Venezuela, marcada por los agobios del socialismo del Siglo XXI

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En menos de dos décadas, la Venezuela de las fiestas, las reinas de belleza y el orgullo petrolero, dio paso al país de la escasez, la inflación, la inseguridad y la crispación política.

La oposición al gobierno del presidente Nicolás Maduro atribuye la compleja situación al esquema populista de la llamada revolución bolivariana, que en 2013 perdió a su máximo líder, Hugo Chávez, y en 2016 vio caer el precio del barril petróleo por debajo de 25 dólares.

La crisis por el desabastecimiento de bienes de consumo, el aspecto más notable, está acompañada por una etapa de inquietud política, de caída del apoyo al gobierno e intentos de la oposición de empujar al gobernante a un referéndum revocatorio de su mandato, tras una arrolladora victoria en las elecciones legislativas de diciembre pasado.

La agrupación no gubernamental Observatorio Venezolano de Conflictividad Social (OVCS) denunció que en los cuatro primeros meses de 2016 se registraron dos mil 38 protestas, la mayoría por falta de alimentos, y sólo en mayo ocurrieron 52 saqueos y 36 intentos de saqueo.

El portavoz de la organización, Marcos Ponce, advirtió que en este ambiente complejo Venezuela puede entrar en una fase de confrontación de grupos de fuerzas del orden y civiles “contra ciudadanos que exigen alimentos”.

Aunque el gobierno mantiene un velo sobre las estadísticas oficiales del desempeño económico, la hiperinflación sigue cocinándose a fuego medio, estimulada por una caída sin precedentes del producto interno bruto y los desajustes en el mercado cambiario, que lleva 13 años bajo control.

Según estimaciones del Fondo Monetario Internacional, la inflación podría alcanzar este año 700 por ciento y el retroceso económico acercarse a 10 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB).

A esto se suman la caída de las reservas internacionales a niveles preocupantes, en medio de la decisión del gobierno de pagar sin falta sus compromisos por deuda externa.

Maduro dijo que su gobierno pagó alrededor de 30 mil millones de dólares de su deuda externa en los últimos 22 meses y que planea seguir respondiendo, a pesar de la caída de los ingresos petroleros y activos.

El diputado y economista José Guerra dijo que el país necesita un programa de reformas creíble para corregir los tres problemas básicos que existen actualmente e inciden de manera determinante en la crisis: la inflación cercana a la hiperinflación, la contracción de la actividad económica y la necesidad de financiamiento externo.

“Hasta que no haya un plan que aborde estas tres cosas de manera simultánea, es muy difícil comenzar a crecer y entrar en una senda de estabilidad”, dijo el legislador a Notimex.

Una de las estadísticas que se mantiene bajo llave es la de la pobreza, que según organizaciones no gubernamentales ya registra niveles similares a los de 1998, el último año antes de la irrupción del “comandante” Hugo Chávez en la Presidencia venezolana.

Según estadísticas del sector industrial, en 17 años dejaron de operar más de siete mil industrias, mientras el gobierno mantiene la posesión de un conjunto de empresas expropiadas entre 2007 y 2012, luego que Chávez se proclamó socialista.

En 1998, Chávez ganó la Presidencia con una abrumadora victoria electoral en medio de la implosión de los partidos tradicionales Acción Democrática y el social cristiano Copei, que se alternaron en el poder desde 1958.

En aquellos 40 años, Venezuela enfrentó una serie de baches económicos, principalmente por la devaluación de la moneda en los ciclos bajos de precios petroleros y etapas de crispación política.

Sin embargo, los gobiernos se las arreglaron para que el Estado funcionara con un barril de hasta ocho dólares.

Con Chávez en el poder, la economía fue un tema de segundo plato detrás de la política, que el entonces mandatario utilizó para la aprobación de una nueva Constitución y cambios institucionales que dejaron el control de los poderes públicos en manos de sus amigos.

Pese al descuido del aspecto económico, el país disfrutó el ´boom´ del ingreso petrolero entre 2006 y 2012, cuando el barril alcanzó picos por encima de 100 dólares, lo que le brindó un pulmón financiero para impulsar una serie de misiones sociales para atender a los sectores vulnerables.

El monumental ingreso petrolero permitió a los gobernantes cubrir los déficits, utilizando los petrodólares para compensar la caída de las inversiones extranjeras.

Cuando Chávez murió, en marzo de 2013, ya había evidencias de escasez de bienes de consumo masivo y las filas de compradores, que ahora parecen parte natural del escenario, ya se mostraban en los negocios.

Maduro tuvo que maniobrar en una etapa de “vacas flacas”, con un barril petrolero que cayó hasta 22 dólares. El presidente cumplió en abril pasado la mitad de su mandato de seis años, lo que abrió la posibilidad de activar un referéndum en su contra.

El gobernante dedicó varios meses a convencer al país del agotamiento del esquema rentista petrolero, llamando a los venezolanos a buscar otras formas de producción más allá de la explotación del crudo.

Sin embargo, después de meses con precios petroleros bajos, Maduro comenzó a ver un repunte en la mitad de 2016, que bautizó como el “peor” año de la revolución bolivariana.

“El petróleo llegó por primera vez a 41 dólares y creo que va para arriba. Será por eso que (la oposición) está desesperada (…) Hemos pasado los momentos más duros, que nadie creía que podíamos pasar. Nuestro pueblo y yo estamos preparados para lo que venga”, dijo en un reciente discurso.

Maduro puso en marcha un plan para eliminar las colas de compradores a las puertas de las tiendas, con el cual se desvía la producción de las empresas que van a los supermercados para que los llamados Comités Locales de Abastecimiento y Producción (CLAP) la distribuyan a los vecinos registrados en esas organizaciones.

El gobernante ve en los CLAP una expresión del socialismo, que sostiene es el único sistema posible para gobernar a Venezuela.

Pronto la oposición acusó el sistema como “discriminatorio”, pues los alimentos llegan sólo a personas censadas por el partido de gobierno.

La distribución de los CLAP, mediante bolsas de comida, también se convirtió en motivo de críticas de vecinos molestos. “Queremos comida”, es el grito que se multiplicó en las protestas populares de las últimas semanas.

Para mediados de junio, una ola de protestas por falta de alimentos había dejado tres muertos y decenas de heridos en distinto hechos, con saqueos incluidos.

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