Cuando cada agencia toca su propio número y el pueblo paga la entrada
Imagínese sentarse en el Gran Teatro Tapia un viernes de gala. Las luces bajan. El director levanta la batuta. Y entonces —en lugar de Beethoven— cada músico rompe a tocar lo que le da la gana. El trombón interpreta un aguinaldo de Navidad. El violín ejecuta reggaetón. La flauta ensaya escalas que nadie le pidió. El resultado no es música: es ruido institucionalizado. Eso, con toda precisión, es el gobierno central de Puerto Rico en el año 2026.
Cada agencia del Estado Libre Asociado opera como si fuera una entidad soberana de sí misma, desconectada del propósito que justifica su existencia: servir al ciudadano. El Departamento de Educación y la Autoridad de Alianzas Público-Privadas no se comunican. La Oficina de Gerencia y Presupuesto firma acuerdos que la Legislatura no supervisó. La Autoridad de Energía Eléctrica lleva décadas tocando una sinfonía de excusas mientras el apagón sigue. Y mientras tanto, el ciudadano de a pie —ese que paga, que espera, que confía— sigue de pie en el pasillo, sin butaca, oyendo el caos desde afuera.
“El propósito declarado del gobierno es servir al pueblo. El propósito real, comprobado por sus actos, es servirse a sí mismo.”
El negocio del poder
No es un secreto ni una teoría conspirativa. Es aritmética pública. Contratos otorgados sin licitación a empresas con vínculos políticos conocidos. Plazas creadas para acomodar a incondicionales del partido de turno, plazas que duplican funciones que ya existían o que no hacen falta en la era digital. Leyes aprobadas al filo de la medianoche —por escargue, como dice el pueblo— sin debate, sin audiencia, sin vergüenza. El andamiaje no es accidental: es arquitectura del beneficio propio, construida ladrillo a ladrillo durante décadas de bipartidismo cómplice.
Los acuerdos se hacen entre quienes saben. Los puestos se crean para quienes obedecen. Las leyes se pasan para quienes financian. Y cuando alguien pregunta, aparece el memorando, la comisión de investigación, el informe que nadie lee, la conferencia de prensa donde el secretario de turno promete transparencia con el mismo vocabulario que usó su predecesor. La pantomima cambia de elenco cada cuatro años. El guión es el mismo desde 1952.
La ecuación del control
Aquí es donde la orquesta desafinada cumple su función más oscura. Porque un pueblo ignorante no pregunta. Un pueblo que memoriza sin comprender no cuestiona. Un sistema educativo que sigue operando con la lógica del siglo XVIII —copiar en la pizarra, memorizar para el examen, olvidar al día siguiente— no produce ciudadanos: produce súbditos funcionales. Y los súbditos funcionales son el insumo perfecto para el gobierno que describe este artículo.
Mientras el mundo entero transforma sus sistemas educativos hacia el pensamiento crítico, la resolución de problemas complejos, la comprensión lectora profunda y la inteligencia artificial aplicada, Puerto Rico sigue atrapado en un modelo pedagógico que rinde tributo a la memorización estéril. Los estudiantes aprenden a pasar pruebas. No aprenden a vivir, a cuestionar, a producir, a gobernar. Y en ese vacío prospera el político que necesita que nadie sepa demasiado.
“Mientras menos se eduquen, menos se rebelan. Esa no es una consecuencia del sistema: es su diseño más refinado.”
La única salida que no venden en las urnas
La solución no está en el partido que sube ni en el que baja. Está en las aulas. Está en el maestro que decide enseñar a sus estudiantes a dudar con evidencia, a leer entre líneas, a conectar lo que aprenden con el mundo que habitan. Está en el padre o la madre que exige que la escuela prepare a su hijo para el siglo XXI, no para un mundo que ya no existe. Está en el estudiante que un día llega al salón de clases y pregunta: “¿Por qué?”. Esa pregunta es la más subversiva que existe. Y es también la más necesaria.
La educación que Puerto Rico necesita no es la que dispensa información: es la que enseña a transformarla. No la que produce respuestas correctas para exámenes irrelevantes, sino la que forma ciudadanos capaces de evaluar un presupuesto gubernamental, de identificar un conflicto de intereses, de exigir rendición de cuentas a quienes los representan. La comprensión de lectura —real, crítica, aplicada— es el instrumento más democrático que existe. Y es precisamente el instrumento que el sistema ha tenido menos interés en afinar.
La gran orquesta desafinada seguirá tocando mientras el auditorio permanezca vacío de ciudadanos informados. El día que el pueblo entre, tome su asiento, conozca la partitura y exija que se toque bien —ese día la música cambiará. Hasta entonces, el ruido continúa. Y los que se benefician de él seguirán reclamando que es una sinfonía.
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