Cuando las mujeres dejaron de serlo

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Por Carlos McCoy

Nos repiten que nuestro tiempo es ahora. Que tenemos que vivir el presente pues el pasado ya se fue y no volverá. Nada más cierto. Pero, de vez en cuando, un poco de nostalgia no le hace mal al espíritu. Más si estas añoranzas recuerdan el dulce impacto que han ido dejado las mujeres en nuestras vidas.

Hablar de la primera mujer, nuestra madre, ¿qué podemos decir? Que solo hay una buena madre en el mundo y cada hijo la tiene.

Y ¿Qué tal las maestras? Las “Señoritas” como les decíamos los niños de nuestra época.  Y en verdad eran señoritas, pues se involucraban tanto en la enseñanza que terminaban casándose con el magisterio.

Ya un poco creciditos, cuando comenzábamos a hacer pinitos en el amor. Ir a una fiestecita, ya sea esta un cumpleaños, un bautizo, etc. Y con muchísima vergüenza, muchas veces empujados por nuestros propios padres, cruzábamos el salón para pedirle a una niña que nos conceda el privilegio de bailar una pieza con nosotros.

Terminada esta, tomábamos del brazo a nuestra pareja y con mucha delicadeza le retornábamos a su asiento y le dábamos las gracias por habernos concedido el baile.

Invitar una jovencita al cine y que dijera que si ¡Era un logro extraordinario! Sentarse en butacas continuas y tratar de burlar la mirada de los ojos de águilas de la chaperona, para tomar furtivamente la mano de nuestra damisela, con lo cual sellábamos sin palabras un lazo de amor.

Ir a buscarla a la salida de la escuela, tomar sus libros y caminarla hasta cerca de la casa, era otro pacto mudo de amores consentidos.

El próximo paso era convertirnos en ladrones y robarle el primer beso, que no era otra cosa que un leve rozar de labios.

Ya jovencitos, en el caso nuestro, nacido y criado en Santo Domingo, Ir de madrugada a Borojol, barrio de bohemios, a buscar un trio y  llevarle una serenata a nuestra doncella.  Regularmente, esta abría la ventana, los juglares se escurrían disimuladamente y a veces, solo a veces, teníamos la oportunidad de recibir las gracias por la romanza, coronado con un ardiente beso.

Acostumbrábamos a enviarles a nuestra pretendida, versos de amor. Románticas cartas, en nuestro país el correo funcionaba,  y algunos pariguayos hasta les dedicaban canciones a través de populares programas radiales.

Las tomábamos del brazo al cruzar las calles. Cuando caminábamos por las aceras, siempre lo hacíamos del lado que da al contén. Abríamos las puertas de los automóviles.  A todos los lugares, las dejábamos entrar primero. Les acomodábamos las sillas en los restaurantes. Le cedíamos los asientos en todas las circunstancias.

En fin las mujeres eran eso, féminas. Porcelanas finas y delicadas y así nuestro trato hacia ellas. Eran damas. Nosotros, caballeros.

Nos preguntamos, ¿Cuándo las mujeres dejaron de serlo? ¿O fuimos nosotros, los varones, los que dejamos de ser elegantes?

Carlos McCoy
CarlosMcCoyGuzman@gmail.com

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