Faltan aproximadamente veinte meses para las elecciones generales de 2028 y ya comienza percibirse en la República Dominicana ese viejo ritual que se repite, casi religiosamente, cada cuatro años: partidos pequeños buscando dónde acomodarse, dirigentes calculando cuánto pueden obtener y candidatos preparando el bolsillo para convertir la necesidad de los pobres en votos.
La Junta Central Electoral ya ha puesto oficialmente en marcha el calendario electoral de 2028. Y mientras las instituciones organizan el proceso, en las calles comienza otra organización mucho más antigua: la de quienes esperan el momento de vender su apoyo al mejor postor.
Hay una frase que circula desde hace años atribuida a Nicolás Maquiavelo: “Si los cerdos pudieran votar, elegirían al que les trae la comida, sin importar cuántos de ellos hubiera sacrificado antes.”
No existe evidencia sólida de que Maquiavelo haya pronunciado o escrito estas palabras, pero la metáfora resulta brutalmente útil para describir una práctica que todavía sobrevive en muchas democracias: comprar voluntades con necesidades.
Y en la República Dominicana tenemos nuestra propia versión: el pica pollo, los mil pesos, la funda de comida, el combustible, el empleo temporal, la promesa de un nombramiento y la dádiva de último minuto.
El problema no es que una persona pobre acepte mil pesos cuando tiene hambre. El problema es que un sistema político haya conseguido que, después de sesenta años de promesas, esa persona siga teniendo que decidir su futuro político con la necesidad inmediata metida en el bolsillo.
Ahí está la tragedia. No podemos culpar únicamente al ciudadano que recibe. Hay que preguntarse también quién creó las condiciones para que una persona considere que mil pesos valen más que cuatro años de gobierno.
Porque cuando llega la campaña electoral, muchos candidatos descubren súbitamente al pobre. Lo visitan. Lo abrazan. Le llevan comida. Le prometen empleo. Le ofrecen soluciones. Le hablan de progreso. P
ero después de las elecciones, aquella misma persona vuelve a esperar cuatro años para ser recordada. Ese es el círculo perverso: necesidad, dádiva, voto, olvido y nuevamente necesidad.
Y así pasan los gobiernos. Pasan los partidos. Pasan los presidentes. Pasan los diputados, senadores, alcaldes y regidores. Pero el método permanece. Y lo más preocupante es que también existen partidos pequeños que, en lugar de representar una verdadera alternativa ideológica o programática, terminan funcionando como piezas de negociación electoral: esperan saber quién ofrece más para decidir hacia dónde inclinarse. Son los llamados partidos bisagra.
La política convertida en mercado. La alianza convertida en mercancía. El voto convertido en ficha de negociación. Y el ciudadano convertido en consumidor de promesas.
Pero hay algo todavía más grave: nos hemos acostumbrado a esto. Cada cuatro años repetimos la historia y después nos sorprendemos de que los resultados sean prácticamente los mismos. Nos quejamos del alto costo de la vida, de la inseguridad, de los servicios públicos deficientes, de la corrupción, del desempleo, de la falta de oportunidades y de tantas otras dificultades. Sin embargo, cuando llega el momento de votar, demasiadas veces la pregunta deja de ser: “¿Qué hizo por el país?” para convertirse en: “¿Qué me vas a dar?”
Y ahí comienza la verdadera derrota de una sociedad. Porque una democracia no se destruye únicamente cuando alguien intenta desconocer el voto. También se debilita cuando el ciudadano termina vendiendo su voto por una necesidad momentánea y renuncia a utilizarlo como instrumento para exigir un futuro diferente. El voto debería ser la herramienta más poderosa del ciudadano. Pero si el hambre logra comprarlo, entonces deja de ser una herramienta de transformación y se convierte en un mecanismo de reproducción del mismo sistema que mantiene la pobreza.
No se trata de insultar al pueblo. Todo lo contrario. Se trata de preguntarnos por qué un pueblo trabajador, digno y capaz ha sido sometido durante décadas a la lógica de la supervivencia electoral. Porque el ciudadano que acepta un pica pollo no es el enemigo. El verdadero problema es el político que necesita que ese ciudadano siga siendo pobre para poder comprarle nuevamente el voto dentro de cuatro años.
Ahí está el corazón de la discusión. No necesitamos solamente elecciones libres. Necesitamos ciudadanos libres de la necesidad que convierte su voto en mercancía. Necesitamos educación política. Necesitamos instituciones fuertes. Necesitamos candidatos que presenten proyectos y ciudadanos que los obliguen a rendir cuentas. Necesitamos dejar de preguntar cuánto nos darán hoy para comenzar a preguntar cuánto le costará al país lo que nos ofrecen.
Porque mil pesos pueden resolver una comida. Pero cuatro años de malas decisiones pueden costarle a una familia, y a una nación entera, mucho más que mil pesos. La República Dominicana se encuentra nuevamente ante la puerta de un proceso electoral. Por eso la discusión debe comenzar ahora. No cuando aparezcan las caravanas. No cuando lleguen las fundas. No cuando aparezcan los camiones repartiendo comida. No cuando comiencen los famosos “operativos”. Ahora.
Porque si volvemos a votar mirando únicamente lo que nos ponen en la mano, volveremos a recibir exactamente lo mismo que hemos recibido durante décadas: cuatro años de promesas y unos cuantos días de pica pollo. Y entonces, dentro de cuatro años, volveremos a preguntarnos por qué nada cambia.
Quizás la pregunta correcta no sea quién nos dará más. Quizás ha llegado el momento de preguntarnos: ¿Quién nos permitirá necesitar menos de las dádivas del poder?
Esa sería una verdadera revolución democrática. Porque un ciudadano que recibe comida hoy puede resolver su hambre. Pero un ciudadano que consigue educación, trabajo digno, salud, seguridad y oportunidades puede dejar de necesitar que ningún político le compre el voto mañana.
Y ahí comienza la verdadera libertad.

