Existe además un costo que resulta mucho más difícil de observar que las horas acumuladas: la fragmentación de la atención. Una revisión del teléfono puede durar solamente veinte segundos y parecer irrelevante cuando aparece en las estadísticas del día. Sin embargo, esos veinte segundos pueden ocurrir en medio de una conversación, una comida familiar, una película, una lectura, una tarea profesional o cualquier actividad que requiera concentración. El teléfono no necesita ocupar seis horas consecutivas para dominar una parte considerable de nuestra atención; puede hacerlo mediante decenas de pequeñas interrupciones distribuidas durante todo el día.
Algunas investigaciones experimentales incluso han estudiado si la simple presencia física del smartphone puede afectar determinadas tareas relacionadas con la atención. Los resultados deben interpretarse con prudencia y no justifican afirmaciones exageradas como decir que tener un teléfono sobre la mesa automáticamente nos vuelve menos inteligentes. Sin embargo, sí apuntan hacia una cuestión razonable: ignorar un dispositivo que sabemos que puede contener mensajes, noticias, entretenimiento o información relevante también puede exigir recursos de nuestra atención. En otras palabras, el teléfono puede competir por nosotros incluso cuando no lo estamos mirando directamente.
La escena resulta familiar. Dos personas están conversando y uno de los teléfonos se ilumina sobre la mesa. Nadie lo ha tocado todavía, pero algo cambió. Durante una fracción de segundo aparece una decisión: mirar o no mirar. Quizás el mensaje no sea importante. Quizás ni siquiera sea un mensaje, sino una promoción de una aplicación. Sin embargo, el estímulo ya ocurrió. La conversación humana ahora está compitiendo contra la posibilidad de que exista algo más interesante detrás de esa pantalla.
Quizás por eso deberíamos ampliar la manera en que evaluamos nuestra relación con la tecnología. Screen Time puede decirnos cuánto utilizamos una aplicación, pero no puede medir completamente cuántas conversaciones interrumpimos, cuántas ideas abandonamos, cuántas veces cambiamos de tarea o cuántos momentos dejamos de experimentar porque nuestra atención estaba dividida. El verdadero costo de una tecnología que nos acompaña desde que despertamos hasta que dormimos puede no encontrarse únicamente en el número de horas, sino en la cantidad de veces que permitimos que decida dónde colocamos nuestra atención.
Y aquí aparece una pregunta especialmente incómoda: ¿cuándo fue la última vez que estuvimos completamente presentes en una actividad sin comprobar el teléfono? No porque alguien nos obligara a guardarlo. No porque se hubiera quedado sin batería. Simplemente porque decidimos que aquello que estaba ocurriendo frente a nosotros merecía nuestra atención completa. Para algunas personas la respuesta será hace unos minutos. Para otras quizás resulte sorprendentemente difícil recordarlo.
El teléfono también entró en nuestra cama
La relación se vuelve especialmente visible al terminar el día. Pew encontró que el 41% de los adultos estadounidenses considera que el smartphone perjudica la cantidad de sueño que obtiene. Entre las personas de 30 a 49 años la cifra alcanza el 52%, mientras que entre los menores de 30 llega al 62%. Nuevamente, lo revelador es que se trata de una percepción reconocida por los propios usuarios. Sabemos que probablemente deberíamos dormir, sabemos que mañana tenemos responsabilidades y sabemos que ese último video rara vez es realmente el último. Sin embargo, una revisión rápida puede convertirse con enorme facilidad en cuarenta minutos de contenido que al día siguiente apenas recordamos.
El teléfono ocupa además una posición privilegiada en nuestra rutina porque para muchas personas funciona como despertador. Eso significa que el último objeto que vemos antes de dormir suele ser también el primero que vemos al despertar. La transición entre descanso y actividad, que antes podía incluir unos minutos de silencio, puede comenzar ahora con mensajes, titulares, correos electrónicos, publicaciones y problemas que ocurrieron mientras dormíamos. Antes incluso de levantarnos de la cama, el mundo entero tiene la posibilidad de reclamar nuestra atención.
Existe cierta ironía en todo esto. Durante décadas hemos celebrado cada innovación capaz de ahorrarnos tiempo. Compramos en segundos, enviamos documentos instantáneamente, encontramos una dirección sin detenernos a preguntar, resolvemos operaciones bancarias sin visitar una sucursal y accedemos inmediatamente a información que antes habría requerido horas de búsqueda. Hemos construido tecnologías extraordinarias para recuperar tiempo y después hemos desarrollado una economía digital igualmente extraordinaria para competir por ese mismo tiempo.
Quizás por eso deberíamos dejar de hablar solamente de “tiempo de pantalla” y empezar a hablar de calidad de atención. Una hora utilizando el teléfono para resolver algo importante puede mejorar nuestro día; una hora que comenzó con una revisión inconsciente y terminó en una sucesión de contenidos que apenas recordamos puede producir la sensación contraria. El dispositivo es el mismo. La diferencia está en quién decidió cómo utilizarlo.
El smartphone no es el enemigo
Convertir al teléfono en el culpable absoluto sería una conclusión cómoda y equivocada. Pocas personas quieren regresar a un mundo donde necesitábamos una cámara, un GPS, un reproductor de música, mapas impresos, una agenda, una calculadora y una computadora para realizar tareas que ahora resolvemos desde un objeto que cabe en el bolsillo. El smartphone ha democratizado herramientas que hace apenas unas décadas eran costosas, complicadas o directamente inaccesibles. Ha transformado la manera en que trabajamos, aprendemos, viajamos, nos comunicamos y creamos. El objetivo, por tanto, no debería ser utilizarlo lo menos posible, como si reducir una estadística fuera automáticamente una señal de una vida mejor.
También existe un peligro en convertir cualquier uso intensivo del teléfono en una patología. Una persona puede pasar muchas horas frente a una pantalla porque allí trabaja, estudia, crea, se comunica o desarrolla un negocio. Otra puede registrar menos horas pero permitir que el dispositivo interrumpa prácticamente cada actividad que realiza. La cantidad importa, pero el contexto importa también. Por eso la pregunta útil no es simplemente cuánto utilizamos la tecnología, sino qué relación estamos construyendo con ella.
El desafío es recuperar la intención. Que cuando abramos Instagram sea porque decidimos entrar a Instagram. Que cuando revisemos un mensaje exista una razón para hacerlo. Que podamos terminar una conversación sin comprobar inmediatamente qué ocurrió en otra parte. Que cinco minutos esperando una mesa, un ascensor o una persona puedan volver a ser simplemente cinco minutos. Incluso que podamos aburrirnos ocasionalmente sin interpretar ese vacío como una emergencia que requiere una pantalla. Una relación saludable con la tecnología probablemente no se mide por cuánto logramos alejarnos de ella, sino por cuánto control conservamos sobre el momento en que decidimos utilizarla.
Esto tampoco requiere necesariamente grandes gestos. No hace falta abandonar las redes sociales, comprar un teléfono básico ni declarar fines de semana completamente analógicos. A veces introducir una pequeña cantidad de fricción puede ser suficiente para observar nuestro comportamiento con mayor claridad: desactivar notificaciones que no necesitan interrumpirnos, retirar ciertas aplicaciones de la pantalla principal, dejar el teléfono fuera del alcance durante una conversación o simplemente preguntarnos qué íbamos a hacer antes de desbloquearlo. El objetivo no es construir una vida sin tecnología. Es evitar que la tecnología ocupe automáticamente cada espacio disponible de la vida.
¿Quién está tomando realmente la decisión?
Durante años hemos evaluado los smartphones por la velocidad de sus procesadores, la calidad de sus cámaras, el brillo de sus pantallas, la duración de sus baterías y, más recientemente, por las capacidades de inteligencia artificial que incorporan. Seguiremos haciéndolo porque la innovación tecnológica importa. Pero quizás la actualización más importante que necesitamos no llegará en la próxima versión de iOS o Android. Tendremos que desarrollarla nosotros: aprender a convivir con dispositivos capaces de ofrecernos prácticamente todo sin permitir que terminen reclamando nuestra atención en todo momento.
La próxima vez que saquemos el teléfono del bolsillo podríamos esperar apenas dos segundos antes de desbloquearlo y hacernos una pregunta extraordinariamente sencilla: “¿Para qué lo agarré?”. Si existe una respuesta, perfecto. Utilicemos una de las herramientas más poderosas y versátiles que hemos creado. Pero si no podemos responder, quizás valga la pena volver a guardarlo. Ese pequeño instante de conciencia puede parecer insignificante frente a una industria construida alrededor de captar nuestra atención, pero devuelve algo fundamental al usuario: la decisión.
Porque el verdadero problema nunca será que nuestros teléfonos se vuelvan demasiado inteligentes. El problema será que nosotros dejemos de prestar atención a la relación que estamos construyendo con ellos. Una tecnología creada para conectarnos puede también interrumpirnos; una herramienta diseñada para ahorrar tiempo puede consumirlo; un dispositivo que nos permite acceder al mundo entero puede conseguir que dejemos de mirar lo que tenemos enfrente. Todas esas contradicciones pueden coexistir porque la tecnología rara vez es simplemente buena o mala. Su impacto también depende de los hábitos que construimos alrededor de ella.
Hay además una paradoja que merece nuestra atención. Cada nueva generación de teléfonos promete hacer más cosas por nosotros y hacerlo en menos tiempo. Procesadores más rápidos, asistentes más inteligentes, cámaras capaces de automatizar procesos complejos, sistemas que resumen información y aplicaciones que reducen tareas que antes necesitaban varios pasos. En teoría, deberíamos disponer de más tiempo. Pero si cada minuto recuperado termina ocupado inmediatamente por otro contenido, otra notificación o una nueva razón para mirar la pantalla, quizá estemos confundiendo eficiencia tecnológica con libertad personal. Ahorrar tiempo solamente tiene sentido si después conservamos la capacidad de decidir qué hacer con él.
Tal vez por eso la pregunta más importante no sea cuántas horas apareció esta semana en nuestro Screen Time. La pregunta es mucho más incómoda: ¿cuántos momentos de nuestra vida entregamos a una pantalla sin haber decidido realmente hacerlo? ¿Cuántas conversaciones recibieron solamente una parte de nuestra atención? ¿Cuántas veces buscamos el teléfono porque necesitábamos algo y cuántas porque durante unos segundos no estaba ocurriendo absolutamente nada?
El teléfono seguirá ahí mañana. Habrá otro mensaje, otro Reel, otra noticia, otra notificación y otra razón para desbloquearlo. La industria tecnológica seguirá creando dispositivos mejores y las plataformas seguirán compitiendo por nuestro tiempo. Nada de eso desaparecerá porque decidamos mirar menos una pantalla. La responsabilidad más difícil seguirá siendo nuestra: decidir qué merece nuestra atención y qué no.
Porque la atención tiene una característica que la diferencia de casi todo lo demás que compramos mediante la tecnología: no podemos recuperarla después de haberla gastado. Podemos reemplazar un teléfono, ampliar almacenamiento, comprar otra batería o descargar una aplicación nueva. No podemos descargar otra tarde con nuestros hijos, repetir exactamente una conversación que apenas escuchamos ni comprar nuevamente una hora que entregamos sin darnos cuenta.
Quizás por eso deberíamos dejar de tratar nuestra atención como si fuera un recurso infinito.
Las empresas tecnológicas ya saben cuánto vale.
La pregunta es si nosotros también.
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Andrés Utrera
Andrés Utrera escribe sobre tecnología, inteligencia artificial y cultura digital. Es conductor de Mente Digital en El Sol Network TV.

