
Santo Domingo, R. D.-No confundir la Globalización (como fenómeno de intercambio y cooperación entre Estados soberanos) con el Globalismo, entendido como una pretensión política de diluir la soberanía, las fronteras y las particularidades nacionales en estructuras supranacionales cada vez más amplias, es lo que trataré de dilucidar.
Esta colaboración reflexiva podría titularla también: “Globalización sí; Globalismo no.” O en su defecto: “Cooperar sin dejar de ser República”.
Veamos:
Hay conceptos que, de tanto reiterarse simultáneamente, terminan pareciendo sinónimos. Globalización y Globalismo son uno de esos casos.
La Globalización es, en esencia, un proceso mediante el cual las Naciones intercambian bienes, servicios, capitales, conocimientos, tecnología, cultura y experiencias.
Una República puede comerciar con el mundo, atraer inversiones, participar en organismos internacionales, celebrar tratados y cooperar con otros Estados sin renunciar por ello a su identidad, a sus leyes ni a su soberanía.
El Globalismo, en cambio, es una concepción política que tiende a colocar la gobernanza internacional por encima de la soberanía nacional y a considerar las fronteras, las identidades nacionales y las particularidades históricas como obstáculos que deben ser progresivamente superados.
Por tanto, una cosa es un mundo donde las Naciones cooperan; otra muy distinta es pretender un mundo donde las Naciones dejen de existir para darle paso a un mundo global.
Desde la perspectiva de la Doctrina de la Libertad, el Orden y la República, esta distinción es política, jurídica y cívica.
La libertad necesita una comunidad política. La libertad no existe en el vacío. Para que exista libertad política debe existir una comunidad organizada jurídicamente, con ciudadanos, instituciones, territorio, leyes y autoridad legítima. Eso es, precisamente, la República.
La soberanía no significa aislamiento. Significa que las decisiones fundamentales de una Nación deben emanar de sus ciudadanos y de sus instituciones constitucionales, no de una burocracia supranacional que pretenda sustituir el juicio político de los pueblos.
Una República libre puede cooperar con todas las Naciones del mundo. Pero debe conservar el derecho de decidir con quién coopera, bajo qué condiciones y dentro de qué límites constitucionales.
Cooperar no significa diluirse. La Doctrina de la Libertad, el Orden y la República no propone cerrar las puertas al mundo. Todo lo contrario.
Propone una República fuerte que debe comerciar, invertir, intercambiar conocimientos, recibir tecnología, desarrollar alianzas estratégicas y participar activamente en la comunidad internacional.
Pero una cosa es abrir las puertas y otra es derribar las paredes. La primera es apertura. La segunda puede convertirse en disolución.
La cooperación internacional es legítima cuando se construye entre Estados soberanos que, conservando su personalidad jurídica y política, acuerdan determinadas reglas para alcanzar objetivos comunes.
(Hilo 2 🧶)
El problema comienza cuando la cooperación deja de ser un instrumento al servicio de las Naciones y empieza a convertirse en un mecanismo para redefinir desde fuera lo que las Naciones deben ser.
Las fronteras no son una enfermedad. En determinados discursos contemporáneos parece existir una especie de complejo moral frente a la palabra frontera, como si tener fronteras fuera sinónimo de atraso, xenofobia o aislamiento.
La frontera es uno de los elementos constitutivos del Estado moderno. Delimita el territorio sobre el cual una comunidad política ejerce su soberanía y dentro del cual el Estado garantiza el orden jurídico.
Una frontera segura no impide la cooperación, la hace posible. Sin fronteras no existe una responsabilidad territorial claramente definida; y sin responsabilidad, la autoridad política termina diluyéndose.
La República Dominicana, como cualquier Estado soberano, tiene derecho a determinar quién entra a su territorio, bajo qué condiciones permanece, quién adquiere su nacionalidad y cuáles son las reglas de convivencia dentro de sus fronteras.
Eso no es una negación de los derechos humanos. Es el ejercicio elemental de la soberanía republicana.
El globalismo, en cambio, pretende la sustitución de esa política. Una de sus características es la tendencia a trasladar determinadas decisiones desde el ámbito democrático nacional hacia organismos, foros y estructuras internacionales que carecen de legitimidad democrática.
Me permito aclarar que no todo organismo internacional es globalista. No todo tratado internacional es una amenaza a la soberanía. No toda cooperación multilateral es negativa.
El problema aparece cuando el multilateralismo deja de ser un mecanismo de coordinación entre Estados y comienza a convertirse en una filosofía de gobierno por encima de los Estados.
Cuando eso sucede, el ciudadano corre el riesgo de quedar cada vez más distante del lugar donde se toman las decisiones que afectan su vida.
La democracia se construye sobre la responsabilidad política. Esto es: ¿Quién decidió ¿Quién votó? ¿Quién responde ante el ciudadano? ¿Quién puede ser removido por el pueblo?
Estas preguntas siguen siendo esenciales. Porque una decisión puede ser técnicamente sofisticada y, sin embargo, carecer de la necesaria legitimidad democrática.
Si admitimos, como ciertamente lo hacemos que la identidad nacional es un patrimonio. En cambio, el globalismo tiende a sospechar de las identidades nacionales.
Una Nación no es simplemente una demarcación geográfica. Es historia, lengua, memoria, instituciones, símbolos, tradiciones, cultura y, en nuestro caso, una determinada concepción de la dignidad humana, la libertad y la trascendencia.
La República Dominicana y nuestros hermanos de hispoamérica, no tenemos que pedir disculpas por ser dominicanos, argentinos, salvadoreños, americanos, venezolanos, colombianos, paraguayos, peruanos, chilenos, en fin, todos los de este continente.
Nuestra identidad nacional no es una barrera contra el mundo. Es precisamente lo que nos permite relacionarnos con el mundo desde una personalidad propia.
Una Nación sin identidad termina siendo fácilmente administrable desde fuera. Una Nación consciente de su identidad puede cooperar con todos sin convertirse al globalismo.
(Hilo 3 🧶)
Por eso nuestra Doctrina de Libertad, Orden y República propone una síntesis que evita dos extremos.
Por un lado, rechazamos el aislacionismo, porque ninguna Nación moderna puede vivir desconectada del mundo.
Por otro, rechazamos el globalismo disolvente, porque ninguna cooperación internacional debe exigir como precio la desaparición de la soberanía, la identidad nacional o la capacidad de los ciudadanos para gobernarse a sí mismos.
Libertad, porque defendemos al ciudadano y su derecho a participar en las decisiones que afectan su destino.
Orden, porque la apertura internacional necesita reglas, fronteras seguras, instituciones eficaces y respeto al Estado de Derecho.
República, porque entendemos que la soberanía pertenece al pueblo organizado políticamente dentro de un Estado constitucional.
Nuestra posición, entonces, puede resumirse en una frase: “Queremos una República Dominicana abierta al mundo, pero no subordinada al mundo; cooperante, pero no disuelta; soberana, pero no aislada.”
La globalización es, con inteligencia y patriotismo, una extraordinaria oportunidad para el desarrollo.
El comercio internacional puede generar prosperidad. La tecnología puede conectar a los pueblos. La diplomacia puede evitar guerras. La cooperación entre Estados puede resolver problemas que ningún país puede enfrentar solo.
Pero todo ello adquiere legitimidad cuando sirve a las Naciones y a sus ciudadanos, no cuando pretende reemplazarlos.
Un mundo interconectado no tiene por qué ser un mundo sin fronteras; y una Nación que coopera con todas no tiene por qué dejar de pertenecerse a sí misma.
Ese es el punto de equilibrio de una doctrina que defiende simultáneamente la Libertad, el Orden y la República.
Abrirnos al mundo, sí; entregarnos al globalismo, no; cooperar con las Naciones, sí; Dejar de ser una Nación, jamás.
(Volveré con una 4ta versión de este ensayo, que será explicar ¿cómo el globalismo utiliza conceptos aparentemente nobles “gobernanza global”, “fronteras abiertas”, “ciudadanía global”, “estándares internacionales”, para trasladar decisiones políticas fuera del control democrático nacional.

