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La educación no educa: Puerto Rico y la escuela convertida en centro de cuido

En Puerto Rico, la educación pública parece haber perdido su propósito fundamental. La escuela ya no se concibe principalmente como el espacio donde se forman ciudadanos críticos, solidarios, creativos y preparados para transformar su realidad. Cada vez más, se le exige funcionar como un centro de cuido, mientras el éxito del estudiante se reduce a tres indicadores: que asista, que permanezca dentro del plantel y que obtenga una nota aprobatoria.

El problema no es solamente que algunos estudiantes obtengan bajas calificaciones. El problema es que el sistema entero parece estar diseñado para producir asistencia, notas, informes, estadísticas y cumplimiento administrativo, aunque esos resultados no siempre representen aprendizaje real. Se confunde asistir con participar, aprobar con aprender y completar tareas con desarrollar pensamiento crítico.

Puerto Rico no necesita únicamente una escuela que mantenga a los estudiantes dentro de un edificio. Necesita una escuela que les enseñe a comprender, crear, cuestionar y servir.

La nota como objetivo final

Durante años, el sistema educativo puertorriqueño ha colocado la calificación en el centro de la experiencia escolar. El estudiante aprende que su valor depende de una letra o un número; la familia mide el éxito por el promedio; la escuela es evaluada por resultados; y el maestro termina presionado para demostrar progreso mediante formularios, rúbricas y pruebas.

La pregunta principal dejó de ser:

“¿Qué aprendió realmente el estudiante?”

En su lugar, predominan otras preguntas:

Esta obsesión con la medición puede crear una apariencia de eficiencia, pero no necesariamente produce educación. Un estudiante puede memorizar una respuesta para un examen y olvidarla al día siguiente. Puede obtener una buena calificación sin saber expresarse con claridad, resolver un problema práctico, analizar una noticia, trabajar en equipo o tomar decisiones responsables.

La nota debería ser una herramienta para conocer el progreso. En Puerto Rico, con demasiada frecuencia, se ha convertido en el propósito de la enseñanza.

La asistencia por encima del aprendizaje

En el sistema educativo puertorriqueño, muchas veces parece ser más importante que el estudiante asista a la escuela que lo que realmente aprende en ella. La presencia física se convierte en el indicador principal de éxito: que el estudiante llegue, permanezca en el plantel y aparezca registrado en la lista.

Pero asistir no significa necesariamente aprender.

Un estudiante puede estar presente en el salón y permanecer desconectado, confundido o desmotivado. Puede copiar una asignación, completar una tarea mecánica y obtener una calificación aprobatoria sin comprender el contenido. Aun así, el sistema registra su asistencia y presenta ese dato como evidencia de que la escuela está cumpliendo su función.

La asistencia es necesaria, pero no suficiente. El verdadero objetivo debe ser que el estudiante participe, comprenda, pregunte, analice y pueda aplicar lo aprendido. Cuando la asistencia se convierte en una meta superior al aprendizaje, la escuela deja de preguntarse si está educando y comienza a conformarse con mantener al estudiante dentro del edificio.

La pregunta no debe ser únicamente:

“¿Cuántos estudiantes asistieron hoy?”

También debe preguntarse:

“¿Qué aprendieron?”, “¿qué lograron comprender?” y “¿cómo podrán utilizar ese conocimiento en su vida?”

Un sistema que celebra la asistencia, pero tolera el aprendizaje superficial, confunde permanencia con progreso. Se contabilizan los cuerpos presentes, pero no se mide con igual seriedad la calidad de las experiencias educativas.

Una escuela que cuida, pero no transforma

La escuela pública cumple una función social indispensable. Atiende a niños y jóvenes mientras sus familias trabajan, ofrece alimentos, identifica necesidades de salud y brinda apoyo emocional. Nadie debe menospreciar esa labor. Sin embargo, cuando las responsabilidades de cuido, vigilancia, alimentación, documentación y cumplimiento ocupan el espacio que debería dedicarse a enseñar, el sistema comienza a desviarse de su misión.

El maestro se convierte simultáneamente en docente, trabajador social, enfermero, mediador, orientador, secretario, cuidador y agente disciplinario. En muchas ocasiones, debe resolver problemas familiares, emocionales y económicos sin contar con los recursos necesarios. Luego se le responsabiliza por el bajo rendimiento académico de estudiantes que llegan al salón cargando hambre, ansiedad, violencia, abandono, pobreza o falta de apoyo en el hogar.

No se puede educar adecuadamente cuando la escuela solo intenta sobrevivir cada día.

La educación requiere tiempo para conversar, investigar, experimentar, equivocarse y volver a intentar. Requiere bibliotecas, laboratorios, arte, música, deportes, tecnología y maestros con estabilidad emocional y profesional. Cuando todo se reduce a controlar grupos, registrar asistencia y preparar pruebas, el estudiante deja de ser una persona en formación y se convierte en un número dentro de una estadística.

Un sistema que confunde administración con educación

El fracaso del sistema educativo puertorriqueño no se debe únicamente a los maestros. Muchos docentes continúan trabajando con vocación a pesar de los bajos salarios, la falta de materiales, las deficiencias de infraestructura, el exceso de tareas administrativas y la escasez de personal especializado. La Asociación de Maestros ha advertido sobre la dificultad de atraer y retener educadores debido a la desvalorización de la profesión, los bajos salarios y la pérdida de beneficios.

Además, un análisis sobre la educación bilingüe en Puerto Rico señala la falta de maestros cualificados, la insuficiencia de materiales, la ausencia de programas adecuados de sustitutos y las deficiencias de tecnología e infraestructura. Estas condiciones no son detalles secundarios: afectan directamente la continuidad del aprendizaje.

El sistema fracasa cuando dedica más energía a demostrar que está funcionando que a corregir aquello que no funciona. Se producen planes estratégicos, informes mensuales y proyectos de reforma, pero el estudiante continúa enfrentando salones con recursos limitados, cursos sin maestro, edificios deteriorados y programas que cambian con cada administración.

Un sistema educativo serio no puede depender únicamente de planes escritos. Tiene que garantizar que cada escuela tenga:

Millones para controlar la asistencia, pero no para contratar maestros

La contradicción del sistema educativo puertorriqueño se vuelve evidente cuando se observan sus prioridades presupuestarias. Se habla constantemente de la importancia de la asistencia, pero en lugar de invertir primero en más maestros y reducir el tamaño de los grupos, se destinan millones de dólares a plataformas, sistemas electrónicos, vigilancia, telecomunicaciones y mecanismos para registrar y controlar la presencia de estudiantes y empleados.

En 2026 trascendió un contrato de telecomunicaciones relacionado con el Departamento de Educación cuyo valor máximo rondaba los 85.5 millones de dólares. También se han señalado contratos de tecnología y sistemas de información que, en conjunto, superan los 170 millones de dólares.

La tecnología puede ser útil cuando facilita la enseñanza, mejora la comunicación o brinda acceso a recursos educativos. Sin embargo, resulta preocupante que el sistema parezca dispuesto a pagar contratos millonarios para registrar asistencia electrónica, monitorear procesos y administrar datos, mientras miles de estudiantes continúan sentados en salones sobrecargados.

La pregunta es inevitable:

¿Qué debe ser prioridad: comprar sistemas para demostrar que los estudiantes asistieron o contratar más maestros para garantizar que realmente aprendan?

Quince estudiantes, no treinta

Un grupo de treinta estudiantes no ofrece las mismas condiciones de aprendizaje que un grupo de quince. La diferencia no es solamente numérica. En un salón más pequeño, el maestro puede conocer mejor a cada estudiante, identificar sus dificultades, ofrecer retroalimentación individual y adaptar la enseñanza a distintos niveles de comprensión.

Con treinta estudiantes, especialmente cuando existen necesidades educativas especiales, problemas emocionales, diferencias académicas y limitaciones de recursos, el maestro dedica gran parte del tiempo a controlar el grupo. Con quince, puede dedicar más tiempo a enseñar.

Reducir las clases de treinta a quince estudiantes significaría:

Un grupo pequeño no garantiza automáticamente una buena educación, pero crea mejores condiciones para que ocurra. Para lograrlo, Puerto Rico tendría que contratar más docentes, habilitar salones y reorganizar sus prioridades presupuestarias.

Sin embargo, el sistema parece encontrar con mayor facilidad millones para contratos tecnológicos y administrativos que recursos para aumentar la cantidad de maestros en las escuelas.

La asistencia electrónica no sustituye al maestro

Registrar la asistencia mediante una plataforma electrónica puede producir datos, pero no produce comprensión. Un sistema puede confirmar que un estudiante entró al plantel a las 7:30 de la mañana, pero no puede garantizar que entendió la clase, que recibió ayuda o que salió con un conocimiento nuevo.

La asistencia electrónica responde a una pregunta administrativa:

“¿Quién estuvo presente?”

La educación exige responder preguntas mucho más importantes:

“¿Quién aprendió?”, “¿qué aprendió?”, “¿quién necesita apoyo?” y “¿qué debe cambiar el maestro o la escuela para que todos progresen?”

En 2026, maestros también objetaron tener que utilizar sus teléfonos celulares personales y una aplicación de autenticación para registrar asistencia, notas y otros procesos administrativos. Esto demuestra hasta qué punto el sistema puede colocar el control burocrático por encima de las condiciones reales de la enseñanza.

No es razonable exigirle al maestro que use su equipo personal para cumplir con procesos administrativos mientras enfrenta grupos numerosos, falta de materiales y escasez de personal. La tecnología debe servir al educador, no convertirlo en empleado de una plataforma.

El estudiante como producto estadístico

La lógica dominante trata al estudiante como si fuera un producto que debe pasar por una línea de producción. Entra al sistema en el kínder, avanza de grado en grado y finalmente sale con un diploma. Si obtiene buenas notas, se presenta como evidencia de éxito. Si asiste regularmente, también se presenta como señal de funcionamiento. Si permanece matriculado, se suma a las estadísticas de retención. Si fracasa, se culpa al estudiante, a la familia o al maestro.

Pero una escuela no fabrica diplomas. Forma seres humanos.

El joven puertorriqueño necesita aprender a leer y escribir, pero también necesita comprender su historia, conocer sus derechos, manejar sus emociones, cuidar su salud, interpretar información, identificar la manipulación política y económica, y participar en la solución de los problemas de su comunidad.

¿De qué sirve una buena nota si el estudiante no puede comprender un contrato, analizar una factura, distinguir una noticia falsa o defender sus derechos laborales? ¿Qué significa asistir todos los días si al finalizar el año no puede explicar lo que estudió ni relacionarlo con su realidad?

¿De qué sirve graduarse si no se ha desarrollado la curiosidad, la responsabilidad y la capacidad de aprender de manera independiente?

La educación debe preparar para la vida, no únicamente para aprobar el próximo examen ni para completar un registro de asistencia.

Puerto Rico: un fracaso institucional

Hablar de un sistema fracasado no significa afirmar que todos los maestros fracasan ni que todos los estudiantes carecen de capacidad. Significa reconocer que las instituciones no han creado las condiciones necesarias para que el aprendizaje sea consistente, profundo y equitativo.

Puerto Rico enfrenta una crisis fiscal prolongada, migración de profesionales, desigualdad social, deterioro de planteles, cambios constantes de política pública y dependencia de fondos temporeros. En 2026, la Asociación de Maestros alertó sobre el posible impacto de una reducción de 1.2 mil millones de dólares en el presupuesto consolidado de Educación, precisamente cuando el sistema aún depende de recursos federales no recurrentes.

La crisis también se refleja en los resultados académicos. Aunque se han reportado avances recientes en las pruebas CRECE —con un aumento de la proficiencia general de 35% en 2024 a 45% en 2025, según un análisis de ABRE PR—, una mejoría estadística no elimina los problemas estructurales del sistema. El progreso debe celebrarse, pero también examinarse con honestidad: ¿qué están aprendiendo los estudiantes?, ¿en qué escuelas se concentra la mejoría?, ¿quiénes permanecen rezagados?, ¿qué ocurre después de la prueba?

Un sistema no deja de estar en crisis porque una cifra mejore durante un año. La verdadera transformación se observa cuando el aprendizaje se sostiene, cuando se reducen las brechas y cuando las escuelas logran responder a las necesidades concretas de sus comunidades.

El maestro también es víctima

Resulta conveniente culpar al maestro porque es la figura más visible en el salón. Sin embargo, muchos educadores trabajan dentro de un sistema que les exige resultados sin ofrecerles condiciones mínimas. El docente recibe estudiantes con niveles académicos muy distintos, atiende necesidades emocionales complejas, completa documentación interminable y, en ocasiones, cubre la ausencia de otros compañeros.

Cuando falta un maestro, no siempre existe un programa formal de sustitutos que garantice la continuidad de la enseñanza. En esas circunstancias, otros docentes deben asumir cursos adicionales o los estudiantes permanecen sin una experiencia educativa estable.

El maestro no puede ser la solución individual de un problema institucional. Tampoco puede cargar con la responsabilidad de reparar una sociedad marcada por la pobreza, la violencia, la falta de servicios y la incertidumbre económica.

Defender al maestro no significa justificar la negligencia profesional. Significa exigir evaluación, capacitación y responsabilidad, pero dentro de un sistema que también sea responsable de proveer recursos, dirección y apoyo.

Una escuela llena no es una escuela exitosa

La escuela puede estar llena y, aun así, fracasar. Puede registrar altos niveles de asistencia y producir poco aprendizaje. Puede tener computadoras, aplicaciones, cámaras y sistemas digitales, pero carecer de conversaciones significativas, seguimiento individual y enseñanza de calidad.

La presencia física no debe confundirse con progreso académico. Un estudiante puede asistir todos los días y continuar sin dominar la lectura, la escritura o las matemáticas. También puede obtener una nota aprobatoria y llegar al próximo grado con grandes lagunas de aprendizaje.

Si el sistema desea reducir el ausentismo, debe investigar sus causas. Muchos estudiantes faltan porque enfrentan problemas de transportación, enfermedades, responsabilidades familiares, ansiedad, violencia, pobreza o falta de motivación. Una plataforma puede registrar la ausencia, pero no resolver el problema que la provoca.

Para aumentar la asistencia de manera verdadera, hacen falta consejeros, trabajadores sociales, psicólogos, transporte confiable, escuelas seguras y maestros capaces de ofrecer experiencias educativas relevantes. El control electrónico puede identificar una ausencia; el personal escolar puede ayudar a evitar que se convierta en abandono.

La inversión correcta es humana

Puerto Rico necesita una transformación educativa centrada en las personas. Antes de invertir en nuevos mecanismos de vigilancia y control, debe garantizar:

Cada dólar destinado a Educación debe evaluarse según su impacto en el aprendizaje. No toda inversión tecnológica es innecesaria, pero cada contrato debe contestar claramente tres preguntas:

  1. ¿Cómo mejora directamente la enseñanza?
  2. ¿Cuántos estudiantes se benefician?
  3. ¿Qué resultado educativo concreto se espera obtener?

Si un contrato solo permite registrar asistencia con mayor rapidez, pero no reduce el tamaño de los grupos, no aumenta el tiempo de enseñanza ni ofrece apoyo académico, su prioridad debe ser cuestionada.

No se trata de oponerse a la tecnología. Se trata de establecer prioridades. Una plataforma electrónica no puede escuchar las dudas de un niño, explicar una división larga, detectar que una estudiante está deprimida ni inspirar a un joven a continuar estudiando. Un maestro sí puede hacerlo.

Por eso resulta absurdo que el sistema considere indispensable invertir millones en mecanismos para demostrar que los estudiantes están presentes, pero no parezca igualmente dispuesto a garantizar que haya suficientes maestros para atenderlos.

Educar es mucho más que custodiar

Una escuela digna debe ser un lugar de conocimiento, pero también de dignidad. Allí el estudiante debe sentirse capaz de pensar, preguntar y construir. La disciplina no puede reducirse al silencio; el aprendizaje no puede reducirse a obediencia; la asistencia no puede reducirse a estar físicamente presente; y la evaluación no puede reducirse a una nota.

Educar implica:

Puerto Rico necesita una escuela que enseñe a comprender el país, no una escuela que simplemente administre su crisis. Necesita jóvenes capaces de preguntarse por qué emigran tantos profesionales, por qué se deterioran las instituciones, por qué persiste la desigualdad y qué alternativas pueden construirse.

Recuperar el sentido de educar

La educación puertorriqueña no se salvará cambiando el nombre de las pruebas, diseñando otra plataforma digital o imponiendo nuevas tablas de evaluación. Tampoco se salvará obligando a los maestros a llenar más documentos, registrar más asistencia o presionar a las escuelas para maquillar sus estadísticas.

La recuperación debe comenzar con una pregunta sencilla:

“¿Qué tipo de ser humano y de ciudadano queremos formar?”

A partir de esa pregunta deben organizarse el currículo, la evaluación, la preparación docente, el presupuesto y las políticas públicas. La asistencia debe ser un medio para aprender, no el objetivo final. La nota debe volver a ocupar su lugar: ser una señal del proceso, no el destino final. La tecnología debe estar al servicio de la enseñanza y no convertirse en una prioridad superior a la contratación de maestros.

Puerto Rico no necesita una escuela que mantenga a los niños ocupados hasta la hora de salida. Necesita una escuela que les enseñe a comprender, crear, cuestionar y servir. No necesita un sistema que produzca diplomas, registre asistencias y publique estadísticas mientras reproduce las mismas desigualdades. Necesita una educación capaz de transformar la vida del estudiante y, con ello, transformar el país.

Mientras la escuela sea tratada como un centro de cuido, la asistencia sea más importante que el aprendizaje, las notas definan el éxito y se prefieran contratos millonarios de control electrónico antes que contratar más maestros y reducir los grupos de treinta a quince estudiantes, el sistema continuará aparentando funcionamiento mientras fracasa en su misión principal.

Educar no es custodiar. Educar no es pasar lista. Educar no es llenar formularios. Educar no es perseguir una calificación.

Educar es formar personas libres, conscientes y capaces de construir un Puerto Rico distinto.

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