El vuelo de nuestra vida

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El vuelo estaba demorando más de lo habitual, mientras que un silencio incómodo se alternaba con el murmullo acelerado de varios pasajeros. Se trataba de un Boeing 747, en perfecto estado mecánico, y con todas las características jactanciosas que el hedonismo podría desear. A la aeronave, habían sido reclutados un alto porcentaje de nuevos tripulantes, y conscientes de ello, los pasajeros fueron abordando como de costumbre, salvo algunos que, por intuición de última hora, decidieron no acceder a dicho vehículo aéreo.

A pesar de algunas vicisitudes, el vuelo arrancó con normalidad, anunciándose el destino pautado, las medidas de contingencia y las horas estimadas de vuelo. Durante parte del trayecto, un importante número de pasajeros permaneció dormido, con la sorpresa que, a medida en que iban despertando, verificaban un menor aforo del que habían observado al momento del despegue. Ocurrió también, que entre los presentes, hubo algunos altamente instruidos en diversas áreas, quienes lograron descifrar varias irregularidades, y en particular, una gran anomalía en el avión: las turbinas habían sido apagadas. “¡No puede ser!”, “¡No lo creo!”, “¡Esto no puede estar sucediendo!”; se rumoraba con mucha algarabía entre los pasajeros, hasta que la tripulación –encargada del orden y atención de los mismos-, exigió con autoridad, y sin receptividad hacia los reportes hechos, el cese de la discusión; evitando, de ese modo, que la preocupación sea contagiada en quienes aún permanecían inocentes, desinteresados, o simplemente dormidos.

“Business Class” se encontraba en la parte delantera de la aeronave, muy cercana a la cabina del piloto. Por su parte, quienes ocupaban los primeros puestos de la “clase económica”, lograron filtrar sus miradas por entre las costosas cortinas que dividían ambas clases, pudiendo percatarse –con asombro-, de la tranquilidad de quienes abordaban el sector más privilegiado del avión; mientras que, en la clase más desfavorecida, ya reinaba el caos, sobre todo, al descubrir que algunos de los pasajeros desaparecidos se encontraban ocupando, inexplicablemente, el lugar reservado para la “primera clase”, donde, por cierto, se conocía con claridad la situación que les embargaba, pues unas imponentes turbinas –visibles desde sus ventanales-, exhibían con orgullo su silenciosa inactividad, pero que en vez de hacerlos sentir agitados por el controversial hecho, éstos habían optado por vestirse anticipadamente los chalecos salvavidas y disfrutar –a todo lujo-, de las bondades que les eran ofrecidas durante la travesía, previo a la llegada del fatal término que se pronosticaba.

“¡El avión está apagado!”, “¿no se dan cuenta?”, “dentro de poco caeremos al vacío y ¡nada podrá salvarnos!”; coreaban una y otra vez los ocupantes de la parte posterior. La tripulación empezaba a perder el control de la situación en clase económica, optándose por reforzar, las cortinas divisorias, con cristal para blindaje de 76 mm de espesor; quedando, los del área privilegiada, con mayor privacidad y sin interrupciones.

La cocina, el área de servicio y la unidad de mantenimiento estaban situados –a diferencia de otros modelos aeronáuticos-, en la parte delantera, justo a los lados de la cabina de pilotaje, y frente a la primera clase del vehículo aéreo, por lo que, dicha particularidad, permitió un mayor control a la gerencia de tripulación sobre los ocupantes de la clase económica, a quienes les fueron arrebatados algunos ornamentos, comodidades, e incluso elementos tan esenciales como el botiquín de primeros auxilios y los sistemas de salvamento, como consecuencia del comportamiento asumido.

La calidad del viaje, así como la estética interna del Boeing, fue deteriorándose trágicamente respecto al modelo que representaba en principio, especialmente, cuando ya habían transcurrido 14 horas de sobretiempo frente a lo que se esperaba que dure el trayecto; evidenciándose, a esas alturas, una falta de logística en cuanto al abastecimiento de provisiones alimenticias, personal capacitado y servicios generales –por solo nombrar algunos-, y cuya única disponibilidad era de combustible, dada la condición de los motores en OFF.

Los pasajeros de la clase menos favorecida pasaban, poco a poco, a situación crítica, y hallaban infructuosas las protestas que se habían elevado en señal de inconformidad, aún con el acompañamiento de la tripulación que ahora les apoyaba, pues ésta última, comenzaba a padecer los mismos desmanes de la colectividad.

Hoy la unidad aeronáutica sigue en el aire, y sus turbinas permanecen apagadas, sin algún tipo de propulsión; los pasajeros, por su parte, continúan desapareciendo;mientras que, en la cabina de pilotaje, solo hay dos muñecos de cera, que fueron fabricados en suelos distintos a los del avión, y que fungiendo como piloto y copiloto, son manejados a control remoto, al mejor estilo de un Dron.

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Zaki Banna /  @ZakiBanna

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