Los hijos que Estados Unidos devolvió a Camboya

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Ricardo Pérez-Solero |

Phnom Penh.- Cientos de camboyanos criados en Estados Unidos se enfrentan a la deportación como último castigo por los crímenes cometidos en un país que les acogió como refugiados de niños y les expulsa como criminales de adultos.

Khom Soeun parece a simple vista un mendigo más de los muchos que frecuentan los alrededores del céntrico templo Wat Lanka, en Phnom Penh, pero su inglés fluido y su marcado acento estadounidense revelan su condición de deportado.

Soeun fue llevado a EEUU cuando tenía 12 años de la mano de los Servicios Sociales Católicos, una de las organizaciones que realojaron a cerca de 120.000 refugiados tras la guerra civil y el régimen del Jemer Rojo, que asolaron el país en la década de 1970.

El vagabundo forma parte de “la gente de los 80”, el grupo más numeroso y el que sufrió las cicatrices de la utopía agraria comunista que provocó la muerte un cuarto de la población en Camboya entre 1975 y 1979.

“Tendría unos 12 o 13 años (cuando viajó a EEUU), toda mi familia murió durante el Jemer Rojo, excepto una hermana que no sé dónde está” cuenta Khom Soeun, que vive de la limosna de los turistas desde hace tres años.

Los refugiados que sufrieron el terror del Jemer Rojo como Khom Soeun se integraron con más dificultad, ya que la organización comunista buscó el exterminio de cualquiera que tuviese educación o que formase parte de la clase urbana.

“Con 14 años ya era miembro de una banda, en Filadelfia, Pensilvania; me acusaron por llevar un arma oculta sin licencia y pase 9 meses en prisión”, cuenta el sintecho.

Siete años después, Khom Soeun atracó un banco en Los Ángeles, al oeste de EEUU, y comenzó una huida que acabaría en un tiroteo en el que murieron varios policías, según su versión de los hechos.

“Me condenaron por asesinato y me cayó la cadena perpetua sin fianza, después de 20 años llegué aquí, a Camboya”, relata, mientras muestra las cicatrices de tres proyectiles que impactaron en su chaleco antibalas.

Desde 2002, 506 camboyanos han sido expulsados de EEUU, según la ONG Centro de Apoyo a la Integración de los Retornados (RISC, en inglés), que provee alojamiento temporal y subvenciona parte de la documentación y formación de los recién llegados.

Además, la Oficina de Detención y Deportación de EEUU indicó en julio pasado que 1.464 exreclusos camboyanos esperan a ser deportados.

“Los hay que tienen casos duros. Un enfermo mental murió hace dos años”, asegura el codirector de RISC, Kem Villa, que ha vivido tres suicidios desde que ocupa el cargo.

Sin embargo, Villa insiste en que muchas de las historias de los deportados hablan de superación y redención.

Tuy Sobil, alias “KK”, fundó en 2005 una ONG para enseñar break dance a los niños de las barriadas y Kosal Khiev se consagró como poeta en Camboya y fue invitado como representante de su país a las olimpiadas de Londres, entre otros ejemplos.

“Muchos no han estado en Camboya, casi ni hablan el idioma, la situación es diferente (a otros deportados). Como refugiados crecimos en EEUU y no sabíamos nada de Camboya”, cuenta Sophea Phea, que nació en un campo de refugiados en Tailandia.

Sophea fue sentenciada en 2005 a dos años de cárcel en EEUU, convirtiéndose en candidata a ser expulsada y separarse de su hijo, ya que su condena superó el mínimo de 365 días que establece la ley.

La organización 1 Love, de la que Sophea es miembro, aboga por la revisión del acuerdo de repatriación entre EEUU y Camboya.

La ONG argumenta que, al contrario del documento firmado entre EEUU y Vietnam en 2008, el pacto con Camboya no contempla el regreso de los deportados a Estados Unidos en caso de error en el proceso o por razones humanitarias.

Voces conservadoras en materia de inmigración en EEUU consideran la ley actual de deportación demasiado permisiva y no ven prioritario revisar el acuerdo.

La directora de políticas del Centro de Estudios de Inmigración de Washington DC, Jessica Vaughan argumenta que los activistas deberían centrarse en “la educación de los ciudadanos camboyanos respecto a las leyes de EEUU” y “los beneficios de obtener la nacionalidad estadounidense”.

En cualquier caso, el portavoz del departamento de Inmigración del ministerio de Interior, Keo Vanthorn, afirma que el acuerdo no va a reconsiderarse “por ahora”. EFE

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