Robando con elegancia

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Carlos McCoy

Tomar tierras que no les pertenecen y venderlas a dos o tres personas diferentes, es una estafa vulgar de la peor calaña.

Vender todo un barrio cuyos terrenos están valorados en alrededor de 600 millones por solamente 80 millones, con el agravante de que el comprador se descontó el valor de las áreas verdes, las calles, avenidas, aceras, contenes y de ñapa el vendedor pagó el deslinde, es uno de los hechos delictivo más audaces en la historia de las fechorías en nuestro país.

Esto se ha venido haciendo en toda la República Dominicana y se seguirá haciendo pues, como dicen los abogados, aquí no hay régimen de consecuencias.

Nuestro país, desde aquel fatídico 5 de diciembre del 1492 cuando un grupo de aventureros “descubrieron” la isla,  ha venido sobreviviendo a todas estas embestidas del saqueo y el robo descarado de invasores y dictadores.

La democracia dominicana, que dentro de algunos meses cumplirá 56 años, no se ha quedado atrás en la esquilmación de esta isla digna de mejor suerte.

Cada día el nivel de asombro de nuestros ciudadanos sigue subiendo y ya nos hemos acostumbrado a que un nuevo acto de magia económica de nuestros, sindicalistas, industriales, empresarios, funcionarios y legisladores sea más espectacular que el anterior.

Ya basta con tener la suerte de pertenecer a un grupo como  los “lindos de Dios”, y es muy  posible que, aunque usted no sea “pro” le gane a la competencia y consiga un buen puesto en el gobierno.

Pero, esta vez no le vamos a hablar  de los “legales” y anti éticos barrilitos y cofrecitos.  Tampoco vamos a mencionar las exoneraciones ni los fondos congresuales para las habichuelas con dulces, las partidas para el dia de las madres, los juguetes de los niños el día de los Santos Reyes, los electrodomésticos de la Lotería Nacional en las navidades, ni de las dietas a los senadores y diputados por asistir a sus respectivos trabajos.

No, no vamos a hablar  de eso.  Tampoco diremos nada, pues no queremos hastiar a nuestros lectores repitiendo lo mismo,  del hombre del maletín, que al paso que vamos se ha convertido en un hombrecito.  Ni de las sobrevaluaciones, la ración de la boa, los sobornos, las comisiones  y miles de suciedades morales más.

Mucho menos mencionaremos a los altos militares, que con el sueldo que ganan, no podrían vivir decentemente, sin embargo, tienen lujosos apartamentos, fincas en las montañas, queridas y mil tres exquisiteces más.

También pasaremos por alto el abusivo obsequio de más de mil millones de pesos anuales que se les da a los partido políticos.  Muchos de ellos verdaderas entelequias.

Esta vez vamos a hablar del funcionario honesto que llega a una institución y su primera medida es sanear las finanzas de ese Ministerio o Dirección General bajo su responsabilidad.

Resulta que lo primero que hace este turpén, perdón, este funcionario es, distribuir un memorando advirtiendo que su organismo no se comprometerá con nuevas obras ni con compras innecesarias y superfluas.   Que a partir de la fecha, para comenzar a poner todo en orden, va a reconocer y saldar las deudas heredadas de administraciones anteriores.

Conmina a ponerse en contacto con esos acreedores, algunos con deudas de muchos años y los invita a pasar por sus oficinas a ponerse de acuerdo para discutir los términos del cobro de las mismas.

La algarabía de los acreedores se escuchó en lo más alto del pico Duarte.

Pero, esa algarabía fue bajando sus decibeles cuando al reunirse con el ministro, este les dijo que recibirían la mitad de lo que se le adeudaba, pero que tenían que firmar un documento donde aceptaban que se le había pagado el total de lo adeudado.

Desde el antedespacho se oyó, el característico sonido de una tremenda pescozada.

Carlos McCoy
CarlosMcCcoyGuzman@gmail.com

 

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