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La Plaga de la Estupidez

Puerto Rico no está enferma de corrupción. Está enferma de estupidez inducida. La corrupción es apenas el síntoma; la causa raíz es un pueblo que perdió —o nunca desarrolló— la capacidad de leer con profundidad, analizar con rigor y pensar por sí mismo. Y un pueblo que no piensa, no puede exigir. Un pueblo que no puede exigir, se conforma. Y un pueblo que se conforma es el sueño húmedo de cualquier clase política que vive de la ignorancia ajena.

Llamémoslo por su nombre: Puerto Rico atraviesa una ola de estupidez colectiva, y esa ola tiene un origen identificable —el modelo de escuela pública que hemos tolerado por generaciones— y un mecanismo de propagación —un gobierno que gobierna mejor cuando el ciudadano entiende menos.

El analfabetismo que no se ve en las estadísticas oficiales

No hablamos solo de quien no sabe leer las letras. Hablamos de analfabetismo funcional: miles de egresados de escuela superior, y hasta de universidad, que pueden decodificar palabras pero no pueden interpretar un contrato, cuestionar una noticia, seguir un argumento con más de dos pasos lógicos, o distinguir un dato de una opinión disfrazada de dato. Esa es la verdadera emergencia, y nadie la declara porque declararla obligaría a admitir que el sistema educativo no está fallando por accidente: está fallando por diseño.

Un electorado que no comprende lo que lee es un electorado que vota por eslóganes, no por planes de gobierno. Es un electorado al que se le puede vender la misma promesa incumplida cuatro veces seguidas porque nadie recuerda —ni analiza— lo que pasó la vez anterior. Esa amnesia colectiva no es casualidad ni “cultura política”; es la consecuencia directa y medible de un sistema escolar que promueve estudiantes de grado sin que dominen la lectura, la comprensión ni la escritura.

El gobierno como principal beneficiario de la ignorancia

Aquí está la parte que más incomoda decir, pero que hay que decir: al gobierno le conviene un ciudadano que no lea bien. Le conviene porque un ciudadano que no puede analizar un presupuesto no puede detectar el malversado. Un ciudadano que no puede leer una ley no puede identificar cuándo lo están saqueando por la puerta de atrás. Un ciudadano que no distingue una fuente confiable de un rumor de WhatsApp no puede resistir la desinformación que decide elecciones.

Las agencias públicas no son inmunes a esta plaga; son, de hecho, su vitrina más visible. Procesos que no se explican, formularios que nadie entiende, funcionarios que citan reglamentos que ellos mismos no han leído completos, comités que se forman para simular acción sin producir resultados. Esa incompetencia administrativa no es un problema de recursos: es el reflejo institucional de una sociedad que dejó de exigir comprensión profunda como estándar mínimo, empezando por sus propias escuelas.

El origen: una escuela que enseña a pasar de grado, no a pensar

El modelo de escuela pública puertorriqueña, tal como opera hoy, no está diseñado para producir pensadores críticos. Está diseñado para producir estadísticas de graduación. La promoción social —

pasar de grado sin dominar la lectura y la comprensión— es la fábrica silenciosa de esta epidemia. Cada estudiante que avanza sin saber leer con profundidad es un futuro ciudadano, empleado público o incluso funcionario electo que llegará a la vida adulta sin las herramientas para cuestionar nada, incluyendo a quienes lo gobiernan.

Esto no es un accidente de recursos limitados. Es la consecuencia de décadas de decisiones administrativas y políticas que priorizaron el número de graduados sobre la calidad del aprendizaje, y que nunca declararon una emergencia porque una emergencia real habría exigido rendición de cuentas.

El antídoto existe, y es sencillo: leer y comprender

No hace falta inventar una solución exótica. El antídoto contra la estupidez masiva que arropa la Isla ya existe, tiene siglos de comprobación, y se llama lectura profunda y comprensión lectora real. No lectura mecánica. No lectura de examen estandarizado. Lectura que enseña a preguntar “¿por qué?”, a identificar el argumento detrás del dato, a reconocer cuándo alguien intenta manipular con palabras bonitas y cifras vacías.

Puerto Rico necesita, sin más demora:

Prohibir el ascenso de grado sin dominio comprobado de lectura y comprensión, desde los primeros años escolares, sin excepciones políticas ni administrativas.

Reducir la matrícula por salón a un máximo manejable, para que la enseñanza de la comprensión lectora sea individualizada y no una ficción de currículo.

Medir con estándares internacionales serios, no con pruebas locales diseñadas para no exponer el fracaso.

Redirigir fondos de burocracia y talleres decorativos hacia la formación real de maestros, quienes son, en última instancia, la primera línea de defensa contra la ignorancia.

Exigir alfabetización mediática y pensamiento crítico como materia obligatoria, para que ningún ciudadano vuelva a ser presa fácil de la desinformación ni de la retórica vacía de sus propios gobernantes.

La lectura profunda no es un lujo cultural ni un adorno curricular. Es una vacuna cívica. Un pueblo que lee con profundidad no se traga cualquier promesa de campaña, no firma cualquier contrato sin entenderlo, no permite que un funcionario le explique una ley a medias, y no tolera que su gobierno lo trate como un menor de edad permanente.

La estupidez no es destino, es política pública

Puerto Rico no es un pueblo estúpido. Es un pueblo sistemáticamente privado de las herramientas para no serlo. Esa distinción importa, porque significa que la solución está a nuestro alcance: no requiere un milagro, requiere voluntad política para transformar la escuela pública en lo que nunca debió dejar de ser —el lugar donde se forma un ciudadano capaz de pensar, cuestionar y exigir.

Mientras no lo hagamos, seguiremos gobernados por quienes se benefician de nuestra confusión. La estupidez masiva que hoy arropa la Isla y sus agencias no cayó del cielo: se cultivó, aula por aula, promoción por promoción. Y solo se cura de la misma manera: aula por aula, lectura por lectura, generación por generación, empezando hoy.

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